En Defensa del Marxismo #50 | Por Christian Rath - Andrés Roldán- Roberto Gramar

La actualidad de la Revolución de Octubre

Introducción
 
Defender la vigencia de la Revolución Rusa cuando estamos en la conmemoración de sus cien años aparece como una tarea de improbable éxito ¿Quién defiende hoy, como un fenómeno vivo de nuestro tiempo, la primera revolución obrera triunfante que se pensó a sí misma como el inicio de una revolución internacional, que debía parir una sociedad sin explotadores ni explotados?
 
Entre las imágenes que recorrieron el mundo sobre la insurrección obrera de Hungría (1956), hace 61 años, una de ellas remite a un hecho conmovedor. Obreros metalúrgicos de Budapest han terminado su faena y una monumental estatua de Stalin yace tirada entre rostros satisfechos. En esa imagen, expresiva de la revolución política que se extendió por casi 35 años, se concentra una de las claves de la evolución política que barrió con los Estados obreros. La contrarrevolución burocrática encabezada por Stalin modificó profundamente el lugar político y programático de la Revolución Rusa para una gran parte del movimiento obrero y de la juventud. La burocracia destruyó las conquistas de octubre, reprimió a los revolucionarios, aniquiló a la generación bolchevique de 1917. La Internacional Comunista desplegó en todo el mundo, a las órdenes de Stalin, una política aventurera de derrota, de sometimiento a la burguesía en los frentes populares, de sometimiento a la burguesía nacional en los países atrasados, de acomodamiento con el imperialismo mientras se salvara el poder burocrático en la URSS. Provocó la derrota histórica del proletariado alemán en 1933 que abrió el paso al período más bárbaro de la historia del siglo XX; el hitlerismo y la II Guerra Mundial.
 
Esta contrarrevolución se presentó en nombre de la “teoría” de la construcción del socialismo en un solo país, de la defensa y la continuidad de Octubre. Prostituyó al movimiento obrero.
 
La identificación entre estalinismo y leninismo se volvió un clásico de los críticos de derecha y de izquierda de la revolución. La insurrección proletaria de Octubre se transformó en un “golpe de Estado” y el gobierno de los trabajadores en una “dictadura totalitaria”.
 
El estalinismo y los “demócratas” fueron y son las dos caras de la misma moneda: la negación de la revolución, del poder proletario, de la acción independiente de la clase obrera, de la rebelión de las masas como motor de la historia.
 
La clase obrera resistió, en la URSS, en Berlín, en Hungría, en Checoeslovaquia. Los núcleos militantes, minoritarios pero consecuentes, de la Oposición de Izquierda y de otros sectores combativos enfrentaron al estalinismo, a pesar de los asesinatos. La burocracia, sin embargo, en colaboración con el imperialismo, impuso su dominio. Su acto postrero fue emprender el camino de la contrarrevolución política para liquidar las conquistas sociales creadas por la Revolución de Octubre, adoptando un rumbo de preservación frente a la intervención de la clase obrera. 
 
La restauración y un pronóstico
 
La restauración capitalista fue parte de un pronóstico alternativo que León Trotsky planteó desde el año 1932: “Los jefes y las masas no podían ver en el levantamiento de Octubre más que la primera etapa de la revolución mundial. El pensamiento de una edificación independiente del socialismo en una Rusia aislada no fue ni defendido ni mantenido, ni formulado firmemente por nadie en el año 1917”. “De un modo general -se interrogó Trotsky-, ¿las contradicciones de la edificación socialista pueden adquirir tal tensión que quebranten las bases de dicha edificación…? Sí, esto es posible”.
 
¿De qué modo? “El régimen actual, en tanto que régimen de transición del capitalismo al socialismo, puede… ser reemplazado sólo por el capitalismo”. En tal caso, todas las contradicciones que habrían llevado al hundimiento del régimen soviético “se transformarían inmediatamente en contradicciones interiores del capitalismo y adquirirían muy pronto extrema agudeza. Lo cual quiere decir que la contrarrevolución capitalista contiene las bases de una nueva Revolución de Octubre”.
 
Este pronóstico extraordinario ¡planteado a quince años de la Revolución Rusa! parece retratar al actual escenario político mundial.
 
El progreso de la restauración en Rusia y China abrió la expectativa de un relanzamiento capitalista, al integrar a la producción de plusvalía a dos de los proletariados más grandes del planeta. Pero esa integración, en la etapa histórica de declinación del capitalismo, terminó acentuando todas las contracciones. No dio lugar a un desarrollo armonioso del dominio del capital, sino al estallido sucesivo de crisis. La respuesta obrera y militante a la crisis plantea la apertura de una nueva etapa en el proceso revolucionario. 
 
Corresponde volver sobre el pronóstico de León Trotsky. Si la Revolución Rusa estaba concebida como un capítulo de la revolución mundial; si el estalinismo no fue el resultado del bolchevismo, sino su antítesis; si una generación obrera y socialista pagó con la vida de decenas de miles la defensa genuina de la revolución socialista; si la barbarie estalinista fracasó, revelando que no era ninguna tercera vía entre el socialismo y el capitalismo; si la historia confirmó que la burocracia fue un accidente histórico en un minuto de existencia de la humanidad, si todo esto es hoy una constatación histórica, hay que concluir que el ciclo de la Revolución de Octubre sigue abierto.
No fue con la Revolución Rusa que la humanidad colocó en la agenda cotidiana la respuesta obrera y socialista a la lucha de clases. Estuvo planteada desde mucho antes, con la acción de la clase obrera durante cincuenta años bajo la bandera del socialismo, con la experiencia heroica de la Comuna, con la Revolución de 1905 y la originalidad histórica de los soviets. Llegamos aquí a un punto importante: la vigencia de la Revolución Rusa es la vigencia de la lucha de la clase obrera frente a la descomposición mundial del capitalismo y, un proceso que alcanza un primer punto de paroxismo con la Primera Guerra Mundial, y la necesidad de que la clase obrera tome y ejerza el poder, insurrección de Octubre.
 
La Revolución Rusa deriva de la declinación mundial del régimen social y de sus formas de dominio político, un régimen social que había emergido con toda su fuerza en la Revolución Francesa. Su inmensa actualidad deriva de que las condiciones sociales e históricas de 1917 siguen presentes y se han hecho mucho más agudas: la contraposición entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el marco estrecho de las fronteras nacionales, la socialización de la producción y la apropiación privada cada vez más concentrada en el sistema capitalista, la barbarie a la que nos condena el desarrollo de la acumulación capitalista y, en oposición, el programa del gobierno obrero y la movilización revolucionaria de las masas como respuesta a la crisis. 
 
Por la misma razón, para sus líderes, la Revolución de Octubre debía ser el comienzo de la revolución socialista mundial. ¿Por qué en Rusia? Como recordó Trotsky en 1932, en su último discurso público en Dinamarca, “La primera explicación es la más general: Rusia era un país atrasado pero no era simple y solamente una parte de la economía mundial, una parte del sistema capitalista mundial. En este sentido, Lenin resolvió el enigma de la Revolución Rusa a través de una fórmula lapidaria: la cadena se ha roto en su eslabón más débil”. 
 
Revolución y partido
 
La gran presencia en el escenario histórico de la Revolución es la del proletariado ruso y su vanguardia militante. El Partido Bolchevique no hubiera podido jugar el papel que cumplió en 1917 sin una clase obrera con la energía, la radicalización y la experiencia de la rusa -1905 y los soviets, resistencia frente a la represión, lucha contra la guerra, Febrero y los soviets, derrota del golpe reaccionario, apoyo decidido a la revolución agraria. Todo este activo de la clase obrera se habría disipado si el Partido Bolchevique no hubiera podido darle un cauce político y de lucha por el poder (como el gran mérito histórico, en su origen, de haber planteado la vigencia de una organización conspirativa fuertemente centralizada, en oposición a la existente en la socialdemocracia alemana); pero es insoslayable que encontró un terreno inmensamente fértil en ese proletariado.
 
Para allanar el camino hacia la toma del poder, el proletariado y su partido (el crecimiento del partido socialdemócrata ruso luego de la Revolución de 1905 atestigua que ese enraizamiento era profundo ya en ese momento) debieron abordar dos temas absolutamente clave. Por un lado, la guerra, defendida por el Gobierno Provisional en nombre del interés nacional. El gobierno, en nombre de la democracia, planteó continuarla. La clase obrera estuvo en contra, se movilizó contra la guerra, incluido el reclamo de la caída de los ministros y del gobierno. El bolchevismo fue la corriente que se erigió como alternativa: un gobierno de trabajadores era el único que podía concretar la paz. Por otro lado, la tierra. El gobierno, en nombre de la democracia, derivó el tema a una Asamblea Constituyente sin fecha. Sin repudiar la Constituyente, el bolcheviquismo llamó a ocupar las tierras y poner en pie un frente común del 90% de las clases sociales del campo, sin el cual la revolución no hubiera sido posible.
La democracia formal se desnudó en el período que va del Febrero al Octubre ruso tal cual es, amagó pero no estuvo dispuesta a violentar el régimen social. Las organizaciones y tendencias socialistas no bolcheviques se sometieron sistemáticamente a la alianza con la burguesía, en el campo de oposición y rechazo del gobierno obrero y el poder de los soviets. El bolcheviquismo llamó a actuar, a apoderarse de las tierras, a implantar el control obrero en las fábricas y a organizar un paso trascendental: la toma del poder, sin el cual continuaría la guerra, la inaccesibilidad de la tierra, la opresión de las nacionalidades, la especulación con los alimentos.
 
Una revolución mundial
 
La Revolución Rusa fue concebida como un capítulo del proceso de la revolución internacional. Dio lugar a la creación de la Internacional Comunista, planteada como partido mundial de la revolución. El capitalismo ascendente había cedido paso al imperialismo, poniendo de relieve que el régimen social capitalista había dado de sí todos sus componentes progresivos. Había avanzado cualitativamente en la formación de un mercado mundial, expandiendo el dominio del capital hasta las zonas más alejadas de la tierra. Concretó esta expansión con sus métodos -“lodo y sangre” había dicho Marx- sojuzgando y repartiendo al mundo entre el puñado de Estados imperialistas, expresiones concentradas de los monopolios, del capital financiero, del gran capital usurero.
 
La expansión capitalista fue también, y ante todo, la expansión y el fortalecimiento del proletariado, la clase social que para luchar por su emancipación tiene que emancipar al conjunto de la humanidad. En una carta a su amigo Weydemeyer, Carlos Marx explicó que “mucho antes que yo, los historiadores burgueses habían descripto el desarrollo histórico de esta lucha de clases y los economistas burgueses la anatomía económica de las clases. Lo nuevo que aporté fue demostrar: 1) que la existencia de las clases está vinculada únicamente a fases particulares, históricas, del desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura sólo constituye la transición a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases” (subrayados de Marx).
 
La Revolución Francesa también fue universal, desde el momento que materializó el ascenso de la burguesía al poder político, la ruptura de las trabas feudales, la conversión del campesino siervo en hombre libre -en muchos casos propietario libre de su finca y de su campo- la expulsión del poder de los nobles y el fin de los privilegios gremiales, como expresión de una nueva época histórica de colosal desarrollo de las fuerzas productivas. Este carácter universal explica el eco inmenso que despertó entre los pueblos, pero su contenido fue, a la vez, nacional y, en ese sentido, particular, local. Abrió un nuevo desarrollo histórico, pero para desenvolver una nueva forma de explotación, esta vez como expresión de los intereses sociales de la burguesía actuante en cada Estado.
La Revolución Rusa fue universal en forma y contenido, porque planteó, tomando aquel aporte de Marx, la abolición de los intereses de las clases a cargo de una acción común de las clases trabajadoras del mundo. Vino a proclamar, por primera vez en la historia del hombre, la abolición de todo interés particular, la eliminación de la explotación del hombre por el hombre y, en definitiva, la construcción de una sociedad de plenitud para la humanidad. 
 
La Revolución Rusa encarnó un fenómeno históricamente nuevo por constituir un movimiento de millones, liderados por un partido de la clase obrera -pequeñísima pero muy concentrada- forjado en la lucha de clases, en la lucha por el socialismo y en la búsqueda del poder para un gobierno de trabajadores como caudillo de la masa campesina. Subrayamos esta última parte, porque “un partido particular, y un partido de la clase de vanguardia, no tendría derecho a existir, sería indigno de considerarse como un partido y representaría en todos los aspectos un triste cero a la izquierda, si renunciase al poder en momentos en que tiene la posibilidad de conquistarlo”. Pero, dicho esto, la Revolución Rusa no se concibió en nombre de un interés nacional, sino como el comienzo de la revolución europea e internacional. Digresión necesaria: ¿en qué tiempos? Kautsky, en su etapa revolucionaria, escribió, tanto en La Revolución Social (1902) como en El Camino del Poder (1909), la inminencia de un era de revoluciones a partir de la guerra mundial que se avecinaba. Pero, producida la Revolución de Octubre, impugnó la toma del poder por basarse en la hipótesis de que sería el punto de partida para la revolución europea, lo que levantaría las trabas que el atraso de Rusia oponía a un sistema de producción socialista. Volviendo sobre sus pasos, Kaustky se preguntó en 1918, en La dictadura del proletariado, que pasaría si la revolución rusa no se convertía en el desencadenante inmediato de la revolución europea, como ocurrió. Lenin contestó entonces que sería “una tontería indiscutible por parte de los bolcheviques el fundar su táctica en la espera de la revolución a fecha fija en otros países”, pero remarcó, en primer lugar, que todo marxista debía apuntar a la revolución en Europa si es que existía una situación revolucionaria y ésta era una verdad a puño no sólo para los bolcheviques sino para todos los marxistas. La refutación a Kautsky se produjo con la inmensa ola revolucionaria que conmovió Europa (y el mundo), en particular desde 1917 a 1923, y de la que Alemania fue sólo su escenario privilegiado. De la hondura de esta situación revolucionaria informa el surgimiento de una nueva dirección internacionalista, nacida de la ruptura de los descompuestos partidos socialistas, furgones de cola de sus burguesías a partir de la guerra. El planteo bolchevique de concebir la Revolución Rusa como el punto de partida de la revolución europea y mundial fue probada “por un éxito enorme” -dirá Lenin al cumplirse sólo un año de la toma del poder- “porque el bolchevismo (y no debido a los méritos de los bolcheviques rusos, sino en virtud de la profundísima simpatía que por doquier sienten las masas hacia una táctica verdaderamente revolucionaria) se ha hecho mundial, ha dado una idea, una teoría, un programa y una táctica que… tiene en cuenta tanto las conquistas de la paz como la experiencia de la era de revoluciones que ha comenzado” (subrayados de Lenin). Lenin admitió, incluso, que el enorme esfuerzo hecho por la Rusia revolucionaria podía no bastar para el triunfo completo del socialismo. “Un solo país no puede hacer más”, escribió (ídem anterior), pero aún en caso de una derrota a manos del imperialismo mundial, la revolución bolchevique habría dado un impulso extraordinario al desarrollo de la revolución mundial. 
 
La conmoción política provocada por la Revolución Rusa, del Atlántico al Pacífico, encuentra difícilmente las palabras que pueden expresarla. El mundo fue escenario, en particular de 1917-1923, de una explosión revolucionaria, obrera e internacionalista, reconocida por las propios cabezas de la contrarrevolución.
La Revolución Rusa alteró todas las caracterizaciones previas porque se produjo en una etapa histórica diferente de aquella en que se produjeron las revoluciones democráticas pasadas. Tuvo lugar en un marco histórico de unificación del mercado mundial y transformación del capitalismo de libre competencia en capitalismo imperialista, lo que supone apreciar, por primera vez, la descomposición del modo capitalista de producción. Irrumpió un período histórico en que el mundo, de conjunto, ha madurado para la revolución socialista y altera la hoja de ruta de la revolución en los países atrasados, desde el momento que el “eslabón débil” del capitalismo europeo -Rusia- puede no estar preparada para el socialismo, pero sí lo están la economía y la política mundiales. La atrasada Rusia podía comenzar su revolución nacional y democrática, y enlazar, a través de la revolución mundial, con el socialismo, inconcebible sin la gran técnica capitalista, estructurada según la última palabra de la ciencia moderna. Es la columna vertebral del análisis de Lenin en El imperialismo… al demostrar que con la guerra el sistema capitalista había llegado a una etapa superior de desarrollo y que ésta planteaba necesariamente la revolución socialista internacional. ¿Estas condiciones históricas están presentes hoy? La globalización ha terminado siendo una entelequia, desde el momento que la tendencia del imperialismo es hacia la nacionalización del capital y no su mundialización. La Unión Europea es el escenario -no el único- de un desenvolvimiento de luchas nacionales, lo que confirma una etapa de internacionalización de las fuerzas productivas del capital y nacionalización de la propiedad capitalista. La crisis del capital está creando una masacre social sin parangón en la propia historia del régimen social. Con independencia del calendario, estamos en “el siglo” de la Revolución de Octubre. 
 
La pasión internacionalista de la Revolución Rusa estuvo presente aún en los momentos más aciagos, en su período revolucionario. Un capítulo fundamental de este curso internacional fue la política bolchevique de liquidar toda forma de opresión nacional (y toda forma de opresión de cualquier tipo). Las nacionalidades oprimidas del imperio ruso fueron respetadas en todos sus derechos -incluida las minorías musulmanas que podían aplicar sus leyes ancestrales mientras no dieran lugar a nuevas formas de opresión. El antisemitismo fue combatido sin ninguna concesión, incluido el antisemitismo de sectores populares. La minoría nacional judía por primera vez en su historia dispuso también de todos sus derechos.
 
La originalidad de la Revolución Rusa
 
¿Cuál es la originalidad de la Revolución Rusa? Como dice León Trotsky en el prefacio a la Historia de la Revolución Rusa, el rasgo característico e indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen.
 
Fue Trotsky quien llegó más lejos que otros en la comprensión de las revoluciones burguesas lo que le permitió internarse en la naturaleza de la Revolución Rusa. En 1905, Resultados y Perspectivas, estableció que la rusa sería una revolución burguesa que se diferenciaría sustancialmente tanto de la Revolución Francesa como de las revoluciones europeas de 1848. El jacobinismo fue la tendencia política más radical de aquellas revoluciones y ejerció el poder a través del terror, para imponer el nuevo orden y combatir a la reacción europea. Sin embargo, la acción de la vanguardia obrera se diferencia del jacobinismo. “Todo el movimiento proletario internacional de la actualidad ha nacido y se ha fortalecido en disputa con las tradiciones del jacobinismo... hemos mostrado su estrechez, hemos desenmascarado su contradicción social, su tendencia a la utopía, su fraseología y hemos roto con sus tradiciones que, durante décadas, pasaban por herencia sagrada de la revolución”. En Rusia, planteó Trotsky, la situación sería diferente, porque la embestida revolucionaria surgiría de la propia clase obrera y ésta se vería obligada a enfrentar no sólo al zarismo sino a la burguesía liberal. Se erigiría en caudillo de los campesinos para llegar al poder como clase y en tal función, ejecutar no sólo las tareas democráticas que no estuvieran cumplidas -la tierra a los campesinos, la emancipación nacional, la liquidación de la autocracia, la emancipación de las naciones sojuzgadas…-, sino también las tareas propias de una revolución socialista, a un ritmo determinado por el curso de la revolución mundial.
 
Estableció de este modo el planteo cardinal de que la Rusia soviética podría ser la vanguardia de la revolución socialista internacional. Fue la enunciación, doce años antes de 1917, de la Revolución Permanente.
 
Los apremios de la revolución
 
“Sin revolución en Europa -planteó tempranamente Lenin- pereceremos”. La historia confirmó, por la negativa, la veracidad de este pronóstico: el Estado de los obreros armados y de la planificación económica mostró una notable capacidad de supervivencia a los ataques externos de la burguesía mundial, a la guerra civil; a la coalición entre reaccionarios, chauvinistas, socialistas renegados al servicio del imperialismo.
 
Aún manteniéndose en pie, el Estado obrero -y el propio partido gobernante- sufrieron una profunda sangría, primero, y una degeneración burocrática, después. El peso terrible del atraso, de la barbarie, de la ignorancia, delinearon las formas del nuevo aparato estatal y del ejercicio del poder. Las derrotas de la revolución (de modo eminente en Alemania, 1919/23, y en China, 1927), condenaron la revolución al aislamiento.
 
El bolchevismo había establecido el punto de unión entre una revolución obrera que ejecuta tareas democráticas y el proceso de la revolución internacional. Lanzó la iniciativa de la creación de la III Internacional mucho antes de la Revolución de Octubre, en las diferentes conferencias de las pocas organizaciones y militantes de izquierda que condenaron abiertamente el socialpatriotismo de la Segunda Internacional. El congreso de fundación tuvo lugar en marzo de 1919. Fue una novedad histórica: por referencia a las Internacionales anteriores, se puso en pie un partido mundial centralizado de la revolución socialista. La traición de la socialdemocracia ante el imperialismo y la guerra reveló que el reformismo había dejado de constituir una opción histórica y ya no jugaba ningún rol progresivo. Quedaban en pie, como alternativas, la revolución o la contrarrevolución. La III Internacional nació bajo esta premisa y la necesidad de crear una organización a la medida de un período histórico de guerras y revoluciones, y de un nuevo estadio de la lucha mundial entre las clases. Sus cuatro primeros congresos, de 1919 a 1923, son una escuela de estrategia revolucionaria, con sus orientaciones y reorientaciones, sus debates, sus resoluciones.
 
Nuestra historia de la Revolución Rusa
 
Toda historia se escribe desde el presente, desde un hoy concreto y original. La historia del Octubre ruso, cien años después, es nuestra propia historia y es desde la construcción del Partido Obrero que interrogamos la lucha del bolcheviquismo para sacar las mejores lecciones de la experiencia de los bolcheviques, a la luz de la experiencia recorrida en un siglo. Nos reconocemos herederos de la Revolución de Octubre y protagonistas de un período histórico que no ha concluido y que es el mismo que vivieron los revolucionarios de las dos primeras décadas del siglo, un proceso de convulsiones sociales, guerras y revoluciones que son expresión del agotamiento de una sociedad y de una exasperante crisis de dirección del proletariado. La historia que recorre las páginas de Prensa Obrera y, en este caso, de En Defensa del Marxismo, es una historia viva y palpitante de los problemas políticos que debieron afrontar los revolucionarios rusos y va necesariamente unida a la delimitación política con los enterradores del legado de Octubre, que consideran que el período histórico de guerras y revoluciones inaugurado por la victoria de los bolcheviques en 1917 ha concluido definitivamente. En esa fila de sepultureros se encuentran la “revolución bolivariana”, el “capitalismo andino”, Podemos, el PT de Brasil y sus herederos, el Secretariado Unificado de la IV Internacional -que culminó una trayectoria de revisionismo en el trotskismo planteando la renuncia formal a la dictadura del proletariado y el fin del ciclo abierto en el Octubre ruso. En la introducción a La Revolución Rusa en el Siglo XXI que hemos vuelto a editar en este año, planteamos: “Los despreocupados profetas del fin de la época histórica abierta por la revolución de Octubre no nos proponen nada nuevo, sólo que nos saquemos de encima esa ‘pesada’ herencia histórica y la perspectiva de la dictadura del proletariado y retornemos al camino que jamás habría que haber abandonado: el parlamentarismo de los delincuentes capitalistas. En definitiva, son absolutamente incapaces de negar (criticar) la tentativa de Octubre, o sea de ofrecer un punto de partida revolucionario renovado, se limitan a adorar, como lo han hecho siempre, los hechos consumados, como lo hacen ahora con la restauración capitalista y nos proponen volver al siglo XIX (todas estas tendencias fueron adoradoras, en su momento, de la burocracia estalinista)”. Las experiencias que se cubrieron con el manto del “socialismo del siglo XXI” no expresaron nuevas posibilidades de transición histórica sino el agotamiento del nacionalismo, sea laico o clerical, en la época de la economía mundializada. 
 
“Nuestra” historia constata que los Estados obreros degenerados no han sido más que un accidente histórico y que no existe otra alternativa que el socialismo internacional. El fracaso del estalinismo prueba la vitalidad del método marxista y el acierto gigantesco de haber fundado la IV Internacional.
 
“Nuestra” historia revaloriza al partido, por su capacidad de intervención en todas las formas de organización del movimiento obrero y de los oprimidos, y el esfuerzo, a la vez, por conjugar el debate más intenso con la disciplina más militante, replantearse la cuestión de las consignas y de las consignas de poder, en particular, frente a los cambiantes estados de espíritu de las masas y de su vanguardia. Finalmente, todos los que hoy proclaman la superioridad del movimiento en relación al partido no reparan que la primera revolución obrera victoriosa en la historia fue guiada por un partido fogueado en todas las instancias de la lucha de clases y capaz de alterar su propio programa original en el curso de la revolución. El bolcheviquismo fue capaz de producir un giro en los siete meses que van de febrero a octubre del 17, patentizado en las Tesis de Abril y en El Estado y la Revolución, el “librito” tan caro a Lenin que planteó una revolución teórica. Reveló que el partido bolchevique no en una fuerza inmutable en una revolución o en cualquiera otra circunstancia, sino una creación que estaba interrogándose permanentemente sobre la calidad de su programa y de su táctica. 
 
Así nos internamos en la historia de la Revolución Rusa, desde Febrero hasta las vísperas de la victoria de Octubre.
 
La formación del Partido Bolchevique
 
El 21 de diciembre del 1900 salió a la calle el primer número de Iskra (La Chispa), semanario popular que, junto a la revista teórica Zariá (La Aurora), fueron los instrumentos más poderosos de los emigrados socialistas rusos (1900) para lograr la supremacía en la labor de formar el partido obrero en Rusia. 
 
“El bolchevismo existe como corriente de pensamiento político y como partido político desde 1903”. La afirmación es de Lenin, veinte años después. En ese año, en el segundo congreso de la socialdemocracia rusa -denominación que en ese entonces utilizaban los marxistas- se produjo la escisión entre esa ala y los mencheviques. Si bien el partido había sido formalmente fundado en 1898 en el I Congreso, la represión destruyó rápidamente cualquier posibilidad de transformar sus resoluciones en pasos organizativos concretos y el trabajo tomó nuevamente la forma de círculos aislados y dispersos. Sin embargo, la proclama de aquel congreso tuvo una virtud: señalar por primera vez la incapacidad de la burguesía rusa para consumar la revolución democrática-burguesa y el consiguiente traspaso de esta tarea a la clase obrera.
 
El populismo
 
El debate teórico entre marxistas y populistas fue el debate sobre la naturaleza de la revolución rusa y las fuerzas que debían dirigirla. El imperio zarista se incorporó en forma tardía al proceso de desarrollo capitalista. Era un país enormemente atrasado en relación con el occidente europeo, donde el capitalismo había desenvuelto hacia la segunda mitad del siglo XIX todas sus potencialidades y contaba con una enorme y concentrada clase obrera. Rusia era un país fundamentalmente agrario y recién emergía de las relaciones propias de la servidumbre feudal. 
 
Los populistas sostenían que el régimen comunitario de la aldea rusa era el antecedente inmediato del socialismo. Marx mismo había dejado abierta esta posibilidad, en un fenomenal acto de anticipación, en lo que fue el último prólogo con su firma a una edición del “Manifiesto Comunista”: “Si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se complementen, la actual propiedad de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida para el desarrollo comunista”. Los populistas veían en esta propiedad comunal la originalidad del caso ruso y rechazaban al capitalismo como una fuerza reaccionaria, que venía a disolverla. 
 
Hasta alrededor de 1890 esta fuerza política encabezó la lucha contra la autocracia zarista partiendo de la base de que el campesinado era la clase revolucionaria, por su defensa del principio de la propiedad comunal, que era para ellos un principio socialista. Esta exaltación del campesinado era la base de la actividad política de la intelectualidad populista, que desenvolvió en su momento una verdadera cruzada propagandística en las aldeas y se volcó luego, ante su fracaso y en su fase más audaz, a la conspiración terrorista para asesinar al zar. Supuestamente, para despertar la insurrección del campesinado. 
 
A finales de los ’70, Georgi Pléjanov rompió con los populistas en desacuerdo con el terrorismo individual y fundó en su exilio el grupo Emancipación del Trabajo (1883), el primer grupo marxista. El joven Lenin, que se hizo marxista alrededor de 1892/3, se incorporó a estos círculos, de temprana acción de propaganda sobre la naciente clase obrera, y comenzó a participar de su trabajo teórico y práctico.
 
El marxismo, en polémica con el populismo, sostuvo el carácter progresivo del desarrollo del capitalismo en Rusia porque era el único régimen capaz de dar un carácter nacional y social al avance de las fuerzas productivas, lo que daba lugar a la formación de la clase obrera. Esta oponía a la dispersión campesina su propia concentración y unidad, constituyendo una fuerza social y política infinitamente superior contra la autocracia zarista. 
 
Para los marxistas, la propiedad comunal era un residuo en la propiedad de la tierra, sometiendo a aquéllos al yugo del atraso y la barbarie. La rebelión campesina sólo podía tomar la forma de una jacquerie, una insurrección elemental y violenta contra la nobleza, pero la propia evolución del capitalismo relegaba esta posibilidad al escindir al campesinado entre ricos (kulaks), asimilados a la burguesía, pobres y proletarios. 
 
El caudillo de la revolución
 
El marxismo identificó al proletariado como dirección de la revolución democrática en Rusia, única fuerza social capaz de liquidar el atraso y derrocar a la nobleza. Unió a este planteo la crítica al terrorismo y al foco, planteando la organización de la clase obrera y la movilización de masas. Este era el punto de vista teórico común, previo a la escisión entre bolcheviques y mencheviques, unidad que dejaba sin resolver cuál iba a ser el programa que el proletariado iba a impulsar en su lucha política y la forma de poder a la que debía asimilarse.
 
Los primeros trabajos de Lenin aportaron a este gran debate: su obra fundamental en este sentido sería El desarrollo del capitalismo en Rusia (1899). Los jóvenes socialdemócratas, al tiempo que estudiaban a Marx y Engels y libraban una lucha teórica y política contra el populismo, se lanzaron a un trabajo de organización práctica de la clase obrera. Fue un trabajo artesanal y disperso, librado por pequeños círculos carentes de conexión y programa común, pero indispensables en este período de crecimiento.
 
En 1896 se produjo en San Petersburgo una huelga general espontánea y se inició una década de acciones directas sistemáticas de las masas, que habrían de culminar en la Revolución de 1905. Es decir, en los hechos se fue zanjando el debate con los populistas: el proletariado ruso, minoritario en relación con el campesinado, reveló una energía, consistencia y fuerza en la lucha contra el zarismo tremendamente superior al de los explotados del campo. Este proletariado nació a la lucha política y sindical sin arrastrar detrás una tradición política burguesa o pequeño burguesa y lo hizo enfrentando tempranamente a una burguesía hostil a toda agitación democrática. El único programa de esta burguesía era la negociación y el acuerdo con la reacción para lograr algunas migajas dentro del régimen, grageas de constitucionalismo y legalidad. 
 
Los marxistas legales
 
Radicalmente opuestos a los populistas, los marxistas legales planteaban sin matiz alguno la teoría marxista de que el desarrollo del capitalismo era una etapa previa obligada para la realización final del socialismo. La insistencia en este punto los llevó a considerar ese estadio como un fin en sí mismo y a reemplazar la revolución por la reforma, anticipando las posiciones que luego enarbolarían Bernstein y el ala revisionista de los marxistas alemanes. Los marxistas legales, como los caracterizaría Lenin años más tarde: “eran demócratas burgueses para quienes la ruptura con los populistas significaba una transición desde el socialismo pequeño burgués (o campesino), no al socialismo proletario… sino al liberalismo burgués”.
 
En estas luchas políticas y teóricas jugó un papel importante Iskra, el semanario que comenzó a publicarse en 1900 en el exilio, bajo la dirección inicial de Pléjanov y el protagonismo creciente de Lenin. Iskra se proponía, según el documento que anunciaba su aparición, constituirse en la columna vertebral del disgregado movimiento socialdemócrata ruso sobre la base de la delimitación política. “Antes de unificarse -decía- y para unificarse, hay que empezar por deslindar los campos de manera resuelta y definida. De otra forma, nuestra unificación sería sólo una ficción que enmascararía la actual confusión e impediría su radical eliminación”. Iskra no sería, por lo tanto, “una simple recopilación abigarrada de diferentes opiniones”, sino un órgano portador de “una política estrictamente definida”. En Iskra y Zariá se desplegarían los fundamentos teóricos y organizativos que desembocarían en la formación de un partido nacional. 
 
1905: el gran laboratorio
 
El 9 de enero de 1905 (22 según nuestro calendario) fue domingo en Rusia. Ese día, una movilización obrera masiva -140.000 trabajadores, en su gran mayoría creyentes y súbditos de la Iglesia Ortodoxa, dirigidos por el cura Gapón, confluyó en el Palacio de Invierno de San Petersburgo, donde se alojaba el zar. Una movilización pacífica, enarbolando íconos y rogando al zar que apareciera ante ellos y escuchara sus reclamos: amnistía, libertades sociales, salario normal, entrega gradual de la tierra al pueblo, Asamblea Constituyente en base al sufragio universal e igual para todos. Ferozmente reprimida, no menos de mil obreros fueron asesinados y otros dos mil quedaron heridos, aunque las cifras exactas fueron ocultadas. Fue el llamado “Domingo sangriento”, inicio de la Revolución Rusa. Fue la primera revolución obrera del siglo XX, partera de los soviets e inmenso laboratorio de la experiencia victoriosa de 1917.
 
Desde varios años antes se habían sucedido huelgas y movilizaciones. Para canalizarlas, un agente de la policía se lanzó a organizar a los obreros en sindicatos, planteando que el zar era su protector contra los patrones y el propio Estado. En 1903 estallaron huelgas masivas en la Rusia del sur. En febrero de 1904, el provocador, junto al cura Gapón, constituirá la Asociación de Trabajadores de Fábricas y Talleres. Es cuando el ministro del Interior del zar plantea la necesidad de “una pequeña guerra victoriosa para parar la revolución”, preámbulo de la guerra con Japón para disputar Corea y Manchuria. La guerra interrumpió las huelgas, pero las derrotas en cadena del ejército ruso frente al japonés las reabrieron, multiplicándolas. En un artículo publicado en el periódico de los bolcheviques Vperiod (Adelante), el primer día de 1905, Lenin fijará una posición que adelanta la del derrotismo revolucionario frente a la guerra. Refiriéndose a la derrota en Port Arthur, dirá: “No es el pueblo ruso, sino el absolutismo, quien ha sufrido una vergonzosa derrota. El pueblo ha salido ganando…” y anunciará la inminente “guerra del pueblo contra el absolutismo”. La guerra imperialista y su cruel descarga contra las masas fue, finalmente, el detonante del levantamiento popular. 
 
Situación revolucionaria
 
El “Domingo sangriento” produjo un enorme abismo político: millones de obreros y campesinos disiparon su confusión política en relación con el zar, adquirieron una primera conciencia política y se convirtieron en protagonistas de una situación revolucionaria, Un reguero de huelgas se extendió a lo largo de toda Rusia, aunque concentradas en tres “capitales” -Petersburgo, Riga y Varsovia. 
 
Frente a la revolución hubo una divisoria entre mencheviques y bolcheviques. Aquellos consideraron que el partido no debía proponerse el objetivo la conquista del poder. El congreso convocado por los bolcheviques ese año emitió una resolución según la cual correspondía “organizar al proletariado para la inmediata lucha contra la autocracia por medio de la insurrección armada” y por la constitución de un gobierno provisional revolucionario.
La Revolución Rusa de 1905 fue un inmenso laboratorio político. 
 
Fue la primera revolución en la historia mundial cuyo instrumento fue la huelga política de masas, con una potencia jamás vista: en un solo mes, enero de 1905, el número de huelguistas llegó a 440.000, más que en toda la década anterior. La clase obrera desplegó su experiencia y el aprendizaje de la propia lucha en una escala creciente. Hubo un entrelazamiento de huelgas políticas y económicas que jugó un papel determinante en la consistencia del movimiento: “Si las amplias masas de explotados no hubieran visto ante sí ejemplos diarios de cómo los obreros asalariados de las diferentes ramas de la industria obligaban a los capitalistas a mejorar de un modo directo e inmediato su situación, no habría sido posible… atraer… a dichas masas al movimiento revolucionario”. La acelerada experiencia política que vivió la clase obrera rusa en ese año crucial fusionó al movimiento obrero con la izquierda revolucionaria (la socialdemocracia pasó de 10.000 en 1903 a 150.000 en 1906) y a los cuadros obreros con los militantes políticos.
 
En abril, en la ciudad “textil” de Ivanovo Voznesensk, los obreros, con el auxilio de bolcheviques y mencheviques, constituyeron el primer consejo obrero -soviet- de la Revolución, que organizó una huelga de 72 horas y pasó a dirigir la ciudad. Los soviets se extendieron al resto de Rusia. Lenin planteó, con dudas -“quizá me equivoco”- la propuesta de que los soviets se declaren gobierno revolucionario provisional de toda Rusia, pero no consideró razonable exigirles que adoptasen el programa del Partido Socialdemócrata ni que los bolcheviques entren en tal gobierno. El Partido debía impulsar una actividad de propaganda y agitación a favor del marxismo dentro del soviet” (ídem anterior). 
 
La huelga general de octubre
 
En agosto, el zar planteó la constitución de una Duma (Parlamento) en base a un número insignificante de electores y con carácter consultivo. La llamada Duma de Bulygin no llegó a ser convocada, fue barrida por la huelga general de octubre, en la que fue determinante la paralización de los trenes y el papel del Soviet de Petersburgo. Este reunió a 226 representantes de 96 fábricas y cinco sindicatos, y nombró un comité de huelga que llamó a elegir delegados en todas las fábricas, a razón de uno cada 500 trabajadores. Los bolcheviques lanzaron las consignas de “Abajo la Duma consultiva”, “Boicot a la Duma”, “Continuidad de la lucha revolucionaria para derrocar al gobierno”, “No es el zar sino un gobierno provisional revolucionario quien debe convocar a la Duma”. 
 
El zar retrocedió emitiendo una nueva ley electoral, que ampliaba el número de electores y reconocía el carácter legislativo de la Duma. 
 
Octubre y diciembre son los meses que marcan el clímax de la revolución. Para una masa creciente de obreros estaba planteado conquistar la jornada de ocho horas por vía revolucionaria. Su grito de guerra en Petersburgo era “Jornada de ocho horas y armas”. Rusia era el escenario de un reguero de levantamientos campesinos, militares, nacionales -Rusia era una nación opresora de casi el 60% de su población- y estudiantiles. 
 
En ese período se conquistó la libertad de prensa, se abrieron las puertas de las universidades y circuló sin trabas la prensa revolucionaria. Una pequeña anécdota ilustra el momento: alumnos polacos quemaron todos los libros rusos y retratos del zar, expulsaron a los maestros y escolares rusos y, en el caso de los secundarios, reclamaron que todas las escuelas pasaran a depender del soviet de diputados obreros, que obreros y estudiantes tuvieran reuniones conjuntas y que los estudiantes pudieran llevar blusas rojas en los liceos como señal de adhesión a la futura república proletaria.
 
La Revolución de 1905 alcanzó su punto culminante con la insurrección obrera en Moscú, que se convirtió en una prueba de fuerza y fue finalmente derrotada, con más de 1.000 muertos. “Al ser aplastada la insurrección de diciembre se inicia el descenso de la revolución” en la que, dirá Lenin: “Faltó la organización de los obreros revolucionarios socialdemócratas que se hallaban bajo las armas; no supieron tomar la dirección en sus manos, ponerse a la cabeza del ejército revolucionario y pasar a la ofensiva contra el poder gubernamental” (ídem anterior). Pesaron, además, los límites de la intervención campesina. La revolución proletaria fue derrotada -dirá Trotsky- “por las bayonetas del ejército campesino”. 
 
Las tres concepciones
 
La experiencia de 1905 reabrió el debate sobre el propósito, la naturaleza, las tareas objetivas y el sujeto de la revolución. 
 
Dos cuestiones habían quedado rotundamente en claro. Una, que la fuerza motriz de la revolución estaba en la clase obrera y sólo de modo intermitente en los campesinos (que también eran la base social del ejército). Dos, que el fracaso de sus logros provisionales -la Duma, la formación de partidos políticos, el reconocimiento de hecho de los sindicatos- se debía a la incapacidad de la burguesía, impotente no sólo para hacer la revolución sino para conservar los frutos de una revolución hecha por otros. 
 
De aquí surgían un conjunto de preguntas: ¿cómo resolver el vacío creado por la incapacidad de la burguesía, lo que determinaba, a la luz de los hechos, que la Revolución Rusa no iba a ser una repetición de las revoluciones burguesas de la Europa occidental, concebidas bajo la dirección de la burguesía liberal?, ¿cuál era el nuevo sujeto de la revolución, a la luz de esta constatación histórica?, ¿cuál era la relación entre su contenido social, democrático burgués si se considera que sus objetivos inmediatos eran la república democrática, la jornada de 8 horas y la confiscación de los latifundios -llevada a cabo por la revolución burguesa de Francia entre 1792 y 1793- o proletaria, según su protagonista y sus medios de lucha? 
 
Allí se planteó la colisión teórica entre la concepción de la Revolución Rusa como repetición de las revoluciones burguesas de Europa (mencheviques, Plejánov), la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” para hacerse cargo de las tareas democráticas hasta el final (Lenin) y la “dictadura del proletariado apoyada en el campesinado” para consumar la revolución democrática que, una vez en el poder, estaría obligada a introducir medidas socialistas dando impulso a la revolución socialista mundial, única garantía de victoria completa para el socialismo. Una batalla teórica que continúa al día de hoy y que está concentrada en el texto de Trotsky “Tres concepciones sobre la Revolución Rusa”, escrita en 1939 como capítulo del libro sobre Stalin, que Trotsky jamás podría completar. 
 
1905 y su balance
 
El lugar histórico de 1905 fue presentado por Trotsky en 1939 de este modo: “La revolución de 1905 no fue solamente el ensayo general de 1917 sino que fue también el laboratorio en el cual se constituyeron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso y se formaron y dibujaron todas las tendencias y matices al interior del marxismo ruso. En el centro de las disputas estaba... la cuestión del carácter histórico de la Revolución Rusa y de las vías ulteriores de su desarrollo” (ídem anterior). 
 
Sin duda que la cuestión central que planteó 1905 fue la de la naturaleza de la revolución y, por la misma razón, su fuerza motriz.
 
Había un acuerdo general en la II Internacional y en los pensadores marxistas, incluidos los rusos, de que la revolución en un país atrasado como Rusia iba a ser burguesa y que su conquista política era una república democrática, que iba a ser el escenario de una prolongada lucha de clases nacional e internacional.
 
Este acuerdo general ocultaba una divergencia profunda sobre la intervención de la clase obrera y los socialistas, su actitud ante la burguesía, las consignas democráticas y el rol del campesinado. La versión conservadora, identificada con Pléjanov y compartida por muchos mencheviques, era que la clase obrera tenía que cederle toda la iniciativa a la burguesía, no hacer nada que pudiera atemorizarla, plantear un programa agrario lo más conciliador posible y no rebelarse con sus propios métodos contra el atraso.
 
En su curso, la revolución de 1905 mostró que el comportamiento de la burguesía no se correspondía de ninguna manera con este esquema, pues no estaba dispuesta a ninguna lucha efectiva contra el régimen político y el atraso ni por la movilización del campesinado. Sin embargo, contradictoriamente, las concesiones del zarismo durante 1905 fueron hechas ante la movilización de la clase obrera, las huelgas, la huelga política de masas, la formación de los soviets.
 
La primera revolución del siglo XX, que se producía en un país atrasado, no iba a repetir el esquema de la gran revolución francesa.
 
Lenin y los bolcheviques extraían política y prácticamente conclusiones muy diferentes a partir de la caracterización de la revolución como burguesa. El proletariado, lejos de someterse al programa y la dominación política de la burguesía, debía llevar adelante una lucha democrática consecuente y sobre todo movilizar en forma revolucionaria a los campesinos. La burguesía, en cambio, conciliaba y claudicaba. Por lo tanto, la lucha contra el absolutismo y el atraso tenía que imponer un régimen político democrático bajo la forma de una “dictadura revolucionaria de obreros y campesinos”, que iba a imponer un sendero democrático en el campo. 
 
Los acontecimientos de 1905 confirmaron la cobardía de la burguesía y su oposición a llevar adelante toda movilización contra el régimen absolutista.
 
En cambio, dieron lugar a una novedad: la irrupción de la clase obrera en un país atrasado con sus propios métodos y reivindicaciones, la huelga general. En octubre de 1905 se formó el Soviet de San Petersburgo y se asistió a la paradoja notable de que la primera institución democrática en Rusia fue una organización insurreccional de la clase obrera.
 
Lo que cambió
 
La irrupción del proletariado fue el cambio radical de la revolución de 1905. El dirigente del POSDR que juega el rol más destacado es Trotsky, que termina por presidir y dirigir aquel soviet. En 1906, en la cárcel, escribe su balance de la revolución, un ensayo de cien páginas titulado Resultados y perspectivas. La policía secuestró la edición y la circulación fue restringida. Llegó a pocos militantes y Trotsky afirmó que Lenin no conoció el texto en ese momento.
Se trató de la primera formulación precisa de la revolución permanente. ¿Por qué la clase obrera rusa había jugado un rol revolucionario que casi nadie predecía y cuáles eran las consecuencias sobre el desarrollo de la revolución en Rusia y en Europa? El rasgo fundamental del desarrollo económico y social en Rusia era el atraso. El Estado y el capital extranjero habían tenido un rol preponderante en el crecimiento de la industria; la burguesía era una clase débil y el campo estaba dominado por la gran propiedad y la dispersión de los campesinos. La clase obrera, en cambio, estaba fuertemente concentrada en grandes fábricas y jugó un rol central en las ciudades.
 
Trotsky extrajo las consecuencias políticas de este análisis concreto de la sociedad rusa y del comportamiento de sus clases sociales. Planteó que la clase obrera iba a ser la clase dominante de la revolución. Tenía que dirigir la revolución burguesa y luchar por el poder, con el apoyo de la masa campesina. Una vez en el poder, no se limitaría a las tareas democráticas, comenzaría también a avanzar en las tareas de expropiación de los capitalistas, de organización de la producción -es decir, transformaciones socialistas. El ritmo de avance dependería, a su vez, del curso de la revolución en los países avanzados de Europa; la revolución debía considerarse permanente en sus tareas y en su carácter internacional.
 
Trotsky rompió así con la concepción estrecha y conservadora de la II Internacional. Para sus dirigentes, la revolución debía ser el fruto maduro del desarrollo capitalista y sus crisis, así como del crecimiento de la clase obrera y sus organizaciones. El revolucionario ruso ubicó el resorte de la revolución en el desarrollo revolucionario de la clase obrera y no en el crecimiento del capitalismo; en la movilización revolucionaria y no en la rutina de las relaciones entre sindicatos y patrones. La experiencia de 1905, las huelgas contra el zarismo y los soviets fueron el terreno fértil que le permitió pasar de un análisis agudo de la sociedad rusa a la formulación de un programa revolucionario.
 
Corresponde agregar que la otra figura dirigente que extrajo lecciones de 1905 fue Rosa Luxemburgo. Formuló entonces su llamado a la huelga política de masas, para enfrentar al reformismo y el conservadorismo de las direcciones sindicales y de la socialdemocracia alemana.
 
El reagrupamiento del ala revolucionaria de la socialdemocracia se produjo recién casi diez años después, luego de la bancarrota de la II Internacional en 1914.
 
La cuestión del partido
 
El folleto “Resultados y perspectivas -balance de la Revolución de 1905-” fue publicado nuevamente en 1919, con un prólogo de Trotsky. En este texto analizó su lugar en relación a bolcheviques y mencheviques, una cita larga pero necesaria: “El autor ha defendido, durante una década y media, el punto de vista de la revolución permanente, pero al evaluar las fracciones en lucha mutua dentro de la socialdemocracia cometió un error. Como entonces, ambas partían de las perspectivas de una revolución burguesa, el autor creía que las divergencias de opiniones no eran tan profundas como para justificar una escisión. Al mismo tiempo, esperaba que el transcurso posterior de los acontecimientos demostraría claramente a todos, por un lado, la falta de fuerzas y la impotencia de la democracia burguesa rusa, y por otro, el hecho de que al proletariado le sería objetivamente imposible mantenerse en el poder dentro del marco de un programa democrático; y que, en suma, ello haría desaparecer el terreno de las divergencias de opinión entre las fracciones. Sin pertenecer a ninguna de las dos fracciones durante la emigración, el autor subestimaba el hecho cardinal de que en las divergencias de opiniones entre los bolcheviques y los mencheviques figuraban, de hecho, un grupo de revolucionarios inflexibles, por un lado, y por el otro, una agrupación de elementos cada vez más disgregados por el oportunismo y la falta de principios”. 
 
Estas divergencias se manifestaron claramente durante 1905. Luego de la escisión de 1903, los bolcheviques organizaron en Londres su propio congreso, conocido como Tercer Congreso del POSDR, en abril y mayo de 1905. Sin embargo, en Rusia el movimiento de los militantes y comités bolcheviques y mencheviques tendió a la unidad. Lenin escribió al respecto hacia fines de 1905: “Las disputas anteriores del período prerrevolucionario fueron reemplazadas por la solidaridad en las cuestiones prácticas”. Más aún, la conferencia bolchevique de Tammerfors (Finlandia) de diciembre de 1905, aprobó la conformación de un Comité Central unitario de las dos fracciones para organizar un congreso conjunto. El congreso tuvo lugar en Estocolmo en abril de 1906. Las idas y vueltas en torno de la unidad se mantuvieron muy conflictivamente entre 1906 y 1911.
 
El primer impulso que provocó la revolución de 1905 fue hacia la unidad de las dos fracciones del partido, a pesar de sus divergencias políticas y organizativas. Cabe recordar que muchos militantes mencheviques fueron más activos que los bolcheviques en los soviets. Comités bolcheviques desconfiaban de los soviets y exigían que la nueva organización reconociera el rol dirigente del partido.
 
En 1917, el movimiento hacia la unidad de bolcheviques y mencheviques se reprodujo en círculos dirigentes del bolchevismo. Pero el laboratorio de 1905 no había pasado en vano. 
 
Los bolcheviques y la Primera Guerra Mundial
 
Lenin se enteró que el 4 de agosto de 1914 el grupo parlamentario socialdemócrata alemán había votado el presupuesto de guerra. Estupefacto, creyó por un momento que la edición del periódico del PSD alemán que lo anunciaba -Vorwärts (Adelante)- había sido falsificada por el Estado Mayor alemán, pero debió rendirse ante la evidencia. El partido que era referencia de la socialdemocracia europea participaba de la unión sagrada de la burguesía alemana para la guerra. 
 
Es difícil apreciar hoy la conmoción política que la bancarrota del PSD y de la II Internacional significó para los trabajadores de la época. El movimiento obrero en Europa (y en Rusia) identificaba el socialismo y su lucha por la emancipación con la II Internacional. El centro del movimiento obrero moderno por su conciencia de clase y su extraordinaria organización, era Alemania. En las vísperas de la guerra tenía un millón de miembros, más de 40 diarios, una centena de publicaciones, una universidad obrera, bibliotecas, sindicatos con ocho millones de trabajadores, cuatro millones de votos (34% del electorado). 
 
La enorme presión del imperialismo llevó a la guerra no sólo a la nave insignia de la socialdemocracia. Todos los partidos socialistas de los países beligerantes, salvo el italiano, el serbio y el ruso, se alinearon en la unión nacional con sus burguesías (la mayoría de los mencheviques rusos se hizo social patriota, Pléjanov, entre ellos). 
 
La primera reacción provino del PSD Alemán: Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron detenidos por su agitación contra la guerra. Liebknecht, en agosto, votó en el grupo parlamentario del PSD contra los créditos de guerra, junto a otros 13, pero finalmente aceptó someterse a la disciplina partidaria. Rosa Luxemburgo y una fracción del PSD criticaron este sometimiento. En diciembre de 1914, Liebknecht votará en contra y hará famosa una consigna: “El enemigo principal está en nuestro propio país”. 
 
En septiembre, apenas instalado en Berna, Lenin se empeñó en definir una posición sobre la guerra y agrupar a los escasos militantes opuestos a ella. Contaba con una herramienta poderosa, aún en la adversidad: el Partido Bolchevique. Constituido en partido independiente en 1912, era un colectivo militante que pasó la prueba inicial de la guerra: los diputados bolcheviques habían votado contra el presupuesto de guerra, lo que les valió el destierro a Siberia. En septiembre de 1914, Lenin, en nombre del CC en el exilio, definió la política de los bolcheviques, que pasará a llamarse “derrotismo revolucionario”. Definió al gobierno de cada país como el enemigo de su propio pueblo y planteó la necesidad de crear una nueva Internacional y transformar la guerra en guerra civil. 
 
Zimmerwald
 
Convocados por sectores del Partido Socialista italiano y suizo los llamados internacionalistas se reunieron en setiembre de 1915 en la Conferencia de Zimmerwald (Suiza).
 
La minoritaria ala izquierda, liderada por los bolcheviques, llamó al derrotismo revolucionario, a denunciar a los socialpatriotas, a delimitarse de los centristas que los criticaban pero convivían en el mismo partido y a romper con la Segunda Internacional. El Manifiesto de la Conferencia, elaborado por el sector mayoritario y redactado por Trotsky, criticaba a la derecha socialpatriota, pero no al centro socialista dirigido por Kautsky ni llamaba a romper con la Internacional en bancarrota y construir la III. Rechazaba el derrotismo revolucionario y abogaba por una “paz sin anexiones ni indemnizaciones”. Lenin lo consideró “contradictorio y timorato”, pero llamó a votarlo por ser un paso adelante y constituyó de inmediato la “izquierda de Zimmerwald” que publicó la resolución votada y la crítica a sus limitaciones. 
 
En 1919, Trotsky reeditará sus artículos de la época de la guerra. En el prólogo enumerará sus tres desacuerdos de entonces con Lenin: ‘el derrotismo… el combate por la paz -al que Lenin oponía la guerra civil -y el carácter de la revolución que crecía en Rusia’ que Lenin concebía como sólo democrática. Trostky olvida un cuarto punto, fundamental, la disyuntiva entre la unidad, entonces deseada por él, de todas las corrientes hostiles a la guerra; o la ruptura, reclamada por Lenin, con el centro pacifista de Kaustky-Longet que invitaba a los gobiernos a hacer la paz en vez de movilizar al pueblo contra ellos para derribarlos”. 
 
La negativa de los zimmerwaldistas a romper con las ruinas de la II Internacional llevará a Lenin a concluir que ni esta conferencia ni la posterior de Kienthal fueron la simiente de la III Internacional. 
 
¿Por qué la catástrofe de la Gran Guerra?
 
La Gran Guerra (como se llamó originariamente a la Primera Guerra Mundial) fue la expresión inequívoca de que el capitalismo había llegado a su etapa de decadencia.
 
El pasaje a la fase imperialista, con el predominio del capital financiero, su entrelazamiento con los Estados y la finalización del reparto del mundo entre las grandes potencias, prepararon las condiciones de una guerra total.
El crecimiento de la industria alemana y su penetración en todos los mercados amenazaba con destronar el liderazgo británico en el mercado mundial y esto empujaba al capital inglés a la confrontación. Alemania, por su parte, llegada tarde a la ocupación de colonias, pugnaba por un nuevo reparto del mundo.
 
Ambas potencias (Inglaterra y Alemania) se encaminaban a la carnicería anticipando que ésta sería una guerra distinta a las anteriores, donde no sólo se pondría en juego la potencia militar e industrial de cada una sino la cohesión de su frente interno. Durante toda la contienda, los gabinetes y estados mayores siguieron la evolución de la tensión social al interior de cada uno de los Estados en guerra. 
 
Los círculos dirigentes ingleses comenzaron desde principios del siglo XX una sistemática política de preparación de la guerra total en tres planos. El reforzamiento de su poderío naval, un reordenamiento de todas sus alianzas y una política dedicada a prevenir su frente interno. En relación con sus alianzas, cesaron (concesiones mediantes) los enfrentamientos con Francia por los repartos coloniales en Asia y Africa hasta conformar la Entente en 1904, a la cual sumaron a Rusia en 1907 (reparto de Persia mediante). En el frente interno atemperaron ciertas presiones coloniales, llevaron adelante una limitada reforma agraria en Irlanda, indemnizando generosamente a los terratenientes y establecieron concesiones al movimiento obrero (seguro al desocupado, prestaciones a la vejez y pagos por enfermedad y ampliación de los derechos de los sindicatos). “El peligro potencial de estas cuestiones (colonial, Irlanda y la cuestión obrera) había resultado algo disminuido, su filo revolucionario parcialmente mellado y embotado temporariamente. Desde este punto de vista (los gabinetes conservadores y liberales desde 1905 a 1914), hicieron mucho para dar a la diplomacia inglesa la posibilidad de enfrentar la tormenta del año 1914, sin temer alguna explosión más o menos poderosa en el interior del país”. 
 
Alemania, por su parte, preparó sus propias alianzas, con Austria e Italia primero, con Turquía después. Y también operó en su frente interno. El impetuoso crecimiento de su industria le dio una creciente importancia a los sindicatos alemanes cuyos afiliados pasaron de 260 mil en 1895 a 2,25 millones en 1912. Las cúpulas sindicales se vincularon con el ala derecha del Partido Socialdemócrata (revisionista) que fue adquiriendo mayor presencia en las cúpulas partidarias y en las bancadas parlamentarias. Un mayoritario centro declamaba contra el militarismo y sólo un ala izquierda minoritaria mantenía fidelidad a los principios marxistas.
 
La guerra y la revolución
 
La guerra sirvió a la autocracia para bloquear las tendencias del movimiento obrero y popular que, desde 1912, protagonizaba un ascenso de características revolucionarias. Es decir, la autocracia rusa buscó la guerra para escapar de esta situación. Procuró desviarlo por medio de una campaña chauvinista.
 
Dos años después, la oposición a la guerra había crecido de un modo notorio en todos los países beligerantes. Las derrotas, la pérdida de millones de vidas, la hambruna, la desorganización económica, fueron creando las condiciones para la revolución de 1917. La preparación política determinante fue, sin embargo, la adopción del derrotismo revolucionario, que armó a los bolcheviques para orientar la lucha contra el régimen zarista, sin el freno de social patriotas ni centristas.
 
Un pronóstico revelador
 
Durnovo, un destacado dirigente del ala de extrema derecha, ex ministro del Interior del gabinete de Witte (1905-1906), elevó un memorial al zar Nicolás II en febrero de 1914, seis meses antes del estallido de la guerra. 
Para el ex funcionario, Rusia no debía en ningún caso tomar parte activa en ese choque. “El peso principal de la guerra, sin duda alguna, recaerá sobre nuestras espaldas… Rusia está demasiado falta de preparación… insuficientes los materiales en reserva, débil la industria, en pésimo estado las instalaciones y equipos ferroviarios, escasa la artillería y las ametralladoras”.
 
“Rusia ofrece un terreno especialmente favorable para las conmociones revolucionarias… el hombre simple de pueblo, el campesino y el obrero, no busca derechos políticos, no le son necesarios ni comprensibles. El campesino sueña con recibir gratuitamente la tierra ajena, el obrero quiere apoderarse de todo el capital… Y basta difundir ampliamente estas consignas… y Rusia será inevitablemente precipitada a los brazos de la anarquía... todo nuevo movimiento revolucionario degenerará inevitablemente en un movimiento socialista”. 
 
El viejo funcionario ruso no fue escuchado. La ilusión del zarismo de frenar la revolución a través de la fiebre social patriótica pudo más. 
 
La Revolución de Febrero
 
La Revolución de Febrero fue un fruto maduro y una sorpresa. Un mes antes, en su exilio suizo, Lenin dio una conferencia sobre la Revolución de 1905 ante jóvenes socialistas y afirmó, como conclusión: “Nosotros, los viejos, no veremos quizá las luchas decisivas de la revolución inminente. Pero creo poder expresar con mucha seguridad la esperanza que los jóvenes, que militan tan admirablemente en el movimiento socialista suizo y del mundo entero, tendrán la felicidad no solamente de combatir por la revolución proletaria de mañana, sino también de triunfar” (Carta de adiós a los obreros suizos).
 
Un mes después, caía el zarismo, el régimen más odiado de Europa, que Marx consideraba la columna vertebral de la contrarrevolución, y se abría un período revolucionario mundial. El zarismo cayó en cinco días y la onda expansiva que provocó este derrumbe nos sigue conmoviendo.
 
El estallido de la revolución
 
La revolución comenzó el 23 de febrero (calendario juliano), Día Internacional de la Mujer (8 de marzo, según el gregoriano). Según relató Trotsky, ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día, lo que incluía a su organización -el Comité Interdistrital- y a los bolcheviques. Pero dando la espalda a esta orientación hubo un llamado de parte de las obreras textiles, que enviaron delegadas a los metalúrgicos. La huelga se expandió. Las colas de las mujeres en las panaderías le dieron el empujón necesario para ganar a toda la ciudad. La población se lanzó a las calles contra el zarismo y su política. La huelga se transformó en un levantamiento de masas contra el régimen. Los regimientos acampados en la ciudad adhirieron al levantamiento, en lugar de reprimirlo. Cinco días después el zarismo no existía más.
 
¿Quien dirigió la Revolución de Febrero? Después de relatar el curso del levantamiento, Trotsky concluyó: “Es evidente que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias... esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil”. Sobre la relación entre las masas y sus organizaciones agregó: “A principios de 1917, las organizaciones clandestinas no se habían rehecho aún del estado de abatimiento y de disgregación, mientras que en las masas el contagio patriótico había sido ya suplantado radicalmente por la indignación revolucionaria”.
 
Febrero fue sorpresivo y espontáneo y por lo mismo, el resultado de un largo proceso histórico. En el primer texto exhaustivo que escribió Lenin sobre la revolución (Primera Carta desde lejos, redactada el 7 de marzo) señaló que la revolución fue posible gracias a tres condiciones: las batallas de clase que el proletariado ruso libró entre 1905 y 1907; la contrarrevolución de 1907-1914, que pudrió hasta la médula la monarquía zarista y las clases propietarias, y la guerra imperialista mundial, un escenario en el que se agudizaron todas las contradicciones. “Era natural que la crisis revolucionaria estallara en primer lugar en la Rusia zarista, donde la desorganización era en extremo aterradora y el proletariado en extremo revolucionario (no en virtud de las cualidades especiales, sino debido a las tradiciones, aún vivas, de 1905)”.
 
Una revolución que prepara la revolución
 
Febrero creó una dualidad de poder. Los soviets reaparecieron. ¿Qué era el soviet?: “El soviet de diputados obreros, organización de los obreros, embrión del gobierno obrero, representante de los intereses del conjunto de las masas pobres, es decir, de las nueve décimas de la población, lucha por la paz, el pan, la libertad”.
 
No obstante, en febrero, el llamado Comité Ejecutivo de los Soviets y el primer soviet de San Petersburgo se arrogó la etiqueta soviética más por la herencia de 1905 que por ser una creación de las masas. El CE estaba decidido a coronar al Gobierno Provisorio y la primera asamblea del soviet fue caótica y desordenada. Es el desarrollo inmediato posterior del movimiento de masas el que da lugar a la generalización de soviets de soldados y obreros y a su mutación acelerada en organismos de lucha.
 
La gran paradoja de febrero es que las masas derribaron al zarismo y el poder terminó en manos de la burguesía liberal. Un grupo de diputados de la Duma (el parlamento espurio convocado por el zar) constituyó un Comité gubernamental provisorio. El CE de los soviets le encargó la tarea de terminar con la guerra y asegurar las libertades democráticas, a la espera de la convocatoria de una futura Asamblea Constituyente. Pero los soviets no se disolvieron: se extendieron en días y semanas y el doble poder fue tomando forma.
 
Los soviets serán el motor de la revolución, a condición de dotarse de un programa que satisfaga las reivindicaciones populares y aspirar al poder. Hasta el otoño estuvieron dominados por los mencheviques y los socialistas revolucionarios. Se subordinaron al poder burgués y no se movilizaron por la paz y las reivindicaciones obreras. Los bolcheviques, inicialmente una minoría, crecieron con su oposición a la política conciliadora de la mayoría y gracias a las movilizaciones por las reivindicaciones.
 
El rol que estaban llamados a jugar los soviets requería de “más partido revolucionario”, insistirá Lenin, y no de una apología a la organización de masas. En el soviet se enfrentaron todas las tendencias del movimiento obrero. La experiencia de Febrero y los meses iniciales revelaron que los soviets podían ser parte de la subordinación al poder burgués. La experiencia de lucha de las masas expresada en programa político gracias a la intervención del partido; sin embargo, podía cambiar el rol de los soviets y hacerles jugar efectivamente su papel de organismos de doble poder.
 
Las primeras semanas y meses posteriores a Febrero estuvieron: marcados por la necesidad de que el partido se delimitara y diferenciara de las tendencias conciliadoras y de apoyo y adaptación al gobierno burgués: la caracterización del carácter de clase de este gobierno por los bolcheviques se convirtió en una viga maestra de su política.
 
El desarrollo del Partido Bolchevique
 
San Petersburgo era el centro político, militar y social de Rusia. En 1917 registraba 390.000 obreros de fábrica, con una gran concentración y un tercio de mujeres. La guarnición reunía de 200 a 300.000 soldados (con una abrumadora mayoría de campesinos) y la de Kronstadt, 30.000 marinos y soldados. Esta masa fue el terreno fértil del trabajo militante de los bolcheviques y de extensión de los soviets.
 
San Petersburgo era, a su vez, el cuartel general nacional del partido. En provincias, muchos comités eran unitarios entre bolcheviques y mencheviques, en la capital, el panorama era distinto. En vísperas de 1914, los bolcheviques habían conseguido superar a los mencheviques gracias a su energía, pero retrocedieron después por la partida de obreros calificados al frente y por la represión. Luego de Febrero, el partido hizo un esfuerzo por ampliar su inserción entre los obreros y los soldados con los comités de barrio, los soviets de distrito, el movimiento sindical, los comités de fábrica y otras organizaciones de masas sin partido. En febrero, los bolcheviques habían llegado a ser aproximadamente 2.000, en abril eran 16.000 y a fines de junio habían llegado a 32.000.
 
Lenin volvió rápidamente a San Petersburgo. Quería evitar el error de llegar tarde, como en 1905, por lo que tuvo que negociar con el Estado Mayor alemán, con el riesgo de la calumnia (que se desataría en julio) y se encontró con una situación que no había previsto; sus planteos eran minoritarios en la dirección de los organismos del partido y la influencia del partido en el movimiento obrero no era determinante.
 
Llegó el 3 de abril a Rusia y fue recibido a los sones de “La Marsellesa” por Tchkéidze, el presidente del soviet con un discurso soporífico. Lenin contestó con una arenga y un “Viva la revolución socialista mundial”.
 
En la recepción no se cantó “La Internacional”. A la noche, en reunión con la delegación bolchevique en el soviet, reiteró su programa de enfrentamiento con el gobierno, por una nueva mayoría en los soviets y un gobierno obrero, pero fue fríamente recibido. Propuso que el partido cambiara de nombre y pasara a llamarse Partido Comunista. No tuvo ningún apoyo.
 
La batalla escrita había comenzado con las Cartas desde Lejos, enviadas desde Zurich, y que se sitúan claramente en el cuadro de la Revolución Permanente. Los redactores en jefe de la Pravda, el órgano bolchevique en Petrogrado, eran Stalin y Kamenev, y las proposiciones de las Cartas desde lejos les resultaban inaceptables. Censuraron los textos de Lenin. Publicaron la primera carta recortada y mandaron a los archivos las otras tres, que terminarán siendo publicadas sólo en 1924. La quinta quedó inconclusa. Se pronunciaron el 1° de abril por la fusión con los mencheviques y el apoyo al Gobierno Provisional; según la dirección bolchevique la función del soviet era controlar al gobierno y no preparar su caída.
 
El 7 de abril Lenin publicó en Pravda su documento “Las Tesis de Abril”. Preparó al partido para un viraje profundo que iba a cambiar el curso de la revolución.
 
El itinerario de Trotsky era diferente. En febrero se encontraba en Nueva York, una nueva etapa de su exilio. Desarrolló allí junto a los jóvenes socialistas una campaña contra la entrada de Estados Unidos en la guerra. Publicó en Novy Mir (periódico editado por Bujarin y Kollontai) sus reacciones ante la revolución, se trataba, planteó, del primer acto de la revolución europea y alemana “la lucha de la socialdemocracia rusa por la paz está dirigida contra la burguesía liberal y su poder”. Retomaba el programa de la Revolución Permanente. Confluía con las Tesis de Abril. 
 
¡Vamos por las 8 horas y el control obrero!
 
El 27 de febrero de 1917, luego del triunfo de la insurrección, se constituyó, en San Petersburgo, el Soviet de Diputados Obreros y Soldados, con delegados electos hasta ese momento en las fábricas y los cuarteles más dos delegados por cada partido socialista. Desde el momento que el movimiento de lucha adquirió cierta amplitud, la clase obrera rusa tendió a la formación de los soviets, retomando el punto más alto de la revolución de 1905. Existió, sin embargo, una diferencia apreciable que revela que la Revolución Rusa tuvo como factor esencial la crisis mundial y su expresión trágica -la Gran Guerra. En los soviets del ’17 fueron protagonistas los soldados campesinos que habían disparado contra los huelguistas en 1905 y aquí se alinearon en el campo de la revolución.
 
Días después, el 2 de marzo se constituyó un Gobierno Provisional, presidido por el príncipe Lvov, gran latifundista y partidario de una monarquía constitucional y que tuvo el apoyo inmediato de la Iglesia Ortodoxa, la burguesía y la nobleza.
 
Lenin llamará a “corregir las viejas fórmulas del bolchevismo, pues si bien… estas fórmulas eran… acertadas, su realización concreta resultó ser diferente. Nadie pensaba ni podía pensar antes en la dualidad de poder”. Precisará sobre el carácter político del poder concentrado en los soviets: “Es una dictadura revolucionaria… un poder que se apoya directamente en la conquista del mismo por la vía revolucionaria, en la iniciativa directa de la masas del pueblo desde abajo y no en la ley promulgada por el poder centralizado del Estado”. Advierte que no se medita lo suficiente sobre este hecho siendo que es “la esencia del problema. Este poder es un poder del mismo tipo que la Comuna de París de 1871”. “En la medida en que -subrayará Lenin- ejerza ese poder. Porque ese poder, a minutos de haber nacido, pactó con el Gobierno Provisional y abandonó posiciones a manos de la burguesía”. 
 
Paradoja
 
Casi al mismo tiempo de la instalación del Gobierno Provisional, el Soviet de San Petersburgo condenó la agitación que exigía toda la tierra para los campesinos. Desde el momento que la revolución democrática debía tener por único propósito liquidar los vestigios del feudalismo en Rusia para abonar un desarrollo acabado del capitalismo, no sería necesario tocar la propiedad privada. El poder debía ser puesto en manos de la burguesía y a esta política se aferraron los partidos mayoritarios en el soviet (mencheviques y socialistas revolucionarios). 
 
Esta es la paradoja que nació en Febrero. De un lado, las masas irrumpían en los soviets como la puerta obligada de la revolución, al punto que el 9 de marzo, “el Gobierno Provisional no existe más que en la medida que lo permite el soviet”(24). Del otro, el gobierno de la burguesía, para el que, una vez derribada la monarquía, la revolución burguesa apenas iniciada había terminado y todos los problemas debían ser zanjados por una lejana Constituyente. En marzo, Kerensky, próximo a los social-revolucionarios y miembro del soviet, otorgó al gobierno el aval público del soviet, declarando que su única función era controlarlo.
 
Para los trabajadores, los objetivos políticos de conjunto planteados a la Revolución de Febrero -república democrática, oposición a la guerra y paz sin anexiones, reforma agraria- debían ser encadenados al conjunto de reclamos planteados en las fábricas, contra el despotismo atroz de las patronales y el zarismo. Allí estaban las ocho horas, un salario “propio de un ciudadano libre” y un régimen “constitucional” en las fábricas. En palabras de un delegado soviético: “Los trabajadores no pueden ganar la libertad y no usarla para sacarse las cargas de su trabajo, para luchar contra el capital”. La expresión que llama a imponer el “régimen constitucional” en las fábricas resume este afán y esta lucha, que encarna la disputa obrera por el dominio del lugar de trabajo frente al despotismo del régimen.
 
El Soviet de San Petersburgo llamó a retornar al trabajo el 7 de marzo sin la promulgación legislativa de las 8 horas de jornada. Por esta razón, la gran mayoría de trabajadores desoyó el llamado del soviet. Las asambleas votaron finalizar las huelgas sólo luego de haberse implantado las 8 horas. Sólo 28 fábricas de las 111 sobre las cuales tenía información la cámara patronal de Petersburgo habían retornado al trabajo el 7 de marzo y la mayoría fue introduciendo la jornada de ocho horas “sin permiso preliminar”. 
 
Después de la caída del zar, los trabajadores retornaron a una gran mayoría de plantas sólo para formular sus reclamos y quedar a la espera de que éstos se cumpliesen. Se plantearon reclamos ante los directores y ante el soviet, como el de un salario mínimo. Una parte de esta rabiosa revolución en las fábricas fue la purga de los administradores y capataces. Con una importante advertencia. No todos ellos fueron expulsados o castigados por conductas violentas o denigrantes para con los trabajadores. Luego de una inicial explosión violenta, el desplazamiento de administradores se fue produciendo en base a un protocolo no escrito en el que aparecieron otras razones para la baja. Desde ya que pesó de entrada si el administrador había sido un instrumento de la autocracia o había actuado de modo despótico frente a los trabajadores, pero luego se consideró también si ese personaje estaba calificado para manejar el puesto que detentaba, desde el punto de vista económico y técnico. Un cambio en la conciencia atribuible a la propia revolución en curso.
 
Comités de fábrica
 
En una vasta cantidad de empresas, como expresión de este proceso, se eligieron comités de fábrica, cuya función era representar a los trabajadores frente a las administraciones patronales y otros organismos externos. Los trabajadores, por breves períodos, habían logrado imponer estos organismos durante 1905 y el ascenso de 1912-14. La iniciativa expresaba una tendencia a manejar el orden interno en la fábrica. David Mandel, un investigador del período, aportó el ejemplo del comité de fábrica de Radiotelegraph Factory, sólo uno entre tantos, que logró hacerse cargo de tareas tan vastas como la determinación de la jornada de trabajo, el salario mínimo, el servicio médico, los contratos y los despidos, la disciplina laboral y la comida, entre otras. 
 
Estas actividades no llegaron al punto de cambiar el manejo de la administración capitalista en el manejo técnico y económico, pero dieron vuelta el régimen despótico y de feroz explotación del período prerrevolucionario.
El cuadro fue distinto en las empresas del Estado, en la que los trabajadores asumieron en muchos casos tareas de administración, frente a la deserción o expulsión de funcionarios del viejo régimen caído. Existió, luego de la Revolución de Febrero, la conciencia de que con la revolución democrática esas empresas pasaban al dominio del pueblo. Si el Estado se había democratizado, todas las empresas y fábricas pertenecientes a este Estado y debían ser parte de un mismo proceso. 
 
El movimiento por el control de las empresas privadas surgiría desde abajo y con mayor profundidad cuando la amenaza a la continuidad de las fábricas fuese ostensible. Frente a una serie de reclamos de los comités de fábrica sobre la necesidad del control obrero, el comité de Petersburgo del Partido Bolchevique decidió recién en mayo, recomendar a los trabajadores la creación de comisiones de control en las empresas.
 
Frente a la paradoja de la Revolución de Febrero la acción de los trabajadores irrumpió frente a la parálisis del Gobierno Provisional y del propio soviet, colocándose a la izquierda de ambos. Fue el movimiento anticipatorio del viraje revolucionario que se operaría en abril. Además, en el mismo momento en que los obreros reprimían y echaban a los capataces y tenían el ojo puesto en el director liberal, los campesinos ocupaban tierras y abandonaban las aldeas con destino a Petersburgo, los soldados (campesinos) ingresaban a los soviets. Una situación inmensamente revolucionaria y un partido, el bolchevique, que había estado a la rastra de los acontecimientos por la política de Stalin Kámenev de apoyo al Gobierno Provisional. Lenin, apenas desembarcado en Rusia, se interrogaba: ¿se debe derrocar ya al Gobierno Provisional? Y se respondía: “No se lo puede derribar inmediatamente, pues se sostiene gracias a un pacto directo e indirecto, formal y efectivo con los soviets de diputados obreros y, sobre todo, con el principal de ellos, el Soviet de Petersburgo… el único gobierno (nuestro) posible, que expresa directamente la conciencia y la voluntad de la mayoría de obreros y campesinos”. Para convertirse en poder los obreros conscientes estaban obligados a ganarse a la mayoría, porque como marxistas, los bolcheviques eran enemigos de la toma del poder por una minoría. 
 
Estamos en las vísperas de las Jornadas de Abril en las que, por primera vez, se expresará en el terreno práctico la lucha entre los soviets y el gobierno capitalista.
 
Las Tesis de Abril
 
“Apenas instalados en el tren, Lenin increpa secamente a Kámenev: “¿Qué cosas escribís en Pravda? Hemos visto algunos números y os hemos maldecido no poco”. Según Shliápnikov, que es quien lo narra… con su voz paternal y gruñona, de la que nadie podía ofenderse”.
 
En los primeros meses posteriores a la Revolución de Febrero de 1917, el Partido Bolchevique atravesaba un período crítico. Lenin y una masa importante de militantes en el extranjero, un país insurreccionado y una pequeña burguesía que había levantado la cabeza luego de la liquidación del zar y de la formación del Gobierno Provisional, de un lado, y de la instauración de los soviets obreros, por el otro. La pequeña burguesía apoyaba fervorosamente al Gobierno Provisional liberal burgués y llamaba a defenderlo y la propia dirección del Partido Bolchevique en Rusia (Stalin y Kámenev) apoyaba esta posición defensista y admitía incluso la posibilidad de una nueva unidad con los mencheviques.
 
En este escenario, el retorno de Lenin y sus nuevas tesis provocaron una verdadera conmoción. A diferencia de la posición defensista, que sostenía que se había abierto en Rusia un largo período de libertades democráticas que habría de tomar su forma definitiva en una república constitucional -asumiendo de este modo las viejas tesis del menchevismo-, Lenin caracterizó al nuevo período como de “dualidad de poder” entre el Gobierno Provincial y los soviets. Los límites de esta dualidad estaban dados por “el insuficiente grado de consciencia y organización de los proletarios y los campesinos”. La tarea era, entonces, ganar a los trabajadores para imponer “el poder exclusivo de los soviets de diputados obreros, obreros agrícolas, campesinos y soldados”.
 
“Una tarea distinta, nueva”
 
Las tesis obligaron a Lenin a revisar su vieja concepción de la dictadura democrática de obreros y campesinos como alternativa de poder. Después de la Revolución de Febrero, el poder se encuentra en manos de otra clase, una clase nueva: la burguesía. En la medida que el pasaje del poder de una clase a otra es el síntoma más importante de la revolución: “La revolución burguesa o democrático burguesa -planteará Lenin- ha terminado”. 
 
La conclusión chocaba frontalmente con el planteo bolchevique según el cual la revolución democrática burguesa debía terminar con la dictadura democrática y revolucionaria del proletariado y el campesinado. 
 
“En la vida misma”, los hechos habían ocurrido de otra manera: “Ha resultado un entrelazamiento de lo uno y de lo otro, un entrelazamiento extraordinariamente original, nuevo, nunca visto. Existen una al lado de la otra, juntas, al mismo tiempo, tanto la dominación de la burguesía (encarnada en el Gobierno Provisional) como la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado (encarnada en los soviets), que entrega voluntariamente el poder a la burguesía, que se convierte voluntariamente en apéndice suyo”.
 
Al momento de cumplirse tres meses en el poder el Gobierno Provisional no había producido nada: la propiedad agraria de los terratenientes seguía intacta, no existía siquiera una investigación sobre los manejos de bancos y organizaciones del capital financiero y la Asamblea Constituyente, horizonte ilusorio de todos los reclamos, no tenía fecha de convocatoria. El inmovilismo político de la burguesía nacía de una contradicción insoluble. El retraso histórico de Rusia no significaba que el país iba a reproducir las etapas propias del desarrollo clásico del capitalismo. Por el contrario, las formas sociales propias del capitalismo desarrollado se combinaban con aquellas propias de la servidumbre feudal en una formación social específica donde el capitalismo avanzado, lejos de liquidar el atraso lo recreaba, en función de un superbeneficio. 
 
Había sido la teoría de la Revolución Permanente de León Trotsky la que había previsto, ya en 1905, el carácter de este desarrollo.
 
Una revolución diferente
 
En la Rusia de inicios del siglo, analizaría Trotsky, el impulso revolucionario, a diferencia de la Revolución Francesa de 1789 o las europeas de 1848, surgiría de la propia clase obrera. Esta clase enfrentaría no sólo al zarismo sino a la burguesía liberal, buscaría la alianza con los campesinos y podría llegar al poder, como una instancia de la revolución democrática. El proletariado en el poder desenvolvería las tareas democráticas -la tierra a los campesinos, la abolición de la autocracia, la emancipación de los países sometidos- e iniciaría las tareas socialistas en una combinación concreta que es imposible de prever teóricamente porque depende por completo del desarrollo de la revolución mundial. Este análisis permitió a Trotsky pronosticar que Rusia podía ser la vanguardia de la revolución socialista internacional, lo que se confirmaría doce años después.
 
La previsión de Trotsky se cumplió paso a paso. En definitiva, la dictadura democrática de obreros y campesinos se realizó como poder dual en el período que va de febrero a octubre y planteaba ineludiblemente la insurrección obrera y la dictadura proletaria como forma estatal, en oposición a la restauración burguesa. El ritmo de este proceso dependía por completo de la organización y consciencia de las masas y de la actuación del partido revolucionario. El proletariado ruso, educado en quince años de agitación política y sindical, y con el activo que suponía el Partido Bolchevique, consumó en menos de un año quebrar el Estado burgués y dar inicio a la revolución socialista -recordar que Lenin había hecho alusión al escaso grado de conciencia y organización de las masas en febrero del ’17. 
 
Este rumbo habría sido imposible sin el viraje que supuso el rearme del partido en base a las Tesis de Abril. Nada que ver con una apreciación esquemática en la que cada paso estaba prefigurado. La teoría y la acción política fueron variando en base al propio impulso revolucionario, los cambios en las relaciones entre las clases, la acción del proletariado. Los esfuerzos para dotar al partido de una nueva perspectiva, luego del período de subordinación al Gobierno Provisional son una prueba de esta historia viva. El triunfo de las “Tesis de Abril” dentro mismo del Partido Bolchevique fue difícil. Lenin tuvo que desplegar toda su autoridad política y apoyarse en la actividad misma de las masas para ganarse a todo el partido a su posición. El lento ascenso de la influencia bolchevique en los soviets hasta alcanzar la mayoría fue el punto de viraje decisivo que permitió la liquidación de las vacilaciones. Las masas fueron haciendo suyas las ideas del partido, se apoderaron de él y lo empujaron hacia la insurrección. “Cuanto más amplia y profunda era la influencia de las consignas bolcheviques, tanto más difícil era para los hombres del Comité captar el movimiento. A medida que los soviets iban cayendo bajo la influencia del partido, la máquina iba quedándose más falta de sitio. Esa es una de las paradojas de la revolución”.
 
Lenin, en un principio, no logró que aprobaran sus Tesis ni la Conferencia Bolchevique, ni el Comité Central (6 de abril). Stalin las consideró un esquema no fundado en hechos. Lenin las debió presentar con su sola firma en Pravda (7 de abril) y hasta llegó a amenazar con crear un nuevo partido comunista proletario, es decir con romper el partido que él había fundado, si no se adoptaba su orientación. El escenario comenzó a cambiar hacia la segunda quincena de abril con la Conferencia de San Petersburgo y la Conferencia Nacional del Partido Bolchevique, que adoptaron las Tesis. Lenin destacó entonces que “el principal error que pueden cometer los revolucionarios es mirar hacia atrás, hacia las revoluciones del pasado, cuando la vida aporta tantos elementos nuevos que hay que incorporar a la cadena general de los acontecimientos”. En su discurso de clausura llamó a abandonar “el viejo bolchevismo”, es decir la revolución por etapas, separadas en el tiempo o por capítulos -una primera etapa democrática burguesa seguida de una lejana etapa socialista.
 
La guerra y la tierra
 
En abril reinaba todavía la euforia de la victoria de febrero y la ilusión de que era suficiente “exigir” que el gobierno satisfaga las necesidades de las masas para obtener nuevos triunfos. Esta euforia se vivía en el Partido Bolchevique, sobre todo en los círculos dirigentes de San Petersburgo.
 
A finales del mes, la situación había cambiado. Se produjo un giro en la revolución, en el estado de ánimo de las masas. La incapacidad del gobierno de satisfacer mínimamente las consignas de paz, pan y tierra, llevó a un choque violento de las masas sobre el tema de la guerra, con las jornadas del 20 y del 21 de abril.
 
La ruptura con el centrismo y la orientación por una III Internacional fue un rasgo distintivo de la evolución de Lenin, sobre todo a partir de la Conferencia de Zimmerwald. Las Tesis de abril plantearon esta ruptura y denunciaron desde el primer párrafo la “guerra imperialista” a la que había que oponerse sin ninguna concesión.
 
Lenin enfrentó así todas las ilusiones patrióticas. Tuvo la profunda intuición revolucionaria de que la guerra sería el primer punto de ruptura de las masas con el gobierno, lo que les debía permitir a los revolucionarios pasar de ser una minoría reducida a ser la dirección de los soviets y de las masas, gracias a un paciente trabajo de explicación, agitación y organización.
 
La guerra concentró a su vez la cuestión de la tierra. El soldado ruso era un campesino en uniforme, habitualmente aislado y ahora agrupado por decenas de miles en las guarniciones de San Petersburgo y organizado en soviets. Lo que ansiaba era terminar con la guerra y volver a su aldea como propietario de la tierra que trabajaba. El Gobierno Provisional resolvió dejar el tema de la expropiación de la propiedad agraria para una Asamblea Constituyente convocada en un futuro indeterminado. En la cuestión fundamental de la tierra, los partidos democráticos y populistas mostraron toda su miseria, adaptándose al gobierno burgués.
 
El viraje sobre la guerra
 
El gobierno había decidido, a fines de marzo, relanzar la intervención rusa en la guerra en acuerdo con los Aliados, porque Rusia era ahora un “país democrático” y merecía la anexión de nuevos territorios, como los Dardanelos. Suponía que podía apoyarse en el patriotismo de la población y que tenía la fuerza suficiente para lanzar una nueva ofensiva.
 
El fiasco fue total. La declaración, bien recibida por los partidos, con el beneplácito incluso de Pravda, dirigida por Stalin-Kamenev, tuvo el rechazo masivo de la población. La esperanza de una paz inmediata se derrumbó y el pueblo se sintió traicionado por el gobierno. La agitación contra la guerra se extendió desde las barriadas obreras hasta las guarniciones y al conjunto de la ciudad. En pocos días se abrió una crisis política.
 
El Comité Ejecutivo de los Soviets trató de mantener una posición intermedia: no quiso hacerse cargo de las protestas contra el militarismo ni tampoco aparecer como un apoyo del gobierno. El 20 de abril, sin iniciativa central, las masas armadas irrumpieron en el centro político de San Petersburgo con la consigna de “Abajo Miliukov”, el firmante de la declaración de guerra. Por primera vez se observaron pancartas con el reclamo “Abajo el gobierno”. Durante dos días, la calle estuvo ocupada por una rebelión abierta contra el gobierno. La orden de Kornilov, comandante de la guarnición de la ciudad, de reprimir las manifestaciones no fue obedecida por los regimientos. Una parte de la burguesía salió a la calle -es el único momento de la revolución en que esto sucede- y se produjeron enfrentamientos armados con víctimas mortales.
 
Como señaló Trotsky, hubo un doble poder ilusorio: el Gobierno Provisional no podía continuar y los dirigentes de los soviets no querían tomar el poder. Las masas intervinieron en este vacío sin un planteo de poder. “La contradicción entre la decisión del ataque de las masas y las indecisiones de su representación política no es casual. En las épocas revolucionarias, las masas oprimidas se ven arrastradas a la acción directa con gran facilidad y mucho antes que aprendan a dar a sus deseos y reivindicaciones una expresión política”. 
 
Luego de múltiples conciliábulos entre el gobierno y el CE de los Soviets, la crisis se resolvió momentáneamente con la entrada de ministros mencheviques y social-revolucionarios. Se constituyó el primer gobierno de coalición. El 4 de mayo se constituyó un nuevo gobierno con diez ministros “burgueses” y seis ministros “socialistas”. Estuvo presidido por Kerensky, que paso a encarnar la política militarista, con la colaboración de mencheviques y socialistas revolucionarios.
 
La defensa de la guerra imperialista y la reacción del movimiento de masas dieron lugar a esta primera crisis abierta de poder. No se había producido aún un cambio radical en el estado de ánimo político de la población como para reclamar “todo el poder a los soviets”, la consigna era aún minoritaria, pero las Jornadas de Abril revelaron que una parte de la vanguardia militante la había hecho suya. Lenin condenó la consigna de “Abajo el Gobierno Provisional” lanzada por dirigentes bolcheviques del Comité de San Petersburgo porque significaba impulsar su caída cuando contaba todavía con el apoyo de la mayoría. El partido tenía que conquistar el apoyo de esa mayoría.
 
Según el relato de Trotsky: “Fue en los soviets de barrio, los que más cerca se hallaban de las fábricas, donde se inició con más rapidez el viraje. A fines de abril, en los soviets de los barrios de Viborg, de Narva y de la Vasili-Ostrov, los bolcheviques se encontraron súbita e inesperadamente con que tenían mayoría. Era éste un hecho de gran importancia, pero los jefes del CE, absorbidos por la alta política, miraban con desprecio el trabajo de los bolcheviques en los barrios obreros... Sin que interviniese para nada el Comité de San Petersburgo, se inició en las fábricas una campaña enérgica y fructífera por la renovación de representantes al soviet...” (ídem anterior). 
 
En el movimiento fabril, el desarrollo fue más contradictorio. Por la fuerza de los hechos, una parte de la energía militante de los comités de fábrica estuvo destinada a asegurar la producción y la defensa de los salarios. En este cuadro hubo cambios significativos. Las Jornadas de Abril catalizaron la tendencia al armamento. La asamblea general de la fábrica de calzado Skorokhod decidió formar una Guardia Roja de 1.000 miembros y solicitar 500 rifles al soviet. El día 28 se reunió la conferencia de Guardias Rojas de la ciudad con delegados de 90 empresas y 170.000 trabajadores. Los dirigentes del soviet se pronunciaron contra el armamento masivo, pero el movimiento continuó en las fábricas.
 
El rearme del Partido Bolchevique
 
El rearme del partido se produjo al mismo tiempo que esas jornadas, de manera desigual y hasta convulsiva.
En el balance de Trotsky, la conducta de los bolcheviques en abril no fue homogénea y los acontecimientos lo tomaron por sorpresa. Pero el partido ya había reconquistado su militancia obrera, en febrero tenía 2.000 militantes sólo en la ciudad. En el momento de la apertura de la Conferencia de abril, los militantes eran 16.000 y en junio 32.000. Dos mil soldados de la guarnición de San Petersburgo se incorporaron a la organización militar bolchevique y 4.000 al “Club Pravda”, una organización controlada de hecho por el partido. La Conferencia de la ciudad se reunió del 14 al 22 de abril. Por una mayoría de 37 votos contra tres, se adoptó la resolución presentada por Lenin condenando al gobierno y reclamando que en última instancia el poder sea transferido a los soviets. La Conferencia Nacional se reunió el 24 de abril, con 149 delegados por 70.000 adherentes. Lenin impuso sus Tesis más claramente que en la Conferencia local, con mayorías variables y fuertes debates con la dirección. La resolución de “comprometer un trabajo prolongado para transferir el poder del Estado a los soviets” obtuvo 122 votos -tres en contra y ocho abstenciones. La resolución contra la guerra obtuvo casi la unanimidad. Estos triunfos políticos se contrapusieron con las derrotas sobre el partido: la conferencia aprobó la creación de una comisión mixta de bolcheviques y mencheviques para el análisis de una posible unificación y, de los nueve miembros electos del Comité Central, cuatro eran “viejos bolcheviques” opuestos a las Tesis. La mayoría de Lenin era muy endeble.
 
Las Tesis de Abril y la Internacional Revolucionaria
 
En la décima y última tesis presentada por Lenin apenas llegado a San Petersburgo, el dirigente bolchevique formuló la necesidad de una “iniciativa para crear una Internacional Revolucionaria, contra los socialchovinistas y contra el centro…”.
 
Los intentos de reagrupar a las corrientes que se reconocían como “internacionalistas” y que se oponían a la guerra dieron lugar a las conferencias de Zimmerwald (1915) y Khiental (1916), ambas en Suiza. En estas reuniones se puso de relieve que aún dentro de los que se oponían a la guerra la mayoría profesaba una posición centrista y más cercana al pacifismo que a la postura bolchevique de transformar a la guerra mundial en guerra civil contra el capital mediante el derrotismo revolucionario, postulando que la guerra mundial debía ser la oportunidad de enfrentar la carnicería imperialista para dar comienzo a la revolución socialista internacional. Los bolcheviques constituyeron el núcleo principal de la minoría de Zimmerwald. 
 
En un artículo escrito, pocos días después de las Tesis de Abril, titulado “Hay que fundar ahora mismo la III Internacional”, Lenin explica que lo que llevó al colapso a la Internacional de Zimmerwald fue su actitud vacilante, centrista, “kautskista”, frente al socialchovinismo. La clave que explica la negativa a romper con él por parte del centrismo es que “no está convencido de la necesidad de una revolución contra el propio gobierno”.
 
Para Lenin había un vínculo indisoluble entre la posición de las Tesis de Abril referidas al Gobierno Provisional, a la necesidad de una nueva revolución y de una diferenciación tajante respecto a los socialchovinistas rusos (los mencheviques y socialistas revolucionarios) que apoyaban la continuidad de la guerra imperialista, ahora en nombre de la “defensa de la revolución”.
 
No podía haber para él una política para el país divorciada de una política en el campo de la Internacional y el abismo que separaba a los internacionalistas de los socialchovinistas en el campo de la internacional era el mismo que separaba a los bolcheviques de las corrientes “socialistas” rusas que apoyaban al Gobierno Provisional. Esta comprensión lo llevó -en la tesis 9- a proponer el cambio en el nombre del partido para dejar de llamarse socialdemócrata, ya que ese nombre desde el 4 de agosto de 1914 había quedado asociado a quienes Lenin caracteriza en el texto citado como “nuestros enemigos de clase, que se han pasado al campo de la burguesía”. 
En su momento, las posiciones referidas al cambio del nombre del partido y al llamado a fundar una nueva internacional no consiguieron otro voto que el del propio Lenin. Si algo pone de relieve las dificultades con las que el Partido Bolchevique fue asimilando el viraje que significaron las Tesis de Abril, esta votación lo retrata categóricamente. La aprobación a la orientación política para actuar en la lucha contra el Gobierno Provisional y frente a la guerra y el rechazo al llamado a formar una nueva internacional muestran la hondura de esas dificultades.
 
La Revolución de Octubre y la fundación de la III Internacional
 
Uno de los tantos mitos que rodean y dificultan la comprensión de la Revolución de Octubre es la que considera que la fundación de la III Internacional en marzo de 1919 fue una consecuencia de la victoria de la revolución y hasta para algunos historiadores, como el francés François Furet, fue un mero instrumento de la política exterior del Estado soviético. 
 
Nada más alejado a la realidad. El llamado a fundar “ya mismo” una nueva internacional revolucionaria fue planteado por Lenin en abril de 1917, seis meses antes de la revolución y dos años antes de su efectiva concreción. Pero hay más. En el artículo citado del 10 de abril, Lenin sostiene que no sólo “estamos obligados” a fundar una nueva Internacional sino que va más lejos y sostiene que “debemos proclamar sin temor que esa Internacional ya ha sido fundada y actúa. Esta es la Internacional de los ‘internacionalistas de hecho’”.
 
Por esto, la III Internacional no debe considerarse un resultado del triunfo de la Revolución Rusa, sino que, por el contrario y hasta cierto punto, el triunfo de la Revolución de Octubre fue el resultado de esa Internacional que ya actuaba según Lenin y que estaba representada por el Partido Bolchevique, una vez que tomó el rumbo estratégico diseñado en las Tesis de Abril, y esto a pesar de no haberse votado la necesidad de llamar a constituirla.
 
La fundación de la IV Internacional fue muchas veces cuestionada, por ejemplo por Isaac Deutscher. Uno de los argumentos utilizados fue que no “nació” de una revolución triunfante como la III. Como vimos, esto no es cierto. Si bien la fundación de la III Internacional sólo pudo llevarse a cabo más de un año después de Octubre de 1917, ésta no fue su condición, hasta cierto punto fue su consecuencia. La Revolución de Octubre fue el resultado de una acción de un partido profundamente consustanciado con el internacionalismo revolucionario y que había procesado una delimitación tajante de las corrientes socialchovinistas y centristas en el campo del socialismo internacional, y fue esta delimitación tajante, que comenzó por lo menos desde el estallido de la guerra en 1914 y paso por las experiencias de Zimmerwald y Khiental fue lo que permitió el Partido Bolchevique liderar la revolución proletaria en Rusia.
 
Por el contrario, la demora en esta delimitación, su carácter tardío, fue uno de los factores que explican la derrota del espartaquismo alemán en la revolución alemana de 1918-19. El Partido Comunista alemán fue fundado a toda prisa en diciembre de 1918. Justamente, la primera reunión de la III Internacional se realizó en Moscú, en marzo de 1919, poco después de la derrota de esa revolución y del asesinato en enero de ese año de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, los principales dirigentes de ese partido.
 
Otra crítica a la creación de la III Internacional la formuló Eric Hobsbawm, para quien el “error fundamental que los bolcheviques cometieron (al fundarla) es el de dividir al movimiento obrero internacional… al estructurar un cuerpo de activistas totalmente comprometido y disciplinado, una especie de fuerza de asalto para la conquista revolucionaria. A los partidos que se negaron a aceptar la estructura leninista se les impidió incorporarse a la nueva internacional o fueron expulsados, porque resultaría debilitada si aceptaba esas quintas columnas de oportunismo y reformismo”.
 
Más allá del tono despectivo con que es presentado por el historiador y ex comunista inglés, lo que él critica, bien entendido, fue en realidad una de sus mayores virtudes. A diferencia justamente de la II Internacional que actuaba como una asociación laxa de partidos nacionales y que no contaba con una dirección internacional centralizada, la III se planteó la tarea de conformar un estado mayor de la revolución socialista mundial. Por lo menos ese fue el cometido de sus primeros cuatro congresos (uno por año) que llevó a cabo antes de su vaciamiento por la burocracia estalinista. La delimitación del socialchovinismo y del centrismo fue una de las fortalezas de los bolcheviques rusos y una de las debilidades de otros partidos recién formados, como el alemán o el italiano, por ejemplo. Los congresos de la Internacional discutieron y aprobaron tesis de conjunto y resoluciones sobre numerosos países, actuando como un verdadero partido mundial.
 
La necesidad de un estado mayor de la revolución surge de toda la caracterización de la época histórica de guerras y revoluciones. Pero tampoco debe entenderse lo del estado mayor en clave putchista. Cuando Hobsbawm caracterizó a la III Internacional como una “fuerza de asalto”, desconoció el significado histórico del tercer congreso de la III Internacional, que adecuó la táctica de los partidos comunistas a las condiciones del fin de la ola revolucionaria de la primera posguerra. Identificar a un partido centralizado que actúa como fuerza consciente del proletariado mundial en las condiciones de declinación capitalista no es sinónimo de putchismo sino todo lo contrario: la conformación de una herramienta capaz de adecuarse a las cambiantes condiciones de la lucha de clases. Lo que ocurre es que para Hobsbawm las condiciones que permitieron la Revolución de Octubre fueron excepcionales, sólo para Rusia y por un corto período de tiempo. Con esta perspectiva no hay necesidad de ninguna Internacional, ni centralizada ni de ningún tipo. Otra cosa fue su degeneración a partir del dominio estalinista que efectivamente la terminó transformando en un apéndice de las necesidades de la burocracia rusa para finalmente disolverla durante la Segunda Guerra Mundial como una ofrenda a los imperialistas aliados.
 
Lenin y la cuestión del Estado
 
Cuenta J.J. Marie que el 9 de agosto de 1917, partiendo hacia un exilio forzoso en Finlandia que culminaría en las vísperas de la Revolución de Octubre, Lenin, con la incertidumbre de que pasaría con su vida al día siguiente, entregó un pequeño cuaderno azul a uno de sus compañeros con esa orden: “Si me matan, le pido que publiquen este cuadernito sobre el marxismo y el Estado”. 
 
Sin embargo, los conceptos de El Estado y la Revolución -a ese texto nos referimos (que en las Obras Completas aparece escrito “entre agosto y septiembre de 1917”)- son los que Lenin adelanta, en forma concentrada, y como plan de acción, en las Tesis de Abril. 
 
Es más, en su discurso ante el Congreso de los Soviets, en las vísperas de la enorme movilización del 18 de junio, por primera vez dominada por las consignas bolcheviques -Abajo la Duma zarista, abajo los diez ministros capitalistas (del Gobierno Provisional), Todo el poder al Soviet- Lenin interrogará a los delegados: “¿Pero es que hay algún país de Europa, pregunto yo, algún país burgués, democrático, republicano, en el cual exista algo parecido a los soviets? Necesariamente tendréis que contestar que no… En ningún país existe, ni podía existir una institución semejante, pues sólo cabe: o un gobierno burgués con esos ‘planes’ de reforma que aquí se esbozan y han sido propuestos decenas de veces en todos los países, quedando siempre en el papel, o esa institución que ahora se invoca, ese “gobierno” de nuevo tipo que ha creado la revolución y del que sólo hay ejemplos en la historia de los más grandes ascensos revolucionarios, como en Francia en 1792 y en Rusia en 1905”.
 
Habitualmente se destaca en las Tesis de Abril de Lenin la cuestión de su posición frente a la revolución democrática y su mecánica de clases, es decir el rol del proletariado como líder de la revolución y la necesidad de una segunda revolución que coloque en el poder al proletariado instaurando la dictadura del proletariado. Pero no se tiene en cuenta en la mayoría de los casos cómo llegó Lenin a esas conclusiones y muchas veces se las considera como un resultado (agudo por cierto) de su apreciación de la mecánica con la que se desenvolvió la Revolución de Febrero.
 
Un nuevo tipo de Estado
 
Pero esto es sólo una parte de la historia. La calificación de los soviets como un nuevo “tipo de Estado” y su oposición frontal con la “república democrática parlamentaria” que aparecía como la máxima aspiración de los socialistas conciliadores (mencheviques y socialistas revolucionarios) no fue una improvisación ni el resultado exclusivo de una apreciación de los resultados contradictorios y “paradójicos” de la Revolución de Febrero. Además de eso, fue el resultado de una intensa investigación llevada a cabo por Lenin en su exilio suizo durante los meses de enero y febrero de ese año 1917.
 
Esta investigación, plasmada en aquel “cuadernito azul”, fue en respuesta, en cierta medida, al impulso que le produjeron dos trabajos de Nicolái Bujarin, de 1915 y 1916, sobre los cambios que experimentaba el Estado bajo el imperialismo. Estos trabajos contenían una fuerte crítica a las posiciones de Karl Kautsky, líder teórico de la socialdemocracia alemana que había mantenido una polémica unos años antes (1912) con el dirigente del ala izquierda de ese partido, Anton Pannekoek, justamente sobre la actitud frente al Estado. Pannekoek sostuvo entonces que “el socialismo no podía emerger de la obtención gradual de una mayoría parlamentaria, sino de la creciente erosión del Estado burgués y de la simultánea creación de un contra Estado proletario a través de la acción de masas”, tomando como ejemplo la experiencia de los soviets en la Revolución Rusa de 1905.
 
Kautsky le respondió que “el objetivo de nuestra lucha política sigue siendo el mismo: conquistar el poder estatal ganando una mayoría parlamentaria y convertir al Parlamento en el centro del gobierno. Y no destruir el poder estatal”.
 
Bujarin adoptó una postura crítica frente a la postura de Kautsky y mucho más cercana a la de Pannekoek. Analizando los cambios operados en el Estado bajo el imperialismo lo denunciaba como la “organización de hierro que aprisiona el cuerpo vital de la sociedad” y concluía que la tarea de los revolucionarios, ante un Estado que había cobrado esas características, era “destruir la organización estatal de la burguesía”.
 
Lenin inicialmente criticó la posición de Bujarin como semianarquista y le recomendó en una carta de agosto-setiembre de 1916 que dejara “madurar” sus ideas sobre el punto. 
 
Pero el que realmente se puso a “madurar” sus ideas sobre la polémica en relación con el Estado fue el propio Lenin, en esos cruciales meses de enero y febrero de 1917. Se concentró en la biblioteca de Zurich, donde vivía, para investigar exhaustivamente los textos de Marx y Engels sobre la cuestión del Estado llegando a conclusiones que aunque no eran idénticas a las de Bujarin, lo apartaron decisivamente de la posición de Kautsky y de la mayoría de la socialdemocracia alemana (y mundial) y lo colocaron claramente en el camino que va a sintetizar en las Tesis de Abril. La conclusión fundamental a la que llegó es que mientras Marx y Engels llamaban a la “destrucción” y “demolición” del aparato estatal burgués, los oportunistas y los kautskistas “lo ignoraron sistemáticamente”. 
Fue más allá de lo que Bujarin y la izquierda alemana habían planteado al llamar a “identificar a los soviets creados en la revolución de 1905 como la nueva forma de Estado que el proletariado debería introducir”, soviets que consideró “estructuralmente afines a la Comuna (de París de 1871)”. Lo sintetizó a su modo: “Reemplazar la vieja máquina estatal y los parlamentos por soviets de diputados obreros y sus delegados. ¡Esta es la verdadera esencia del asunto!”.
 
Imperialismo y el nuevo tipo de Estado
 
Aunque El Estado y la Revolución fue finalmente escrito por Lenin durante su retiro clandestino de julio-octubre (y sería publicado recién en enero de 1918) lo hizo a partir del “cuaderno azul”, donde ya estaban plasmadas las ideas principales que son además fácilmente reconocibles en las Tesis de Abril.
 
Para entender las conclusiones de este texto fundamental, debemos tener en cuenta los dos desarrollos sucesivos y complementarios que Lenin fue planteando durante el transcurso de la guerra. El primero fue su caracterización del imperialismo, íntimamente asociada a su postura frente la guerra mundial y a la bancarrota de la II Internacional, al alinearse detrás de las burguesías imperialistas. El segundo fue el cambio y ajuste de su postura sobre la actitud de los revolucionarios ante el Estado, piedra de toque que va a diferenciar de allí en adelante a los revolucionarios de los socialistas conciliadores. La ruptura de Lenin con Kautsky ya era evidente en el primer punto (la actitud ante la guerra), al punto que Lenin denunciaba a la derecha de la Conferencia de Zimmerwald por su actitud conciliadora hacia el centro liderado por Kautsky. Pero si tenemos en cuenta sus conclusiones de los primeros meses de 1917 y el “cuaderno azul” las diferencias con Kautsky frente a la cuestión del Estado se vuelven irreversibles. Un año después, en 1918 escribirá su célebre folleto contra “el renegado Kautsky”. 
 
Sobre la caracterización de los soviets como un nuevo tipo de Estado (tipo Comuna) es llamativo comprobar que Lenin llegó a esa conclusión tomando en cuenta la experiencia de 1905 y antes de que se produjera la Revolución de Febrero. No fueron los soviets de 1917 los que lo llevaron a formular esa caracterización. De allí que podamos afirmar que esa comprensión por parte de Lenin del significado de los soviets lo llevó a anticipar (a su manera) el rol de los soviets en 1917 (más allá de sus vaivenes en el curso de la revolución).
 
La contraposición que formula Lenin entre un Estado tipo Comuna de París, basado en los soviets y la república democrática, tal cual está formulada en las Tesis de Abril, va a ser material de la propaganda bolchevique durante los meses siguientes. Un primer elemento sobre el que Lenin insiste es la capacidad de renovación interna de los soviets, cuya composición, de hecho, cambiará notoriamente entre febrero y octubre. Otra de las características de este Estado nuevo es el reemplazo de una fuerza armada especial por el armamento del pueblo. La milicia obrera no sólo impedía el retorno de la policía y el ejército del zar, sino debía “conjugar funciones militares con funciones generales del Estado y con el control de la producción social y la distribución”. Sostendrá: “No a una república parlamentaria -volver a ella desde los soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás sino una república de los soviets… en todo el país, de abajo arriba. Supresión de la policía, del ejército y de la burocracia”. Lenin denunciará que la consigna “el poder a los soviets” es frecuentemente mal entendida, como “un ministerio formado con los partidos mayoritarios de los soviets”, siendo que esto es sólo un cambio de personas en todo el viejo aparato del poder gubernamental. “El poder a los soviets” significa la eliminación de ese aparato y “su reemplazo por otro nuevo, popular, o sea auténticamente democrático, el de los soviets, que implica una mayoría organizada y armada del pueblo”. 
 
Las Jornadas de Julio
 
La enorme movilización del 18 de junio constituyó una sorpresa aún para los bolcheviques. Cientos de miles de manifestantes marcharon enarbolando mayoritariamente las consignas: Todo el poder a los soviets, Abajo los conciliadores, Paz en las chozas, guerra a los palacios, Abajo la guerra, Abajo los ministros capitalistas, Toda la tierra para los campesinos, Nacionalización del capital, es decir el planteo de quienes, hasta ese momento, eran minoría en los soviets en relación con los mencheviques y socialistas revolucionarios. Marcaba un viraje en la situación política aunque, por el momento, confinado a San Petersburgo. Dos días antes, el 16, el Gobierno Provisional había ordenado la ofensiva general en todos los frentes, reiniciando la guerra de conquista sobre la base de los tratados del zar con los capitalistas ingleses y franceses, frente a un pueblo que deseaba rabiosamente a paz. Cada día de guerra costaba 50 millones de rublos y la especulación de los capitalistas por los suministros al ejército agravó la carestía y aproximó el hambre. En el mismo tiempo, el Gobierno Provisional comenzó a entregar a los tribunales a los campesinos que se adueñaban de las tierras. La voz de orden de la burguesía era “esperar a la Constituyente”, de la boca para afuera, mientras los capitalistas continuaban postergando su convocatoria. “La Asamblea Constituyente -dirá Lenin- en la Rusia actual, daría la mayoría a los campesinos ubicados a la izquierda de los socialistas revolucionarios. La burguesía lo sabe. Y sabiéndolo, no puede dejar de ponerse resueltamente en contra de una pronta convocatoria… Conducir la guerra imperialista…, defender la propiedad de los terratenientes o la tesis de su indemnización, sería imposible o tremendamente difícil en caso de reunirse la Asamblea Constituyente. Los mencheviques y socialistas revolucionarios, miembros del Gobierno Provisional, confiaban ciegamente en la mentirosa convocatoria a la Constituyente planteada por los ministros capitalistas. Para los bolcheviques, la convocatoria de la Constituyente y su éxito, en cambio, sólo estarían asegurados por la fuerza y el poder de los soviets. Aquellos desenvolvían hasta el paroxismo las ilusiones democráticas, los bolcheviques colocaban el centro en la lucha de clases. Sólo si triunfaban los soviets, la Asamblea Constituyente estaría asegurada.
A fines de junio, una conmoción atravesó Rusia. La ofensiva militar resuelta por el gobierno había sido destrozada por las tropas alemanas, con un saldo de más de 70.000 muertos. El odio en San Petersburgo, acicateado por la agitación bolchevique, rompió todos los equilibrios existentes. “La fábrica Putilov se ha puesto decisivamente de nuestro lado”, planteaba un informe al comité bolchevique, señalando que las demandas salariales no habían sido satisfechas. “Ustedes nos han decepcionado”, rezaban sus pancartas. La ola de militancia entre los trabajadores alcanzó su clímax al comienzo de julio. El día 2 renunciaron al gobierno los cuatro ministros del partido kadete, con el propósito avieso de que sus aliados socialistas carguen con la responsabilidad del fracaso que se olía en las calles, pero socialistas revolucionarios y mencheviques reafirmaron la necesidad de un gobierno de coalición con los “partidos burgueses”. El día 3, cerca de cinco mil personas acudieron a despedir al “último” regimiento que partiría hacia el frente, en un clima de oposición al gobierno y radicalización total. Ese mismo día 3 un regimiento salió a la calle y envió sus emisarios a la conferencia bolchevique que se realizaba en la ciudad planteando que el partido organizara la manifestación. La conferencia se negó. En tanto, columnas obreras comenzaron a bajar de Víborg, ciudadela bolchevique. La decisión se revirtió rápidamente: los bolcheviques decidieron tomar la dirección de la movilización, que se dirigía hacia el Palacio de Táurida, sede del poder. La enorme movilización armada exigió la entrega de todo el poder a los soviets. 
 
Para el 4 de julio fue anunciada una nueva manifestación, a la que los bolcheviques plantearon sumarse. Pero al comenzar el nuevo día, un enorme recuadro en blanco sustituyó al editorial de Pravda. La convocatoria a la movilización fue suprimida y no hubo texto ni llamado que la sustituyera. Los bolcheviques asumieron la responsabilidad por ella, pero no quisieron llamar públicamente a una acción que consideraban prematura. La línea pasó a ser “levantamiento armado no, demostración armada sí”, una posición que homogenizó al partido y fue decisiva para la victoria de la revolución, tres meses más tarde. Mientras los soldados y varios comités obreros desenvolvían los aprestos para una insurrección armada, el Comité Central bolchevique llamó a contener la movilización, poniéndose al frente y orientándola hacia la retirada. Corrían el riesgo de ser superados por las masas, pecando de conservadurismo -una visión que sostenían distintos sectores del partido. “Agitadores bolcheviques acuden a las fábricas y a los cuarteles a convencer a los obreros y a los soldados que no se muevan. En muchos casos son abucheados y algunos militantes, aquí o allá, rompen el carné del partido y se vuelven hacia los anarquistas”. El mismo 4, miles de marineros armados de Cronstadt -la ciudad portuaria revolucionaria- habían desembarcado en San Petersburgo y se detuvieron a escuchar a Lenin, que planteó que la consigna “Todo el poder a los Soviets” terminaría por imponerse, al tiempo de exigir contención y vigilancia. Recalaron finalmente en el Palacio de Táurida. “El socialista revolucionario Chernov sale a su encuentro -relata Marie- un marino le apostrofa: “¡Toma pues el poder, hijo de perra, que te lo damos!’”. 
 
Los bolcheviques habían dejado de ser una minoría, pero todavía no contaban con el apoyo necesario. En palabras de Lenin: “Cualquier movimiento errado de nuestra parte puede arruinar todo. Si fuésemos capaces de tomar el poder ahora es ingenuo pensar que pudiéramos retenerlo. Dijimos muchas veces que la única forma posible de gobierno revolucionario es la del soviet de los diputados soldados obreros y campesinos. ¿Cuál es el peso exacto de nuestra fracción dentro del soviet? (…) La mayoría de las masas está protestando pero todavía cree en los mencheviques y los social revolucionarios”. 
 
Las ilusiones constitucionalistas
 
¿Cuáles eran los propósitos de los miles y miles de trabajadores y soldados que salieron a manifestarse? Forzar la renuncia de los “diez ministros capitalistas” y obligar al Comité Ejecutivo Central de los Soviets a formar un gobierno. Los acontecimientos, más allá del esfuerzo de los bolcheviques por orientar un repliegue en orden, derivaron en choques entre los manifestantes y las tropas del gobierno, en los que murieron o fueron heridas al menos 400 personas. Del 4 al 5 de julio, el Gobierno Provisional retomó la iniciativa, convocó a tropas contrarrevolucionarias, arrestó a importantes dirigentes bolcheviques, como Trotsky y Lunacharsky, obligó a ocultarse a Lenin y Zinoviev, allanó y saqueó la sede central del Partido Bolchevique, cerró Pravda, hizo requisar las armas en poder de los trabajadores, reinstauró la pena de muerte en el frente y se propuso reimplantar la disciplina en las fuerzas armadas.
 
Las Jornadas de Julio no terminaron en un gobierno soviético sino en un profundo giro a la derecha del Gobierno Provisional.
 
Trazando un balance sobre lo ocurrido, Lenin planteará que al carecer Rusia de un orden jurídico, legal, constitucional, podría pensarse que no había lugar para las ilusiones democráticas de las masas. Sin embargo, “la clave de toda la actual situación política de Rusia reside en que muy amplias masas de la población están impregnadas de ilusiones constitucionalistas”. Por lo tanto, era imposible dar el menor paso en relación con las tareas planteadas, “sin colocar, como piedra angular, el desenmascaramiento implacable y sistemático de las ilusiones constitucionalistas, la revelación de todas sus raíces y el restablecimiento de una perspectiva política justa”. En este punto, Lenin puntualizará que se ha abierto una nueva etapa, desde el momento que el 4 de julio se había producido un cambio en calidad. Mencheviques y socialrrevolucionarios no aparecían ante las masas, antes del 4 de julio, abiertamente comprometidos con el retome de la guerra imperialista, con el sabotaje del gobierno de coalición a los reclamos de tierra, paz y pan, con su colaboración con la represión. Unos y otros “cayeron definitivamente en la cloaca de la contrarrevolución” porque en un proceso que se inicia en mayo y culmina en las Jornadas, se hacen cargo del conjunto de la política burguesa del Gobierno Provisional, incluyendo el delegar el poder hacia el ejército ruso. La represión y la ofensiva reaccionaria no emanaban a esta altura del gobierno o el soviet, sino de la camarilla militar contrarrevolucionaria concentrada en el Estado Mayor. Mencheviques y social-revolucionarios aceptan el llamado a las tropas que van a reprimir a las masas, participan en la manifestación de homenaje a los cosacos muertos en los enfrentamientos, tendiendo la mano a los contrarrevolucionarios.
El poder estatal ha pasado a manos del Ejército del zar. El Gobierno Provisional le sirve de biombo, para legalizar sus acciones luego de consumadas. 
 
Definitivamente, había comenzado una nueva etapa. La victoria momentánea de la contrarrevolución significó la decepción de las masas con respecto de mencheviques y socialistas revolucionarios y despejó el camino hacia el apoyo al partido bolchevique.
 
 
NOTAS:
 
A inicios de año se formó un grupo de trabajo con la coordinación de Christian Rath y la participación de Andrés Roldán y Roberto Gramar, para llevar adelante la publicación de una serie de artículos sobre el centenario de la Revolución Rusa. Diversos compañero(a)s contribuyeron y contribuyen a esta tarea. Lo que va a leerse es una reelaboración sobre esos textos, con una introducción y la marcha de la revolución hasta agosto. La serie continuará en el siguiente número de En Defensa del Marxismo y más allá, para incorporar la Asamblea Constituyente, la paz de Brest Litvosk y la revolución en Alemania. 
 
 
1. León Trotsky, Thermidor y Bonapartismo y ¡Quince años¡ Revista Comunismo, mayo 1931 y noviembre 1932, Editorial Fontamara, Barcelona 1978.
 
2. León Trotsky, Lecciones de Octubre ¿Qué fue la Revolución Rusa?, Biblioteca Proletaria, Ediciones Compañero, 1971.
 
3. Marx Engels: Obras Escogidas, Tomo VIII, Editorial Ciencias del Hombre, Buenos Aires, 1973.
 
4. V.I. Lenin: Obras Completas, “Se sostendrán los bolcheviques en el poder?”, T. XXVI, Cartago, Buenos Aires, 1958.
 
5. V.I. Lenin: Obras Completas, “La revolución proletaria y el renegado Kaustky”, T. XXVIII, Cartago, Buenos Aires, 1973.
 
6. León Trotsky: 1905. Resultados y perspectivas. Ruedo Ibérico, Madrid, 1971. 
 
7. Varios autores, La Revolución Rusa en el Siglo XXI, Editorial Rumbos, Buenos Aires, 2017. 
 
8. V.I. Lenin: La enfermedad infantil del izquierdismo, Obras Completas, T. XXXI (1920), Editorial Cartago, Buenos Aires, 1960. 
 
9. Carlos Marx y Federico Engels, prefacio a la segunda edición rusa del “Manifiesto Comunista” (1882), Obras Escogidas, Editorial Ciencias del Hombre, Buenos Aires, 1973. 
 
10. V.I. Lenin: Obras Completas, “¿Qué hacer?”, ídem anterior, T.V.
 
11. “Declaración de la redacción de Iskra”, setiembre 1900, en V. II, Lenin: Obras Completas, Tomo IV, pág. 362, Editorial Akal, Madrid, 1975.
 
12. Jean Jacques Marie: Lenin, ediciones POSI, Madrid, 2008.
 
13. S. y G. Walter: Lenin, Grijalbo, Barcelona, 1972. 
 
14. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXIII, Cartago, Buenos Aires, 1958.
 
15. León Trotsky: 1905: Resultados y perspectivas, Ruedo Ibérico, Madrid, 1971.
 
16. León Trotsky: Writings 1939-49, Pathfinder Press, New York, 1970.
 
17. E.H. Carr: La Revolución Bolchevique (1917-1923), Alianza, Madrid, 1985. 
 
18. J.J. Marie: Lenin, POSI, Madrid, 2008. 
 
19. E. Tarlé: Historia de Europa, Futuro, Buenos Aires, 1960.
 
20. G. Sokoloff: La Puissance pauvre, Fayard, París, 1993. 
 
21. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXXIII, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1960. 
 
22. León Trotsky: Historia de la Revolución Rusa, T. I. Editorial Indoamérica, Buenos Aires, 1954. 
 
23. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXV, Cartago, Buenos Aires, 1958.
 
24. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXIV, Cartago, 1958.
 
25.  J. J. Marie: Lenin, POSI, Madrid, 2008.
 
26. Revolyutsyonnoedvizhenie…, citado por David Mandel, Factory Committees and Workers’ Control in Petrograd in 191, Notebooks. 
 
27. Idem anterior. 
 
28. V.I. Lenin: Obras Completas, “Acerca de la dualidad de poder”, T. XXIV, Cartago, Buenos Aires, 1952. 
 
29. J.J. Marie: Lenin, Ediciones POSI, Madrid, 2008.
 
30. V.I. Lenin: Obras Completas, “Acerca de la dualidad de poder”, T. XXIV, Cartago, Buenos Aires, 1957. 
 
31. V.I. Lenin: Obras Completas, “Cartas sobre táctica, apreciación del momento”, Cartago, Buenos Aires, 1957. 
 
32. León Trotsky: Stalin, Ediciones El Yunque, Buenos Aires, 1975. 
 
33. León Trotsky: Historia de la Revolución Rusa, Editorial Galerna, Buenos Aires, 1972. 
 
34. Alexander Rabinovitch: Los bolcheviques toman el poder, La Fabrique, París, 2017.
 
35. Lenin: texto citado en La Revolución Rusa en el Siglo XXI, Rumbos, Buenos Aires, 2008.
 
36. Eric H. Hobsbawm: Historia del Siglo XX, “La era de las catástrofes”, Crítica Mondadori Grijalbo, Buenos Aires, 1994.
 
37. J.J. Marie: Lenin, Ediciones POSI, Madrid, 2008.
 
38. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXV, Editorial Cartago, 1958.
 
39. Lucas Poy: “Cuándo y por qué Lenin escribió El Estado y la Revolución”, en Un mundo maravilloso, Biblos, Buenos Aires, 2009.
 
40. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXV, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1958. 
 
41. Steve Smith: “Petrogrado en 1917: el panorama desde abajo”, EDM N° 10/ 1995.
 
42. J.J. Marie: Lenin, POSI, Madrid, 2008.
 
43. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXV, Cartago, Buenos Aires, 1958.
 
*El tramo de este texto, referido a las Jornadas de Julio, contó con la colaración de Guido Lapa.
 
 

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