No por anunciada, la derrota del laborismo en las elecciones municipales de Inglaterra y Gales fue menos catastrófica. En su peor elección en los últimos treinta años, el laborismo llegó en tercer lugar en la sumatoria nacional de votos (detrás de los conservadores y los liberales) y perdió la capital, Londres. Después de las elecciones, los conservadores pasarán a gobernar 219 municipios; los laboristas conservarán apenas 49.
Una derrota tan abrumadora obedece al rechazo de los habituales votantes laboristas. Las dos razones principales son la impopularidad de la guerra de Irak (que el actual primer ministro Gordon Brown "heredó" de Blair) y la profundidad de la crisis económica, que está golpeando duramente a los trabajadores.
La paliza electoral fue precedida por una espectacular huelga de los docentes y los empleados públicos. Una semana antes de la votación, casi medio millón de docentes salieron a la calle, en medio de la jornada de huelga más intensa de los últimos diez años, en reclamo de aumento salarial.
Sobre llovido, mojado. Brown impulsó un aumento de los impuestos a los contribuyentes de menores ingresos. Pero debió dar marcha atrás ante la rebelión de sus propios parlamentarios. Mientras le mete la mano en el bolsillo a los trabajadores, Brown destinó varios miles de millones de libras a la nacionalización del quebrado banco Northern Rock; es decir, al salvataje del capital financiero.
Al gobierno laborista le quedan dos años por delante hasta las elecciones nacionales. La prensa indica que, después de la derrota oficialista del 1° de Mayo, los conservadores tienen la iniciativa. Pero Brown enfrenta un desafío mucho más cercano. Luego de la huelga de los docentes y estatales, y del desastre electoral, "el gobierno teme que la protesta social se generalice en el próximo verano boreal" (ídem).









