22 de enero de 2018 | Por Alejandro Guerrero

A 120 años del natalicio de Sergei Eisenstein

Fue, según muchos, el cineasta más importante del siglo XX.

Un marxista tan sutil (y polémico) como Walter Benjamin, dijo que el arte cinematográfico es el representante perfecto de la modernidad, de la era industrial: el arte llevado a la categoría de masividad. Ese fenómeno, decía él, había comenzado con la fotografía, capaz de reproducir al infinito una obra: gracias a ella, sostenía, ya no era necesario disponer del dinero necesario para ir al Louvre a ver La Gioconda; ahora, la foto llevaba la pintura de Da Vinci a la casa de todo el mundo. El arte perdía su “aura”, dada por la exclusividad –y, añadiríamos nosotros, por el elitismo– y podía hacerse patrimonio de todo el pueblo. No por nada, añadía Benjamin, el nacimiento de la fotografía coincide con el del primer gran auge del socialismo. Con ella un hecho, en sí y por sí irrepetible, permanece en la imagen para siempre. En el cine, agregaba, el arte ya ni siquiera pierde aquel “aura”, porque la masividad dada por la técnica de la repetición está en su sustancia misma.

Y, tal vez, a 120 años de su natalicio (nació en Riga, Letonia, el 22 de enero de 1898), Serguéi Mijáilovich Eizenshtéin, o Seguéi Eisenstein –el nombre por el que lo conoció el mundo− sea aún el mayor representante de ese arte novedoso. El acorazado Potemkin (1925) es todavía una de las mejores películas que se hayan filmado jamás, creadora de una teoría del montaje que contiene elementos vigentes hasta hoy en los directores europeos y en Hollywood. Eisenstein utilizó en ella 1290 planos, combinados con un ritmo magistral. En ella aparecen por primera vez pantallas reflectantes, fotografías desenfocadas y plataformas móviles. Y otra enorme novedad: casi no emplea actores profesionales, sino gente cuya condición social se corresponde con las escenas filmadas. En El acorazado Potemkin, filmada en homenaje a la revolución rusa de 1905, la protagonista es la gran masa de marineros sublevados, y la imagen del levantamiento y aquella otra de la escalerilla están consideradas aún entre el pequeño puñado de las mejores de la historia del cine.

Aquel no fue su primer largometraje, sino La huelga (1924), con la que comenzó tempranamente su padecer con la censura de la “troika”, o triunvirato (Iósif Stalin, Lev Kámenev y Grigori Zinóviev), quienes empezaban, gradualmente, a imponer su teoría del “realismo socialista”, que nada tenía de realista y menos de socialista; era, simplemente, una mordaza sobre la libre creación artística. Censurada, esa película no pudo exhibirse en Rusia hasta después de la muerte del artista en 1948, aunque sí en el exterior, y recibió el premio de la Exposición Internacional de París en 1925.

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Pero, seguramente, su película más conocida, sobre todo por la censura y la represión política que sufrió, fue Octubre (1927), acerca de la Revolución (ése fue el año, además, de la expulsión de Trotsky y de la Oposición de Izquierda). Hay de ella varias versiones: en la primera se destaca especialmente el papel de Trotsky, su condición de orador y líder de masas, de compañero de Lenin; en la última, Trotsky sencillamente desaparece. Eisenstein aceptó esas mutilaciones para que la película pudiera editarse, pero poco después se marchó a los Estados Unidos, en 1930. Allí se convirtió en una suerte de estrella y llegó a ganar 900 dólares por semana (una fortuna en la época), pero jamás le dieron la visa de permanencia y se trasladó a México, donde le fue aun peor: lo encarcelaron.

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Sin embargo, poco después se lo nombró huésped de honor y empezó a filmar México lindo y querido, que nunca pudo terminar. En esos días hizo pública su homosexualidad, cuando ya había sido declarada delito por el régimen de Stalin, junto con la prohibición del aborto, la imposición de la “familia reproductora” y otras lindezas.

Sin embargo, el director regresó a la Unión Soviética y ratificó su “lealtad” a Stalin. Por otra parte, era difícil, con la guerra encima, reprimir abiertamente a un cineasta de fama mundial. Así, en 1943, filmó otra de sus joyas cinematográficas: Iván el Terrible, pero los laderos del régimen entendieron que podía ser interpretada como una crítica a la personalidad de Stalin y la prohibieron. Por eso sólo pudo exhibirse en 1953, después de la muerte del tirano y cinco años después del fallecimiento del propio Eisenstein.

El gran cineasta murió a los 50 años, de un infarto súbito e inmediatamente después de un festejo oficial, de modo que jamás se disiparon las versiones sobre su posible envenenamiento. Es posible: después de todo, el estalinismo cometió crímenes infinitamente peores.

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Tags: cultura, cine, eisenstein

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