POONLINE 5 12/2/2009 Internacionales

Ratzinger

Ratzinger levantó "una tormenta sin precedentes dentro y fuera del Vaticano" y generó "la peor crisis de la Iglesia en muchas décadas" levantando la excomunión a cinco obispos lefevristas -ultrarreaccionarios y antisemitas-, expulsados hace 20 años por desobedecer al Papa y repudiar el Concilio Vaticano II. Entre ellos, destaca Richard Williamson, que ejerce su pestífero magisterio en Moreno (Buenos Aires), niega el Holocausto y, si pudiera, prohibiría la educación universitaria femenina: "Un masivo asalto contra las leyes divinas". La crisis impactó en la jerarquía católica con tal virulencia que el New York Times advirtió que la supuesta voluntad papal de cerrar el cisma estaba al borde de "desencadenar otro" (New York Times, 4 y 5/2).

En Alemania, cientos de católicos renunciaron a la Iglesia. Obispos y arzobispos "en plena revuelta" rivalizaron en el repudio -"un desastre"; "una clara pérdida de confianza en el Papa"; "un atentado a la credibilidad de la Iglesia". Los diarios alemanes tildan al pontífice de "estúpido" y "obnubilado" -Der Spiegel tituló: "Un Papa alemán ridiculiza a la Iglesia Católica"- y los teólogos Hermann Häring y Hans Küng le suplicaron que dimita, algo inédito en 20 siglos. En Holanda, el teólogo Jean-Pierre Wils renunció a la Iglesia. La Curia austríaca expresó "su amargura" y se declaró al margen de la designación del obispo de Linz, un lunático que cree que el Katrina fue un castigo celestial a "una ciudad inmoral que celebra un carnaval pagano y tiene cuatro clínicas abortistas". El director del diálogo vaticano con otros credos, cardenal Walter Kasper, lamentó "esta catástrofe", sobre la que no fue consultado (The Guardian, 5/2). Si bien las opiniones cavernarias del Papa lo han convertido en un expulsor profesional de fieles de la ya muy debilitada Iglesia, resulta difícil creer en las convicciones democráticas de tanto prelado junto. ¿Será que los ominosos pronósticos de la Cumbre de Davos, anunciando que la crisis mundial producirá "conmociones sociales y movilizaciones anticapitalistas de masas", los persuadió de que es peligroso agitar el ya más que revuelto avispero rehabilitando nazis?

El Vaticano mantuvo un silencio sepulcral mientras el escándalo arreciaba y el rabinato israelí y alemán rompían relaciones con la Iglesia. Hasta que la canciller alemana Angela Merkel exigió en público que el Papa "dijera con palabras muy claras" que no opina que "ni un solo judío murió en las cámaras de gas", como dice Williamson. Ante una rectificación ambigua, Merkel respondió con otro apriete: "La aclaración es insuficiente. Es una cuestión fundamental si, a través de la decisión del Vaticano, surge la impresión de que el Holocausto puede ser negado". "Es muy inusual, jamás supe que un líder democrático reprendiera a un Papa en ese tono", escribió el vaticanista John Allen (National Catholic Reporter).

El Papa se cuadró. Se condolió del Holocausto, informó que desconocía las opiniones de Williamson, y su vocero apuntó contra el cardenal Darío Castrillón Hoyos, que negoció con los lefebvristas. Un comunicado papal pidió "al clero y a los fieles que apoyaran la muy delicada y gravosa misión del Sucesor del apóstol San Pedro, que custodia la unidad de la Iglesia" (New York Times, 4/2). Touché.

Otra especie, surgida de "fuentes vaticanas" según Der Spiegel, sugiere que este "anciano tímido" estaría "aislado" y "manipulado" por jerarcas vaticanos. Una justificación que sólo potencia la crisis. "¿Quién manda (verdaderamente) en el Vaticano?", preguntó el diario Il Sole-24 Ore. El vaticanista Marco Politi, de La Repubblica, entrevió "grietas en la fachada de unidad del Vaticano" y se preguntó si Ratzinger está informado. Sandro Magister habló de "un doble desastre de gobierno y comunicación" causado por "la soledad del Papa" y "la incapacidad de la Curia". "Desde el comienzo de su pontificado, en 2005, Joseph Ratzinger parece tener un don para lo políticamente incorrecto y los pasos en falso", reflexionó La Nación.

Un duro editorial del Financial Times -"Lo hizo otra vez"- descerrajó: "Este daño no se arregla con una simple declaración". En cuatro años, el Papa creó una crisis con Turquía, oponiéndose a su ingreso a la Unión Europea; con los musulmanes, catalogando al Islam de "violento, vil e inhumano". En Auschwitz, indignó a judíos y no judíos al no denunciar el antisemitismo. Sus ataques a las libertades públicas, los homosexuales, las mujeres, la ciencia, son constantes. Sus cruzados intentan desestabilizar allí donde pueden a los gobiernos que no se adaptan a las "leyes naturales", como el de Rodríguez Zapatero. Resucitó la misa en latín y desempolvó la oración antisemita del Viernes Santo, fecha histórica para masacrar judíos y "herejes".

El Financial Times dice que Ratzinger "no logra ocultar sus simpatías apenas disimuladas por Lefevre". Los lefevristas, antisemitas, apologistas del régimen de Vichy, de Franco y enemigos de los derechos humanos que "llevan a conductas anticatólicas", repudian el Concilio Vaticano II (1965) no sólo por amor al latín sino porque aceptó la libertad religiosa y de pensamiento, en el primer reconocimiento del clero a una legalidad surgida de los humanos: la democracia burguesa. El Papa, por su parte, "iguala el pluralismo y la libertad religiosa con el relativismo moral y la degeneración de la liturgia católica, apenas más sutilmente que los lefevristas" (Financial Times, 6/2). El caos social, dicen sus encíclicas, es hijo de la Revolución Francesa y la democracia liberal. Es producto de olvidar que la única legalidad proviene de dios y es expresada por la Iglesia, "única poseedora de la verdad absoluta".

Ratzinger fue un asesor "progresista" del Concilio Vaticano II junto con el hoy castigado teólogo Kung. Este cuenta que el Papa quedó tan aterrorizado por el Mayo Francés "que desde entonces le tiene espanto a todos los movimientos ‘de abajo', sean comunidades de estudiantes, obreros, grupos de sacerdotes, movimientos de Iglesia popular o teología de la liberación". Como su amigo Sarkozy (que vive asediado por movilizaciones), Ratzinger desearía borrar todo rastro de revuelta sobre la tierra. Su lucha contra "la disolución social" expresa a un sector del capital que supone que Obama no podrá estabilizar un sistema capaz de generar 50 millones de desocupados este año, mientras las masas derriban gobiernos en lugares tan imprevisibles como Islandia y, en Davos, reconocen que esto es sólo el principio. Contra el Mayo Francés, los rigores de la madre iglesia: es una fórmula que aunque al libertino Berlusconi le parezca deseable, exige una derrota histórica de la clase obrera. Ergo, por ahora inviable. Es lo que expresó, lívida, Angela Merkel.

El año pasado, Ratzinger celebró sus 81 años con Bush. Pero el capital eligió a Obama como piloto de tormentas, quien ya que no puede evitar las quiebras y crear empleo, restituye el presupuesto para anticoncepción. El Papa debe sustituir las diatribas por otras más engañosas, parecen sugerirle sus críticos: no es tiempo de blandir la cruz. Si no lo entiende, tal vez, como piden Häring y Kung, deba apartarse. Un trámite que en la Santa Iglesia siempre fue cruento.

Olga Cristóbal