En Defensa del Marxismo #50 | Por Savas Michael-Matsas

Octubre de 1917: un evento mundial

¿Se ha cerrado el ciclo histórico abierto por la Revolución de Octubre de 1917?
 
Sí, de acuerdo con la doxa (opinión) dominante. La respuesta, incluso, es considerada auto-evidente, definitiva e irrevocable luego de la caída de la Unión Soviética en 1991. Este evento fue aclamado por las clases dominantes del mundo como “la victoria final y completa del capitalismo liberal”, “como el final irrevocable del comunismo”, “como el final definitivo de la era de las revoluciones”, incluso como el “fin de la Historia”.
 
Sin embargo, veinticinco años después, nada es auto-evidente, definitivo e irrevocable. Todas las certezas anteriores son ahora barridas por un huracán sin precedentes de la Historia, la cual se suponía que había terminado cuando la bandera roja fue arriada del Kremlin. 
 
El triunfo temporario del capitalismo global ha sido sucedido por la peor -y aún irresuelta luego de diez años- crisis sistémica global en la historia del capitalismo. El predominio de la globalización capitalista fue seguido por su implosión en 2007/8, el retorno del proteccionismo y el nacionalismo económico, y ahora por el anuncio belicoso de su liquidación desde el centro mismo del capital globalizado, la Norteamérica de Trump. El intento de la Unión Europea y el euro de expandirse a Europa del este y colonizar el territorio de la ex Unión Soviética en una batalla por la hegemonía global en el mundo de la posguerra fría ha fracasado miserablemente, como lo demuestra el estancamiento económico, la crisis de deuda, la crisis de la zona euro, la agudización de los antagonismos nacionales e imperialistas entre Alemania, Francia, Italia, el norte y el sur de Europa; este proceso de ruptura de conjunto se extiende desde el siempre inminente Grexit al Brexit y sus implicancias internacionales. 
 
La democracia liberal burguesa, que era la reina dominante en 1991, está siendo destronada ahora producto de su disolución interna y del retorno de la derecha extrema y abiertamente fascista. La promesa de una “paz eterna” luego del fin de la guerra fría fue seguida por una interminable serie de guerras imperialistas, desde Yugoslavia, Afganistán e Irak, al nuevo y espeluznante ciclo que siguió a la erupción de la crisis global y las movilizaciones de masas en Medio Oriente, las intervenciones imperialistas en Libia y Siria, la “guerra hibrida” en Ucrania, y las indignantes amenazas de la Otan contra Rusia y de los Estados Unidos de Trump contra China. Al final “el fin de la guerra fría” fomenta el peligro de una extensión de los conflictos y un incendio internacional a la distancia de un piedrazo.
 
Al final del “fin de la historia” nada puede tomarse como fait accompli (hecho consumado). El culto de los faits accomplis ha sido siempre la quintaescencia de la ideología burguesa, así como la del oportunismo entre los movimientos populares y revolucionarios de los trabajadores.
 
Esto no quiere decir que las consecuencias de 1991 hayan sido superadas. La afirmación del “fin de la historia” puede haberse convertido en un hazmerreír, abandonada hasta por su autor, Fukuyama, pero la caída de la Unión Soviética señaló para la vasta mayoría, tanto de enemigos como de amigos, la pérdida, para mejor o para peor, del punto de referencia y la brújula histórica del siglo pasado. Ahora, es obvio que la historia no ha terminado, pero orientarse en la historia es más difícil que nunca antes. Esto es verdad no sólo para las clases dominantes, históricamente en decadencia, sino también para la clase obrera (cuyo “final” también fue anunciado hace largo tiempo), su vanguardia militante y todas las fuerzas revolucionarias por la emancipación humana universal. Es decir, el comunismo. 
 
No hay duda que la historia se mueve, e incluso acelera su paso, sacudiéndose y girando febrilmente. ¿Qué vendrá después? El mundo está en transición. Aún hay mucha oscuridad entre nosotros, en está mañana de un nuevo día. 
Sin embargo, algo continúa asomando entre toda está oscuridad. Con la reemergencia de las masas populares en el escenario de las luchas en Europa, Medio Oriente, e incluso Estados Unidos, uno puede escuchar nuevamente el sonido de las palabras prohibidas: resistencia, revuelta, emancipación, e incluso comunismo, aunque con su eco distante como una “hipótesis” o una “idea” platónica. Sin embargo, es raro escuchar la palabra revolución -un anhelo para los desposeídos, un miedo íntimo para los gobernantes-, perdida en algún lugar del pasado o en un indeterminado futuro. Aún más raro es escuchar sobre algo casi inconcebible: la revolución mundial. Cuando no es una repetición mecánica y un leit motiv ritual, pronunciado por dogmáticos que no creen realmente en sus propias palabras, suena como un eco del distante octubre de 1917. Y el ciclo histórico abierto por Octubre se ha cerrado de una vez y para siempre -nos dicen ellos.
 
Además, incluso antes de 1991, se dieron varias fechas para la muerte de la revolución socialista de Octubre. El “eurocomunismo” de Berlinguer anunció en los ’70 que la revolución había “agotado su fuerza impulsora”. Otros ubicaron su muerte antes, en 1956, 1927 ó 1919-21. Y algunos otros consideran que nació muerta en 1917. En este punto, los últimos coinciden, aunque desde distintos ángulos, con los capitalistas que siempre han afirmado que lo que sucedió en Octubre de 1917 no fue una revolución sino un “golpe bolchevique”, el cual estableció “un régimen totalitario y cruel” antes de su eventual caída en 1991.
 
Todas estas “interpretaciones” no contestan la mayoría de las preguntas cruciales: ¿por qué, luego de la desaparición de su “archienemigo”, el capitalismo “triunfante” no ganó nuevo vigor y fuerza juvenil, hundiéndose en cambio en una nueva crisis mucho peor desde 2007? ¿Qué era exactamente este “archienemigo”, y cómo colapsó en 1991?
La completa confusión, tanto entre los exultantes como los temerosos, fue elocuentemente expresada por el filósofo Alain Badiou, en el corto ensayo que publicó poco después de la caída de la Unión Soviética, usando un verso de Mallarmé como título: D’un désastre obscure, “Sobre un desastre oscuro”.
 
La Unión Soviética es el Estado que emergió de la Revolución de Octubre, y el curso y destino de aquélla está ciertamente conectado con el curso y destino de ésta. Sin embargo, la Revolución, aunque orgánicamente conectada, no es idéntica al Estado que emergió de ella. Su origen, la dinámica histórica de sus contradicciones, su perspectiva, trascienden a la Unión Soviética como una formación Estatal-nacional. Badiou nuevamente, en su antes mencionado ensayo, escribe: “Octubre de 1917 como evento consigue, seguramente, muchas prácticas leales, pero el pensamiento que las mantiene juntas y las hace coherentes depende del evento como tal, no de su proyección estatal”. El filósofo francés del “evento” (événément) va todavía más lejos. El contrasta 1917, que, como cualquier otro evento, “es una propuesta infinita, en la forma radical de una singularidad y un excedente“, con las “desarticulaciones” de 1989-91, las cuales “no nos proponen nada (…) un cambio repentino y completo en la situación no significa de ninguna manera que también ha recibido la gracia de ser un evento (…) cualquier cambio no es un evento, y la sorpresa, la rapidez, el desorden pueden ser nada más que eventos simulados, no la promesa de una verdad”.
 
Desde nuestra mirada, sólo un acercamiento basado en la dialéctica materialista histórica puede sacar a relucir las relaciones y diferencias entre 1991 y 1917; primero que nada, contestando la pregunta que todos los viejos y nuevos burgueses e “izquierdistas” sepultureros de la Revolución de Octubre no son capaces de responder: ¿qué pasó exactamente en 1917?
 
¿Fue una “anomalía” rusa local, nacional, que fue “corregida” luego de unas pocas décadas trágicas con el retorno a la “normalidad” global capitalista? ¿O fue un evento mundial, mediado a través de las particularidades de la formación socio-económica rusa, un quiebre de la continuidad histórica de esta alegada “normalidad” que ha prevalecido mundialmente y el comienzo de una nueva, aún incompleta, época histórica de transición?
 
¿Puede ser que la actual crisis capitalista sistémica histórica y la del conjunto de la cultura humana también, en una escala global, revelen, de un modo contradictorio, que es imposible retornar a un estadio de la humanidad previo a 1917? ¿Qué el ciclo abierto por la Revolución de Octubre permanece abierto tanto al presente como al futuro? 
 
Los diez días que conmovieron al mundo, no sólo a un país
 
Nadie puede dudar seriamente que la Revolución en Rusia en 1917 estuvo entretejida con los desarrollos globales de su tiempo, el contexto internacional de la Primera Guerra Mundial, ni nadie puede negar sus implicancias globales, tanto para el futuro inmediato como para el siglo siguiente. Pocos, sin embargo, aún entre los autoproclamados comunistas, son los que la ven hoy como el comienzo de una revolución global. No es por accidente que el historiador marxista húngaro Tamás Krausz, en su nueva y excepcional biografía de Lenin, premiada con el Premio Deutscher Memorial 2015, responde a las objeciones contemporáneas ampliamente compartidas en un capítulo, el penúltimo de su libro, titulado “Revolución mundial: método y mito”.
 
Con todo, hace un siglo, el annus mirabilis (año asombroso) de 1917 no era reconocido sólo por Lenin, Trotsky y los bolcheviques como el comienzo de la revolución socialista global. El mundo entero fue conmovido por los legendarios Diez Días recopilados por el revolucionario norteamericano y testigo ocular John Reed. Toda la humanidad, tanto opresores como oprimidos, electrificados u horrorizados, llenos de esperanza o en pánico total, estaban mirando y reconociendo al estallido revolucionario en Rusia como el comienzo de una revolución socialista global destinada a cambiar el mundo. Y todos actuaron en función de ello. Formaron, por toda Europa y a escala global, dos clases opuestas en conflicto violento e irreconciliable. 
 
Desde la Revolución Europea de 1848, Europa no había sido testigo de una marea revolucionaria de tal magnitud como en 1917-1921, aunque socialmente más profunda y superior en su dinámica, expectativas e implicancias. La revolución social se expandió desde Rusia hacia Europa central y oriental. Las revoluciones alemana, austríaca y húngara barrieron con las dinastías de los Hollenzollerns y los habsburgos en 1918, y en 1919 amenazaban con derrocar al capitalismo. Repúblicas Soviéticas transitorias se establecieron en Hungría, Bavaria y Eslovaquia. Huelgas generales masivas y revolucionarias, con ocupaciones de fábrica y choques con las fuerzas de represión estatales, se extendieron desde Noruega a Francia, España e Italia. Consejos obreros -soviets se formaron desde el Norte de Italia a Escocia.
 
En 1919, en Inglaterra, la mismísima metrópoli del entonces mundialmente dominante Imperio Británico, el fuego revolucionario alcanzó a las minas de carbón. El movimiento revolucionario cartista del siglo XIX fue revivido y trascendido. La militancia en acciones huelguísticas masivas, la lucha por la Carta de derechos obreros y la violencia de los conflictos con el Estado hicieron ver a la posterior e histórica huelga general británica de 1926 como un pálido reflejo.
 
La misma “Primavera de los Pueblos” de 1848 ahora parpadea, porque en la nueva era inaugurada por el soviet de obreros, campesinos y soldados de Rusia, la revolución cruza los océanos y abraza todos los continentes del planeta. 
En el otoño de 1918, las “Revuelas del Arroz” estallan en Japón, abarcando al 25% de la población y enfrentando una represión feroz por parte del gobierno imperial. Por todo Asia, desde China e India hasta Persia, Armenia, Egipto y el Oriente Arabe, los pueblos oprimidos y colonizados están agitados y giran sus ojos, corazón y mente hacía los bolcheviques y la bandera roja de la liberación que flamea en la tierra de los soviets.
 
Cruzando el Atlántico, los Estados Unidos de América son sacudidos por huelgas insurreccionales de los trabajadores norteamericanos. Dirigidos por los anarco-sindicalistas de los Obreros Industriales del Mundo (IWW en Inglés) los legendarios wobblies, y superando las fronteras ideológicas entre anarquismo y marxismo, cantaban la canción de Joe Hill sobre el poder que reside completamente en manos de los trabajadores. 
 
¡Ese es un poder, ése es un poder
Que debe gobernar en todos los países!
 
El fuego de la revolución mundial se esparció también en América Latina, donde sus expresiones más elevadas fueron las huelgas generales en San Pablo, Brasil, en 1917, y la semana trágica y épica de enero de 1919 en Buenos Aires, Argentina, que fue debidamente nombrada y escrita en la historia y en la memoria de la clase obrera como la Semana Trágica. Comenzó con una huelga militante de trabajadores metalúrgicos de la fábrica inglesa de Vasena; el 7 de enero se extendió a los obreros del puerto de Buenos Aires y escaló a una huelga general y una insurrección armada proletaria dirigida por una coalición de anarquistas y comunistas: ambos aliados fueron masacrados salvajemente por el Ejército argentino, la Armada y la Infantería de Marina. Al mismo tiempo, la fascista Liga Patriótica Argentina provocó sangrientos pogromos en los populosos barrios judíos, donde fueron arrestados cuarenta obreros judíos rusos, la asamblea de “el primer soviet de la Republica Federal de los Soviets Argentinos”. El pánico de las clases gobernantes se esparció del sur al norte de América. La prensa burguesa norteamericana de aquel entonces, horrorizada, escribió en sus portadas: Los bolcheviques invaden Argentina”.
 
Es de destacar que tanto los proletarios, los mundialmente perseguidos, y los capitalistas reconocieron las dimensiones e implicancias internacionales de la Revolución de Octubre de 1917 como el comienzo de la revolución social global que supuso una amenaza inmediata a la dominación del capitalismo global.
 
Posteriormente, Adolfo Hitler, como Führer del Tercer Reich, recordará permanentemente la experiencia de la ola internacional revolucionaria posterior a 1917, en sus discursos como una “conspiración judía para la dominación global”. De acuerdo con Adam Tooze, “Hitler volvió incesantemente a las revoluciones que barrieron Europa en 1917/19. El anticomunismo era una constante de sus políticas, en estrecha interrelación con una forma particularmente venenosa de la teoría de conspiración antisemita”.
 
El mito del “judeo-bolchevismo” como instigador de la revolución socialista global fue usado después de 1917 por todas las burguesías. Las democracias burguesas precedieron a los nazis en eso. Los infames Protocolos de los Ancianos de Sión, que fue fabricado por la Ojrana zarista, como lo muestra Dimitris Psarras en su libro sobre la materia, que había sido marginado entonces en la Rusia zarista, fue promovido luego de la Revolución de Octubre por todos los cuarteles generales político-militares de las clases dominantes por toda Europa, los Estados Unidos y todo el mundo. Manuscritos del documento fueron distribuidos a los participantes de la Conferencia de Paz de Versalles (!), y cientos de miles de copias fueron impresas en pocos meses. En Estados Unidos eran difundidos por las agencias secretas del ejército norteamericano. Las copias llegaron a Alemania en 1919 y no tardó mucho hasta que los fundadores del nazismo los hicieran instrumentales para sus propósitos, de 1920 en adelante. En Gran Bretaña fueron publicados en febrero de 1920 por la editorial oficial de la Corona...
 
La comprensión del carácter global, no nacional, del proceso revolucionario abierto por la Revolución de 1917 se extendió mucho más allá de los voceros de la burguesía, sus propagandistas y los aparatos ideológicos de engaño masivo. La importancia universal, el quiebre histórico y el giro global de lo que ocurría después de Octubre de 1917, también se trasformó en una verdad común para los más inteligentes y perceptivos representantes de los intereses capitalistas.
 
El líder político de la burguesía alemana, Gustav Stresemann (canciller de la República Alemana de Weimar en 1923 y ministro de Asuntos Exteriores de 1923 a 1929) declaró explícitamente su creencia de que probablemente sería el último líder de un gobierno burgués en su país.
 
El principal economista burgués del siglo XX, John Maynard Keynes, quien asistió a la Conferencia de Versalles como consejero por la delegación británica, trató (en vano) de convencer a Winston Churchill que la mayor amenaza internacional para Gran Bretaña y el capitalismo no era la derrotada Alemania sino la tierra de los Soviets, Octubre del ’17 y su expansión global. En su trabajo Las Consecuencias Económicas de la Paz (1919) advirtió que el bolchevismo y la Revolución de Octubre planteaban una amenaza al orden general capitalista global.
 
La estrategia económica de conjunto que tomó su nombre, “keynesianismo”, y que terminó internacionalizada en el Acuerdo de Bretton Woods de 1944, y que establecía un conjunto de disposiciones para los trabajadores y el estado de bienestar, tenía como fin explícito prevenir la internacionalización de la revolución y, por sobre todo, demorarla en los centros metropolitanos del capitalismo. Keynes era bien consciente de que el sistema económico que ayudó a sobrevivir, con nuevas medidas de política económica, estaba envejeciendo y declinando. 
 
Keynes no compartió el alivio burgués luego de contener la primera ola de la revolución mundial; sus derrotas fueron producto tanto de razones objetivas como subjetivas que aún se discuten, pero un factor principal fue, sin duda, la postura contrarrevolucionaria de los socialdemócratas alemanes y europeos, quienes se alinearon con el imperialismo. La euforia de los capitalistas y sus colaboradores “predispuestos” luego del reflujo de la amenaza revolucionaria inmediata, así como el escepticismo de sus adversarios revolucionarios luego de las derrotas, ofuscaron en la conciencia social la naturaleza de la era abierta en Octubre de 1917. El reflujo de la ola internacional revolucionaria afectó a la propia Unión Soviética, aislada y cercada, fomentó a la burocracia que fue alimentada por las heridas del país y, junto con ella, la doctrina del “socialismo en un solo país” -la cual eventualmente llegó a su amargo final en 1991... En cierto sentido, su caída fue el precio pagado por la demora de la revolución global, por el incumplimiento de las demandas nacidas en 1917 de la nueva era. 
 
En el campo de la burguesía y el imperialismo británico, Keynes comprendió que con la Revolución de Octubre, y a pesar de su aislamiento, la humanidad había entrado a una era histórica diferente. Es por esto que durante la Conferencia de Bretton Woods, en la que se estableció, luego de terminar la guerra, el marco para una expansión capitalista a largo plazo, hizo su conocida declaración, pesimista y cínica: “A largo plazo estamos todos muertos”.
Para Stresemann, el político burgués de la República de Weimar, su citada declaración pesimista no era sólo la expresión de un pánico temporario debido a la crisis revolucionaria en su país. Stresemann había reconocido en su momento que los fundamentos histórico-materiales de los desarrollos políticos habían adquirido un carácter y dinámica globales. Como joven vocero del Partido Nacional Liberal, sostuvo en el Reichstag (Parlamento) del Káiser que “la política hoy es ante todo la política de la economía global” (subrayado nuestro).
 
Este cambio en los mismos fundamentos histórico-materiales del capitalismo internacionalizado, que fue percibido por los más agudos pensadores y políticos burgueses como un virtual terremoto, fue entendido, a través del materialismo dialéctico marxista, por los líderes revolucionarios marxistas de la revolución proletaria de 1917 como esencialmente un cambio de época histórica. Sobre esta base, contra las doctrinas del “marxismo ortodoxo” de la Segunda Internacional, fueron capaces de configurar, dentro y junto con las masas insurrectas, una política revolucionaria “no ortodoxa” que fue la expresión consciente de las tendencias más profundas de la época, y lograron literalmente conmover fundamentalmente el mundo no sólo por diez días, sino por los siguientes cien años, hasta hoy. Octubre de 1917 causó un desgarramiento irremediable en los cimientos históricos globales del capitalismo, haciendo de la nueva época una época de transición más allá del capitalismo.
 
Octubre debe verse desde el punto de vista de la época y la época debe verse desde el punto de vista de Octubre.
 
Octubre de 1917 desde el punto de vista de la época
 
Concebir la naturaleza de una etapa histórica requiere romper con la concepción lineal de la historia y la evolucionista “teoría de las etapas” de su desarrollo. En cambio, la “ortodoxia marxista” de la Segunda Internacional y de Kautsky, la social-democracia internacional, el menchevismo ruso, prisioneros del materialismo mecanicista y el economismo, estaban únicamente interesados, como destaca correctamente Michael Löwy, “en reducir las posibilidades revolucionarias directamente al potencial económico a escala nacional” (subrayado en el original).
En consecuencia, tenemos un doble reduccionismo: la posibilidad revolucionaria es primeramente reducida a nivel nacional y luego a su nivel económico, el cual es clasificado formalmente de acuerdo con ciertas reglas generales, abstractas (y, en última instancia, ahistóricas y metafísicas) de desarrollo “histórico” que permite, o imposibilita, una u otra formación social.
 
De acuerdo con estas metafísicas burdas, sería un escándalo inaceptable comenzar una revolución socialista en un país económicamente atrasado como la Rusia zarista. Entonces, desde este punto de vista, ahora como entonces, Octubre de 1917 es considerado una expresión de “voluntarismo político arbitrario”, contrario a los requerimientos nacional-económicos de una revolución social, un “golpe bolchevique” que sólo podría sobrevivir temporariamente a través del más extremo absolutismo, hasta su colapso fatal, en 1991.
 
La restricción sofocante de las posibilidades revolucionarias al “potencial económico a nivel nacional” postula como primarias y absolutas las particularidades y desigualdades nacionales en relación con la interconexión e interacción internacional. Entonces, las nivela hacia abajo y las elimina en una generalidad abstracta de un determinismo teleológico de etapas de desarrollo social separadas y consecutivas. Lo que se pierde de este modo es la universalidad concreta, el desigual y, al mismo tiempo, combinado desarrollo en el no lineal curso de la historia. 
 
La desigualdad caracteriza cada nivel (no sólo la economía, sino también las clases sociales, las instituciones, la cultura, etc.) y cada paso diferente, momentos no-homogéneos en el proceso histórico. “Las particularidades nacionales representan una combinación original de las características básicas del proceso global. Esta combinación original puede ser crucial para la estrategia revolucionaria, por muchos años (...) La particularidad de un tipo social nacional no es más que la cristalización de la desigualdad de su formación”.
 
Las desigualdades y particularidades no se excluyen, más bien al revés, se interconectan con sus otras interacciones, relaciones contradictorias, trasformaciones en su opuesto, complejas combinaciones de contradicciones estructurales y elementos heterogéneos y multi-rítmicos. “de esta ley universal de la desigualdad sigue otra ley, que por falta de nombre más apropiado, puede ser llamada la ley de desarrollo combinado, en el sentido que etapas diferentes se juntan, fases separadas se combinan, formas arcaicas son amalgamadas con otras más nuevas.”
El desarrollo desigual y combinado del proceso histórico lo define y constituye en lo que la dialéctica llama “universalidad concreta”. De acuerdo con la frase de Hegel, que Lenin encontró hermosa y la citó aprobándola en sus Cuadernos filosóficos, la universalidad concreta es “no meramente un universal abstracto, sino un universal que comprende en sí mismo la riqueza de lo particular, lo individual, lo singular”.
 
En este sentido dialéctico, la ley de desarrollo desigual y combinado se convierte en la base de la teoría de la revolución permanente, la cual fue elaborada nuevamente, luego de Marx en 1848-50, por Trotsky en 1905-6, a la luz de la primer Revolución Rusa -el “ensayo general” de la Revolución de Octubre-, al amanecer de una nueva etapa histórica.
 
En junio de 1905, León Trotsky escribió las siguientes y muy perspicaces palabras, que la inminente Gran Guerra, Octubre de 1917 y la primera ola de la revolución mundial iban a demostrar, lo cual las hace aún más relevantes hoy: “Uniendo a los países a través de su modo de producción y su comercio, el capitalismo ha trasformado al mundo entero en un organismo política y económicamente unitario. Exactamente como las finanzas modernas reúnen miles de empresas con cadenas invisibles y da al capital una movilidad increíble, que previene muchas pequeñas bancarrotas pero, al mismo tiempo, se convierte en la causa de profundas crisis económicas sin precedentes, todo el edificio económico y político del capitalismo, su comercio global, su sistema de monstruosas deudas soberanas y los agrupamientos políticos de naciones que conducen todas las fuerzas de la reacción en una suerte de compañía mixta globalizada, no sólo ha resistido crisis políticas particulares, sino que también han preparado las bases para una crisis social de dimensiones sin precedente. Al ocultar todo el proceso de malas condiciones detrás de la superficie, al evitar todas las dificultades, al poner a un costado todos los temas profundos de la política doméstica e internacional y al cubrir todas las contradicciones, la burguesía se ha dado maña para demorar la culminación de la crisis, y por esta misma razón, ha preparado la caída radical de su dominación en una escala global”.
 
El carácter mundial de las fuerzas de producción modernas, las que están bajo control de los centros metropolitanos del imperialismo y respiran con dificultad dentro de los límites de los Estados-nación y las relaciones de producción capitalistas, el carácter mundial de la división del trabajo, la cada vez más estrecha y profunda interconexión de la vida económica, política y cultural -éstas son las fuerzas motrices que dan carácter mundial a la lucha de clase de los trabajadores y a la lucha antiimperialista de los pueblos oprimidos, haciendo así a la revolución permanente.
 
“La revolución permanente, en el sentido de Marx -escribió Trotsky- significa una revolución que no se compromete con ninguna forma de dominación de clase, que no se queda en la etapa democrática, que procede a medidas socialistas y a la guerra a la reacción externa -esto es, una revolución en la que cada etapa siguiente se enraíza en la anterior, y sólo puede terminar con la completa abolición de la sociedad de clases.” 
 
Entonces, luego de destacar, sobre la base de la experiencia rusa, tres aspectos de la revolución permanente -la transición de las tareas democráticas a las socialistas de la revolución, la revolución dentro de la revolución después del ascenso de la clase obrera al poder, y su dimensión internacional-, concluye con un último aspecto, que conecta y define a todos ellos: “La revolución socialista comienza sobre una base nacional, pero no se puede completar sobre esta base (...) Una revolución nacional no es un conjunto autosuficiente, no es más que un eslabón en la cadena internacional. La revolución mundial es un proceso internacional, a pesar de todos los retrocesos temporarios y reflujos”.
 
A pesar de todos sus conflictos políticos con Trotsky antes de 1917, Lenin nunca separó la revolución rusa de la revolución europea e internacional. Ya en 1905, vio a la primera como una “chispa” que dispararía la segunda, de la cual dependió su propia victoria final.
 
Con el estallido de la primera guerra imperialista mundial en 1914 y la bancarrota política de la Segunda Internacional que se hundió en la alcantarilla del social-patriotismo, un salto cualitativo mayúsculo tuvo lugar en el pensamiento teórico marxista: la política y acción internacional revolucionaria de Lenin. Con su giro de 1914-15 hacia la dialéctica y la filosofía recopilada en sus Cuadernos filosóficos, Lenin rompe en el nivel más fundamental y metodológico con la social-democracia, el marxismo “esquemático” y la concepción lineal de la historia que dominó la Segunda Internacional. Esta ruptura alimentaría su análisis que marca una ruptura de caminos sobre el imperialismo y la naturaleza de la era del imperialismo, el crucial y estratégico giro de sus Tesis de abril, la orientación tácticamente flexible pero estratégicamente consistente a través de las corrientes de la lucha por el poder soviético, su trabajo inconcluso marxista-libertario sobre el Estado y la revolución -un legado virtual para el futuro.
 
El núcleo del pensamiento y práctica de Lenin era su análisis del imperialismo como “la etapa superior del capitalismo”, la etapa final de desarrollo económico del capitalismo que se “descompone” en su decadencia y parasitismo históricos. Lo más esencial en el análisis de Lenin, contra los apologistas liberales del capitalismo y los teoréticos de la social-democracia tales como Kautsky, en su definición del imperialismo no como una política sino como una época, la época de decadencia capitalista, y entonces como una época histórica de transición más allá del capitalismo, hacía el comunismo mundial.
 
Las fuerzas motrices de esta época de transición, sus contradicciones, forman las bases históricas materiales e impulsan la revolución socialista mundial. No, seguramente, como una subversión momentánea y concurrente, un episodio singular, sino como un proceso permanente que se desenvuelve a nivel internacional de una manera desigual y combinada, con diferentes ritmos y formas en diferentes países y lugares, con flujos y reflujos, a través de zigzags, saltos y retrocesos durante una época histórica, hasta su predominio global.
 
Como destaca T. Krausz: “La organización internacional del capital no puede ser desafiada o quebrada sobre una base nacional, por los carriles divergentes de los movimientos obreros nacionales -un entendimiento que Marx y Lenin tenían en común. (…) Lenin nunca podría abandonar la hipótesis de que la revolución tenía un carácter internacional, que es el por qué la guerra mundial significaría el comienzo de la revolución mundial”.
 
Esta también era la línea de fondo del internacionalismo práctico de Lenin durante la Gran Guerra, su política de derrotismo revolucionario para la “transformación de la guerra imperialista en guerra civil” de los oprimidos contra sus opresores.
 
Como escribe Alexander Rabinovitch en su importante libro Los bolcheviques toman el poder: “Lenin difería agudamente de la mayoría de sus camaradas en que rechazaba cualquier apoyo al esfuerzo de guerra y propuso como una consigna inmediata para los social-demócratas buscar la revolución social en todos los países en guerra. Más tarde elaboró una atrevida teoría -que no fue bien recibida al principio- para mostrar que con el estallido de la guerra el sistema capitalista había llegado a su etapa superior de desarrollo, “imperialismo”, una etapa crucial de la situación económica internacional, la cual, según él, traería necesariamente una revolución socialista internacional”.
Este es el porqué, cuando la revolución estalla en Rusia, y Lenin estaba dejando Suiza para retornar a su país, en su carta de despedida a los obreros suizos, resaltó que la consigna para convertir la guerra imperialista en una guerra civil estaba confirmada por los hechos, concluyendo con la frase: “¡Larga vida a la revolución proletaria que está comenzando en Europa!”.
 
Como es sabido, en su primer discurso en una asamblea desbordada de representantes de los soviets en el Smolny, justo después de la toma del Palacio de Invierno, el 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917, Lenin también terminó gritando: ¡Larga vida a la revolución socialista mundial!”.
 
La época desde el punto de vista de octubre de 1917
 
Además de la asustada burguesía, los social-demócratas, junto con el papa del “marxismo ortodoxo”, Kart Kaustsky, también protestaron horrorizados: una revolución socialista no era posible en una Rusia económicamente atrasada, con tan débiles fuerzas productivas, especialmente antes que un evento similar suceda en los países desarrollados del oeste, “como debe suceder”. Incluso en los ambientes revolucionarios, es bien sabido que en uno de sus primeros textos, Antonio Gramsci escribió que la Revolución de Octubre “prevaleció contra El capital de Marx”…
 
Nada puede estar más lejos de la verdad. La Revolución de Octubre es la confirmación más grande en la praxis social de los análisis teóricos, la prognosis histórica, el nuevo horizonte abierto para la humanidad oprimida y luchadora por el trabajo de Marx -y en particular, su magnum opus (obra maestra), no terminada, El capital, al cual dedicó sus interminables esfuerzos la mayor parte de su vida; “el proyectil más grande antes lanzado contra capitalistas y terratenientes”, como él mismo dijo alguna vez orgullosamente, con justa razón.
 
Para qué otra cosa sería este trabajo sino como una crítica justificada teóricamente y una demostración dialéctica de la naturaleza transicional y, en consecuencia, el carácter históricamente temporario del capitalismo, los límites de su “misión histórica”, la “perspectiva de una ‘expropiación de los expropiadores’”?
 
Ya en las notas preparatorias para El capital, los Manuscritos de 1857-9, también conocidos como los Grundrisse, Marx señala y destaca la “tendencia universalizadora” hacía el desarrollo infinito y la goblalización nacida del modo de producción capitalista, la cual lo separa de todos los modos de producción anteriores. Es esta tendencia determinante la que lo impulsa “hacía el desarrollo universal de las fuerzas productivas, y así se convierte en el presupuesto de un nuevo modo de producción (…). Esta tendencia -que posee el capital, pero que al mismo tiempo, dado que el capital es una forma de producción limitada, la contradice y entonces lo lleva a la disolución- distingue al capital de todos los modos de producción anteriores y, al mismo tiempo, contiene este elemento, que el capital es colocado como un mero punto de transición (sin énfasis).
 
La tendencia universalizante dio a las fuerzas productivas y a la división del trabajo su carácter global ya hacia finales del siglo XIX, principios del siglo XX, elevando así al extremo la tendencia concomitante de disolución mucho más allá de los límites de una crisis periódica del capital. Esta lleva a un estallido de contradicciones globales, a una crisis histórico-estructural sin precedentes, a la primera guerra imperialista global y, así, a la ruptura de la cadena internacional imperialista en su eslabón más débil, Rusia, y gracias a la intervención bolchevique liderada por Lenin y Trotsky, el resultado fue la Revolución Soviética de Octubre de 1917.
 
Las contradicciones mundiales que llevaron a la revolución, las condiciones materiales históricas que se reunieron a escala internacional y llevaron a quebrar la particular formación socio-económica rusa; en última instancia, las tendencias más profundas y requisitos de las fuerzas productivas sociales mundiales, y no el nivel que hayan llegado en Rusia, es el factor determinante que hace a la Revolución de Octubre el comienzo de una revolución mundial, no simplemente una subversión a escala nacional, un “accidente” ruso que, pretendidamente, dejo la “normalidad” de la historia mundial intacta.
 
En este sentido, las condiciones para la revolución estaban maduras. Octubre de 1917 no fue un intento revolucionario “prematuro”, como los viejos y nuevos mencheviques pretenden, ni fue un “golpe bolchevique” arbitrario. Incluso, el término empleado por algunos marxistas, “revolución socialista temprana”, puede desorientarnos en dirección de las premisas nacional-reformistas adoptadas por la clásica social-democracia o la doctrina stalinista del “socialismo en un solo país”. Una revolución temprana se puede llamar, por ejemplo, la guerra campesina dirigida por Thomas Münzer en el siglo XVI, porque las condiciones materiales sociales para el logro de sus objetivos comunistas estaban recién naciendo y no estaban formados. Más de tres siglos después, Engels, al analizar la guerra revolucionaria librada por los campesinos sin tierra de Münzer para extraer las lecciones de la revolución de 1848 en Alemania y Europa, habló sobre la perspectiva de una guerra campesina renaciente combinada con la revolución proletaria. Tal combinación, que se probó imposible a mediados del siglo XIX, en el apogeo del capitalismo, se volvió verdadera en la etapa de decadencia capitalista, en el siglo XX, empezando desde Rusia en 1917. El factor crucial que la hizo posible no fueron principalmente las condiciones del barbarismo semi-asiático zarista, sino las condiciones de crisis global de un capitalismo maduro, globalizado y, por ende, decadente. 
La contradicción entre el carácter mundial de las modernas fuerzas productivas bajo control imperialista y el carácter nacional del edificio socialista que comenzó en un país económicamente débil sólo podría ser resuelta en definitiva con la expansión y profundización de la revolución socialista y su victoria en los centros metropolitanos capitalistas de la economía global. En el corto y largo plazo existió la posibilidad y la necesidad de tomar medidas que fortalecieran y protegieran las trasformaciones transicionales contra las presiones del imperialismo y las tendencias generales del capitalismo, tanto domésticas como externas. La burocracia se convirtió en un obstáculo para estas medidas de corto -y largo- plazo (especialmente cuando la economía soviética de transición tuvo que pasar de la fase extensiva a la intensiva de su crecimiento), así como para la expansión de la revolución internacional, la cual fue sacrificada por los intereses del Estado-nacional y la “coexistencia pacífica” con el imperialismo. Más temprano que tarde, la pregunta ¿qué quién?, sólo podría ser juzgada en la arena internacional del conflicto entre las fuerzas sociales vivas de la revolución y la contra-revolución.
 
La contradicción irresuelta entre lo global y lo nacional llevó a los colapsos de 1989-91. Pero las que también permanecieron irresueltas fueron las contradicciones globales que estallaron cien años atrás y fueron reproducidas en una escala crecientemente más amplia y más destructiva que durante el siglo pasado. Y en la primera década del siglo XXI, la culminación de la globalización capitalista fue seguida por la crisis más grande e irresoluble, cuyo impacto total aún deberá ser percibido. 
 
Ahora podemos ver más claro y responder la pregunta sobre la diferencia entre 1917 y 1991 formulada por Alain Badiou, poco después de la caída de la Unión Soviética, la pregunta que fue nuestro punto de partida en este texto.
Octubre de 1917 fue un evento histórico mundial porque abrió una época enteramente nueva para la humanidad. Fue el inesperado primogénito de esta época y, al mismo tiempo, la evidencia práctica de la naturaleza de la era. Fue la demostración histórica de que la época de las tendencias conflictivas de universalidad y disolución sistémica previstas por Marx en los Grundrisse y El capital, la época de transición, había comenzado.
 
1991 no fue un evento, sino un “evento simulado”, en términos de Badiou, porque ésta no abrió ninguna época para la humanidad. Por el contrario, fue la promesa de una regresión imposible para el conjunto de la humanidad previo al mojón de 1917, a un impensable atraso, a un sistema profundamente decadente que enfrenta la revolución permanente de una nueva Primavera de los Pueblos con un declive permanente, el mausoleo kitsch de la Torre Trump. 
 
El ciclo no se ha cerrado; siempre estuvo abierto, y procede como un espiral. Vivimos en la época de Octubre. Y la tarea de todo comunista revolucionario permanece inconclusa: ¡hacer la Revolución de Octubre permanente en el siglo XXI!
 
 
1° de febrero de 2017
 
Traducción: Rubén Tussedu
 
 
NOTAS
 
1. Alain Badiou: D’un desastre obscur. Droit, Etat, Politique, Aube 1191 (2da. edición 2012).
 
2. Ibíd., p. 26.
 
3. Ibíd., p. 16-17.
 
4. Támas Krausz: Reconstructing Lenin: An intellectual biography, Monthly Review Press 2016. 
 
5. Ibíd., p. 281-309.
 
6. Cf. Krausz, ibíd., y León Trotsky, The Five First Years of the Communist International, New Park Publications 1973, p. 226-227, 290-291.
 
7.  Ver Martyn Ives: Reform, Revolution and Direct Action among British Miners. The Struggle for the Charter in 1919, Brill 2016.
 
8. L. Trotsky, op. cit., p. 227.
 
9.  Ver Julio Godio: La Semana Trágica de enero de 1919, Hyspamérica 1985.
 
10. The Los Angeles Times, 11 de enero de 1919.
 
11. Adam Tooze: Le salarie de la Destrucción. Formation et Ruine de l’économie Nazie, Les Belles Lettres 2012, p. 626.
 
12. Dimitris Psarras: To Best Seller tou Misous: “Ta Protokolla ton Sofon tis Sion” stin Ellada, 1920-2013, Polis Publications 2013m p. 48-49.
 
13. Ver T. Krausz, op. cit., p. 284.
 
14. Citado de Adam Tooze, op. cit., p. 27.
 
15. Michael Löwy: The Politics of Combined and Uneven Development: The Theory of Permanent Revolution, Haymarket Books 2010, p. 2.
 
16. León Trotsky: H Diarkis Epanastasi, Allagi Publications 1982, p. 29-30 (N del A: nuestra traducción).
 
17. León Trotsky: Historia tis Rosikis Epanastasis, Vol. I, Allagi Publications 1984, p. 17 (N del A: nuestra traducción).
 
18. V. I. Lenin: Philosophical Notebooks, Collected Works, Vol. 38, Progress 1980, p. 99.
 
19. León Trotsky: Apotelesmata kai Prooptikes, en Trotsky-Serge-Radek, I Rosiki Epanastasi tou 1905, Leon Publications 2005, p. 128-129 (N del A: nuestra traducción).
 
20. Trotsky: I Diarkis Epanastasi, op. cit., p. 14 (N del A: nuestra traducción).
 
21. Ibíd., p. 16 (N del A: nuestra traducción).
 
22. Ver V.I. Lenin: “I imperialismos, anotato stadio tou kapitalismou”, Apanta, Vol. 27, 5ta. ed., Synchroni Epochi Publications 1977; y V.I. Lenin: “Tetradia gia ton imperialismo”, Apanta, Vol. 28, 5ta. ed., Synchroni Epochi Publications 1977.
 
23. Cf. Savas Michael-Matsas: A Hundred Years After the 1917 October Revolution: Imperilism, War, and Revolution Today, Critique, Vol. 44, Nº 4, p. 419-434.
 
24. T. Krausz, op.cit., p. 284.
 
25. Alexander Rabinowitch: Les Bolcheviks prennent le pouvoir. L révolution de 1917 à Petrograd, La Fabrique 2016, p. 27-28.
 
26. V.I. Lenin: Collected Works, Vol. 23, Progress 1964, pp. 367-374.
 
27. Cf. The Epilogue in the 2nd German Edition of Capital, volume I.
 
28. Karl Marx, El capital, Vol. III, Progress 1977, pp. 266 y 441.
 
29. El capital, Vol. I, Progress 1986, p. 715.
 
30. Karl Marx: Grundrisse, Pelican 1973, p. 540.

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