En Defensa del Marxismo #50 | Por Eric Blanc

Evaluación de la socialdemocracia revolucionaria

Ante todo, me gustaría agradecer al compañero Duncan Hart por su contribución “Las lecciones de Finlandia: respuesta a Eric Blanc”. Si bien no comparto el análisis, acuerdo en que un debate serio acerca de la Revolución Finlandesa es útil para los marxistas hoy en día. A pesar de que algunas de las críticas de Hart al Partido Socialdemócrata de Finlandia (SDP) están bien fundadas, más abajo estableceré que su texto caracteriza en forma equivocada la postura política del SDP y la de los líderes revolucionarios de la socialdemocracia.
 
De esta forma, el artículo de Hart no nos ayuda a lograr un análisis más claro del marxismo “ortodoxo” finlandés (y alemán), de la revolución finlandesa de 1917-1918 o de las lecciones que podemos aprender de esta historia. Mi libro, de próxima aparición, aborda en detalle estas cuestiones; aquí unos pocos comentarios tendrán que ser suficientes.
 
2. Contrariamente a lo que Hart afirma, nunca sostuve que el enfoque de la dirección del SDP -o la estrategia política de Karl Kautsky- debiera ser “emulada” en la actualidad. De hecho, mi artículo “Las lecciones de la revolución de Finlandia en 1917” (publicada primero en Jacobin), en forma consciente y explícita destaca no sólo los puntos fuertes sino también las limitaciones reales de la socialdemocracia revolucionaria, como ser una subvaloración de la acción de masas, una tendencia a inclinarse hacia los socialistas moderados y un enfoque excesivo en el terreno parlamentario.
 
Desde mi punto de vista, no existe contradicción entre hacer una equilibrada y matizada evaluación del marxismo “ortodoxo” de la II Internacional y sostener las mejores tradiciones políticas del bolchevismo. Mi esperanza es que una vez que los camaradas como Hart y otros se muevan más allá de los mitos prevalecientes y examinen críticamente la real postura de la primera socialdemocracia revolucionaria puedan ver que las diferencias entre esta estrategia y la de Lenin, Trotsky y la Internacional Comunista pre-estalinista son mucho menores que lo que inicialmente suponen.
 
3. El trabajo del camarada Hart contiene varias afirmaciones infundadas acerca de la política de los socialdemócratas revolucionarios finlandeses (a quienes él etiqueta como ala de “centro” del partido de una forma un poco engañosa) y su estrategia política. En ningún punto nos presenta ninguna cita real de los escritos o discursos de los líderes del SDP durante la revolución. En cambio, como enfatiza el propio Hart, reitera el análisis de una corta obra polémica de agosto de 1918 de Otto Kuusinen, el ex líder de la izquierda “ortodoxa” del SDP, que posteriormente se convertiría en fundador del comunismo finlandés.
 
Si bien se pueden extraer algunos conceptos profundos de la pieza de Kuusinen de 1918, es fundamental tener en cuenta que ésta era una mirada polémica publicada para ganar cuadros para el nuevo Partido Comunista. Más aún, fue escrita en un momento en el cual Kuusinen adhería al Comunismo de Izquierda (que erróneamente igualaba al bolchevismo). En agosto de 1918, Kuusinen rechazaba la actividad parlamentaria, el trabajo sindical, las reivindicaciones inmediatas y democráticas y los compromisos tácticos -en cambio, insistía que todo el trabajo marxista debía concentrarse en la lucha armada por la dictadura del proletariado.
 
Respecto del programa de fundación del Partido Comunista de Finlandia -también escrito por Kuusinen en agosto de 1918-, el historiador Anthony Upton hace notar que “el observador marxista también advertirá que este documento está atravesado por lo que Lenin más tarde definiría como ‘infantilismo de izquierda’”. Upton explica que el Partido Comunista de Finlandia más tarde reconoció que “fue un error haber condenado la democracia en esos términos y haber rechazado todas las formas de actividad no revolucionaria; considera el error como una sobrerreacción a la experiencia de la derrota y a la todavía imperfecta comprensión de la ideología bolchevique por parte de sus miembros. Así, no es necesario para los socialistas en la actualidad basar su crítica a la revolución en Finlandia en la obra polémica ultraizquierdista de Kuunisen de agosto de 1918.
 
4. Ni Hart ni Kuusinen citan ningún documento de primera fuente para justificar sus afirmaciones de que la izquierda del SDP propiciaba una estrategia reformista, fatalista y gradualista de transformación socialista. Lo cual no constituye una sorpresa, dado que los registros históricos no apoyan tales reclamos. La posición de los primeros marxistas “ortodoxos” sobre el Estado era mucho más radical y más cercana en letra y espíritu a El Estado y la Revolución, de Lenin, de lo que generalmente se ha considerado. En un artículo escrito en octubre de 2016 para el blog de John Riddell, demostré en detalle que la verdadera posición sobre El Estado y la Revolución compartida por los socialdemócratas revolucionarios finlandeses y la del primer Karl Kautsky, es decir antes de su violento giro a la derecha posterior a 1910. (Por razones de espacio, no he podido en “Las lecciones de Finlandia” ahondar en la distinción crítica entre la política de Kautsky antes y después de 1910, pero debe subrayarse que lo que defendía la izquierda del SDP era la temprana “ortodoxia” revolucionaria más que el posterior enfoque moderado.)
 
Más que reiterar las consideraciones establecidas en mi anterior artículo, me limitaré aquí a puntualizar algunos de los más importantes errores fácticos cometidos por el compañero Hart. Siguiendo a Kuusinen, Hart afirma que el SDP solamente apoyaba tácticas estrictamente pacíficas y se oponía al axioma “a través de medios pacíficos si fuera posible, pero violentos si fuera necesario”. En los hechos, esta última posición fue literalmente la posición explícita y por largo tiempo de la izquierda del SDP. De muchas posibles citas, considerar la siguiente publicada en el principal periódico del SDP, Kansan Lehti, el 11 de noviembre de 1917: “Los trabajadores socialdemócratas conscientes nunca han admirado los acontecimientos violentos. Para nosotros, la guerra civil es particularmente terrible. Pero la socialdemocracia no puede prohibir a sus miembros la actividad armada cuando las cosas no se pueden solucionar de otra manera”.
 
Que el SDP no estaba comprometido con los medios estrictamente pacíficos se hizo obvio no sólo por su impulso hacia la insurrección armada en enero de 1918, sino también por su temprana y exitosa iniciativa en octubre de 1917 de establecer una organización nacional de Guardias Rojos. Al citar la radicalización de los Guardias Rojos, Hart omite mencionar que esos cuerpos estaban afiliados al SDP y a los sindicatos, y compuestos principalmente por miembros y cuadros (a pesar de algunas diferencias políticas y organizativas reales con los guardias), y éstos eran defendidos activamente por los líderes “ortodoxos” del SDP contra la derecha del SDP y la burguesía finlandesa.
 
5. El compañero Hart sostiene que “el SDP era hostil a la revolución”. En realidad, los líderes de la izquierda del SDP durante el período 1917-1918 sostuvieron que una revolución en Finlandia se convertiría en una posibilidad inmediata y una necesidad una vez que los medios pacíficos y parlamentarios no fueran más adecuados. Incluso el líder del SDP, Oskar Tokoi (que pertenecía al vacilante centro del partido, antes que a la izquierda “ortodoxa”), declaró en un discurso, a mediados de octubre, que los trabajadores tenían “otros medios de poder, además de las elecciones, para conseguir sus reclamos. Era necesario mantenerse firmes y luchar por la victoria de la revolución cuando llegase el momento adecuado”.
 
Una de las razones por las cuales el SDP estaba particularmente focalizado en la labor parlamentaria durante gran parte de 1917 era que la Revolución de Febrero había destruido completamente todo el aparato armado burgués de la elite finlandesa. A causa de este contexto más bien excepcional, combinado con la mayoría parlamentaria del SDP, parecía posible utilizar la legitimidad y el poder del Parlamento existente para impulsar ardientes reformas democráticas y económicas.
 
Así, mientras el liderazgo del SDP estaba prácticamente orientado al Parlamento, simultáneamente desde febrero de 1917 en adelante luchó con fuerza contra todos los intentos de la clase alta finlandesa de rearmarse. El propio Kuusinen observó esta dinámica excepcional en su escrito de 1918: “En ese momento, el sendero de la democracia parlamentaria parecía despejado en una medida extraordinaria, y se abría por delante de nuestro movimiento de la clase obrera un amplio panorama”. Precisamente, para salir de esta situación peligrosa, en el verano la burguesía finlandesa convenció exitosamente al Gobierno Provisional Ruso de que disolviera el Parlamento de Finlandia elegido democráticamente, con el apoyo de los socialistas moderados en Rusia.
 
El compañero Hart afirma que el SDP adhería a “una actitud pasiva y fatalista para impulsar hacia adelante la lucha de clases”. Pero, en realidad, el fatalismo político fue explícitamente rechazado por los líderes del SDP y también por Kautsky. La socialdemocracia finlandesa adhirió a la estrategia “ya probada” de la “ortodoxia” marxista por la cual el partido acumularía fuerza para la batalla final, primeramente difundiendo el mensaje socialista y construyendo organizaciones proletarias. Como observé en “Las lecciones de Finlandia”, esta estrategia llevaba problemáticamentea priorizar la educación y la organización por sobre la acción de masas. Pero difícilmente era un enfoque “pasivo”.
 
Más aún, el SDP finlandés -a diferencia de la burocratizada socialdemocracia alemana- inició y apoyó acciones de masas en las coyunturas críticas durante 1917-1918. Además de llevar adelante varias movilizaciones de masas, los líderes del SDP llamaron a la huelga general de noviembre que llevó a los trabajadores al borde de conquistar el poder. El llamado a la huelga enunciaba que era necesario que los trabajadores tomaran “la ruta de la acción de masas” para conquistar sus reivindicaciones. Como Rosa Luxemburgo había afirmado con razón desde 1905, un acercamiento del partido socialista a las huelgas masivas era una prueba crítica para sus credenciales revolucionarias. No veo cómo se puede conciliar en forma creíble que el SDP lanzara una huelga general en noviembre y una insurrección armada en enero de 1918 (se discute más abajo) con afirmaciones acerca del supuesto fatalismo del partido.
 
6. La única y más sólida evidencia que Hart expone para sustanciar su crítica es que el SDP no tomó el poder en noviembre de 1917. En mi artículo también subrayo que ésa fue una oportunidad perdida. Pero, como siempre, se necesita un sentido del contexto y un balance crítico. Dado que “Las lecciones de Finlandia” y la contribución de Hart explican por qué noviembre era probablemente el mejor momento para la revolución, aquí es muy útil exponer algunas de las razones por las cuales la izquierda del SDP no intentó tomar el poder durante la huelga general.
 Es difícil estimar con precisión en qué grado la indecisión de los líderes “ortodoxos” del SDP en noviembre estaba enraizada en sus concepciones estratégicas. El foco de la izquierda del SDP en el Parlamento y su relativa falta de tradición de acción de masas ciertamente contribuyó a la tendencia a aferrarse al terreno parlamentario en un momento en el que ya se lo podía considerar políticamente anacrónico. Pero existían otros factores contextuales y coyunturales clave que tenían igual peso.
 
Mucha de la indecisión del ala izquierda de Kuusinen reflejaba un deseo de evitar una división del partido que potencialmente lo debilitara. Contrariamente a las afirmaciones de Hart, los socialdemócratas revolucionarios no tenían una mayoría decisiva entre los líderes del partido. Entre la izquierda ortodoxa y la intransigente minoría de derecha había un amplio y vacilante centro. A fines de octubre y principios de noviembre, Kuusinen había planteado la posibilidad de tomar el poder, pero se retractó en vista a la estridente oposición de más de la mitad de los principales líderes a esta propuesta. Por esta razón, Kuusinen sintió durante la huelga general de noviembre que era prematuro intentar tomar el poder, dado que podría llevar a la división del partido. En su mirada, una ruptura de la organización sería potencialmente fatal para la insurrección proletaria, llevando al ala más radicalizada de los trabajadores a confrontar con la burguesía sin el apoyo del resto del movimiento organizado de los trabajadores.
En su mayor parte, pienso que la tendencia de Kuusinen al compromiso político con los socialistas moderados para preservar la unidad organizativa fue un error. Dicho esto, se debe reconocer que una división en mitades del SDP en un momento de insurrección podía efectivamente haber evitado que los trabajadores finlandeses tomaran y/o se mantuvieran en el poder. Nunca lo sabremos. Y a pesar de que está lejos de ser evidente que los beneficios de evitar una ruptura del partido pesaron más que los costos de demorar la revolución, la verosimilitud del enfoque de la izquierda del SDP se manifestó, sin embargo, durante los dos meses que siguieron a la huelga general. En un contexto político de rápida polarización, el ala de Kuusinen había aislado a la derecha del SDP, ganado al centro hacia fines de enero de 1918 y cimentado una alianza con los Guardias Rojos. Al hacerlo, la izquierda “ortodoxa” estaba en condiciones de ganar el partido y a los sindicatos en su conjunto para luchar por el poder.
 
Más aún, es importante destacar que muchas de las indecisiones del centro y la izquierda del SDP en noviembre tenían sus raíces en las incertidumbres del mundo real acerca de la rápida evolución de la situación política. Un debate análogo, vale la pena mencionarlo, había recorrido a los bolcheviques en el otoño de 1917 en Petrogrado. Los bolcheviques habían tratado de evitar, en varios momentos de 1917, lo que ellos consideraban una prematura toma del poder. Y en muchas partes del imperio los bolcheviques no intentaron una acción revolucionaria en octubre dado que veían condiciones todavía no maduras en el terreno -en Bakú, por ejemplo, el partido esperó hasta marzo de 1918 para tomar el poder. La ideología, en este sentido, fue necesariamente sólo un factor en determinar las prácticas marxistas en un momento dado. No importa cuán revolucionaria sea nuestra política, apostar al momento más oportuno para la insurrección era una tarea extremadamente desafiante.
 
Además de los temas antes mencionados de unidad partidaria, de las cuestiones que pesaban en las mentes de todos los cuadros del partido finlandés que seriamente consideraban las perspectivas de la revolución, los siguientes eran las más destacadas: ¿cómo reaccionarían los soldados rusos estacionados en Finlandia ante un levantamiento obrero finlandés?, ¿tendrían los trabajadores finlandeses suficientes armas para tomar el poder y sostenerlo?, ¿si Finlandia emprendía el camino revolucionario, el gobierno alemán intervendría o invadiría?, ¿podría el nuevo gobierno soviético en Petrogrado durar más que unos pocos días o semanas?, ¿y podría suministrar apoyo armado a los trabajadores finlandeses? Por supuesto, las respuestas que los líderes del SDP dieron a estas preguntas fueron modeladas por sus perspectivas políticas particulares. Más aún, la dificultad de leer -y decidir sobre- la situación empírica concreta ciertamente no era menos importante. El sangriento curso de la guerra civil finlandesa demostraría que muchas de estas preguntas correspondían a desafíos sociales y políticos muy reales, que no eran tan fáciles de superar.
 
A pesar de que concuerdo en que (en retrospectiva) noviembre de 1917 era el momento más favorable para la insurrección en Finlandia, Hart exagera en qué medida éste era el punto en cuestión. Algunos temas a tener en cuenta: tanto en noviembre como en los meses sucesivos, la abrumadora mayoría de los soldados rusos se oponía a participar directamente en la revolución finlandesa, su presencia de una forma u otra nunca fue un factor decisivo. A su vez, la primera derrota importante de los finlandeses rojos (la “Batalla de Tampere”, en marzo de 1918), un punto de inflexión crítico en la guerra civil, ocurrió antes de la invasión alemana de abril de 1918.
 
Es una exageración sostener que “la burguesía estaba completamente a la defensiva” en noviembre de 1917 -la propia huelga general se inició en respuesta a las intensas actividades de la burguesía finlandesas tendientes a la construcción de un nuevo aparato militar. En enero de 1918, sin duda, la clase alta había tenido más tiempo para cohesionar sus fuerzas armadas, pero también lo tuvieron los trabajadores (cuyos Guardias Rojos en noviembre estaban más pobremente organizados). A diferencia de noviembre, el partido y las organizaciones obreras de masas en enero de 1918 estaban abrumadoramente a favor de la revolución. En el ínterin, sin embargo, los trabajadores ciertamente perdieron algún impulso significativo y la burguesía ganó alguno (así como más armas y cohesión organizativa).
 
De conjunto, mientras que noviembre era probablemente el momento más favorable para la revolución, esto no debería ser exagerado. En todo caso, esos desarrollos políticos están mucho más claros desde la ventaja que ofrece el análisis actual de lo que eran en aquel momento. No había manera de saber durante la huelga general de noviembre si posteriormente se presentaría un momento más favorable para tomar el poder.
 
Que los Rojos hayan perdido la guerra civil en Finlandia como tal no constituye “una dura acusación” a los socialdemócratas finlandeses “ortodoxos” o a la socialdemocracia revolucionaria en general. Con este criterio también deberíamos condenar el bolchevismo, dado que sus gobiernos de 1917-18 en Letonia, Estonia y Bakú fueron derrotados en forma similar. Más aún, los bolcheviques en su totalidad fueron vencidos por la contrarrevolución estalinista. Adherir a políticas revolucionarias, desafortunadamente, no garantiza automáticamente la victoria política. 
 
Un punto final: es erróneo que el compañero Hart afirme que el supuestamente no revolucionario SDP fue “impulsado” por las circunstancias a hacer una revolución como medida de “autopreservación”. La “situación excepcional” de la “falta de inclusión en las instituciones del Estado” no fue un accidente de la historia, sino el resultado directo de años de intransigencia de clase de los marxistas “ortodoxos” contra el proyecto corporativista del nacionalismo finlandés. En 1917 esto tomó la forma de iniciativas revolucionarias específicas: en el verano de 1917, la izquierda del SDP puso en movimiento la ruptura del gobierno del Frente Popular Finlandés, dando el paso revolucionario de declarar unilateralmente la soberanía de Finlandia contra el régimen ruso. En las vísperas de este conflicto (y la subsiguiente disolución del Parlamento por parte del bloque fino-ruso), el SDP ordenó a sus ministros de centro y derecha dejar el gobierno finlandés. A continuación, el SDP y los sindicatos asociados comenzaron a formar las Guardias Rojos para contener la ofensiva burguesa. Sin estas acciones, la situación a fines de 1917 hubiera sido completamente diferente.
 
Durante todo el otoño de 1917 y principios de 1918 hubo todavía numerosas oportunidades para el liderazgo del SDP de revertir el curso y retroceder de la revolución. La “autopreservación”, en este sentido, es precisamente lo que la derecha del SDP estridentemente demandó del partido desde noviembre en adelante: condenar la violencia/anarquía de los Guardias Rojos y restablecer un bloque socialista-liberal, de forma tal de evitar una ruptura anticapitalista. Los socialdemócratas revolucionarios finlandeses, no sin alguna vacilación importante en el camino, rechazaron conscientemente esta posición y, en cambio, libraron una difícil batalla fraccional en diciembre y enero para aislar el ala parlamentaria moderada del SDP, haciendo una alianza con los radicales Guardias Rojos (a quienes habían incorporado con éxito a la más alta dirigencia partidaria en enero) y tomar el poder. Nada era inevitable acerca de estas consecuencias.
 
Si bien no hay necesidad de colocar un signo de igualdad entre las dos revoluciones y sus líderes políticos, la Revolución de Octubre también fue en gran parte un acto defensivo ante la contrarrevolución; en realidad, fue presentada de esta manera por los bolcheviques y en gran medida apoyada desde abajo por este motivo. En la lucha de clases, al igual que en la guerra, la línea divisoria entre las acciones defensivas y ofensivas, si es que existen, fue a menudo extremadamente borrosa. Echar la culpa a la burguesía por el comienzo de la guerra civil fue una táctica suficientemente precisa y astuta para ganar a aquellos trabajadores (y cuadros vacilantes) para apoyar una insurrección revolucionaria. Adherir a semejante perspectiva no significa que el SDP finlandés fuera de alguna manera inconscientemente llevado por las circunstancias a hacer una revolución contra su voluntad.
Dada la crítica de Hart hacia el “fatalismo”, es irónico que exprese que un SDP “pasivo” pudiera ser “impulsado” por el contexto objetivo al derrocamiento del Estado capitalista. Un análisis tan profundamente fatalista ignora la importancia decisiva del liderazgo revolucionario, del factor subjetivo de la intervención del partido, en hacer posible una toma del poder por los trabajadores. Históricamente, el papel general de los socialdemócratas colaboracionistas de clases y las burocracias laboristas ha sido evitar activamente las rupturas anticapitalistas, no liderarlas pasivamente. En Alemania, el SPD aplastó la revolución obrera; en Finlandia, los socialdemócratas revolucionarios la lideraron.
 
Explicar cómo y por qué el SDP finlandés guió a los trabajadores al poder en 1917-1918 requiere que entendamos la verdadera política de la II Internacional, marxista “ortodoxa” con todas sus fortalezas y debilidades. Me parece que ha pasado el tiempo suficiente para reconocer que la socialdemocracia revolucionaria estaba políticamente mucho más cerca de la posición del bolchevismo y del primer Comintern que el colaboracionismo de clase de los funcionarios de la socialdemocracia alemana y sus contrapartes burocráticos en toda Europa. En otras palabras, los “primos” políticos de los socialdemócratas finlandeses eran los bolcheviques y no, como sostiene Hart, los reformistas occidentales.
 
Traducción Olga Stutz
 
NOTAS:
 
1. Anthony F. Upton: The Communist Parties of Scandinavia and Finland (London, Weidenfeld& Nicolson, 1973), 116.
 
2. Citado en Sami Suodenjoki yJarmo Peltola, Köyhä Suomen kansa katkoo kahleitansa: luokka, like ja yhteiskunta 1880-1918 (Tampere: Tampere University Press, 2007), 244.
 
3. Citado en Henning Söderhjelm: The Red Insurrection in Finland in 1918, traducido por A.I. Fausbøll (Harrison & Sons: London, 1919), 30.
 
4. Otto Kuusinen: The Finnish Revolution: A Self-Criticism (London: Workers’ Socialist Federation, 1919), 2.
 
5. Citado en Suodenjoki y Jarmo Peltola, 246.
 
6. Lectores interesados en un desarrollo crítico y extremadamente detallado de la izquierda socialdemócrata durante la huelga de noviembre y de la revolución en general, pueden consultar: Maurice Carrez, La fabrique d’un révolutionnaire, Otto Wilhelm Kuusinen: 1881-1918: réflexions sur l’engagement politique d’un dirigeant social-démocrate finlandais (Toulouse: Université de Toulouse le Mirail, 2008).
 
7. Ver, por ejemplo, Rex A. Wade: “‘All Power to the Soviets’: The Bolsheviks Take Power,” in Revolutionary Russia: New Approaches (New York: Routledge, 2004).

Compartir

Comentarios

@2018 - Partido Obrero