El precio que el kirchnerismo pagó -o, mejor dicho, le hizo pagar al país- para ser recibido por los reyes borbónicos y Zapatero, excede por mucho a los gastos de la comitiva de patrones, burócratas sindicales y funcionarios que se subieron al avión.
Ya el oficialista Página/12 había anticipado que "ahora todo está en orden con las empresas españolas" (6/2). No se trata solamente de los tarifazos ya dispuestos en favor de los concesionarios de peajes, de Edesur o de Gas Natural Ban. El viaje fue precedido por nuevos compromisos de futuros aumentos. Así, con Ban "están conversando una revisión integral de la tarifa de gas" (Clarín, 8/2), mientras el grupo Albertis, concesionario de Autopistas del Sol y del Oeste arrancaría "un nuevo esquema tarifario, adicional al que rige desde el 10 de enero" (ídem). Telefónica, por su parte, también obtuvo su tajada en el "pasaporte a España". Por un lado, la activación de un aumento de tarifas del 15%, postergado en ocasión del aumento del gas y la electricidad. Pero, principalmente, Telefónica puso sobre la mesa dos concesiones cruciales. Por un lado, ser eximida de las disposiciones de la ley antimonopólica, aun cuando, después de haber comprado una parte de Telecom Italia, el tándem Telefónica-Telecom constituye un monopolio de hecho sobre el mercado argentino. Por otra parte, el pulpo ha exigido a los Kirchner garantías para su acceso al "triple servicio" -internet, telefonía y TV por cable-, a pesar de la oposición del grupo Clarín.
Todas estas exigencias les fueron formuladas a los Kirchner en vísperas del viaje a España. Al cabo de él, Zapatero calificó a las relaciones bilaterales de "en 99% excelentes". Es evidente que gran parte de las concesiones reclamadas se han incorporado a la "agenda" kirchnerista.
Marsans
Cuando Zapatero se refirió "al 99% excelente", Cristina aclaró que "el 1% que falta" es la discusión con el pulpo Marsans por la estatización de Aerolíneas. Con la expropiación onerosa, el Estado argentino tendrá que hacerse cargo de los 1.000 millones de dólares de deuda dejados por los vaciadores. Pero los Kirchner le han asegurado a Marsans una concesión aún mayor. Van a reconocerle el contrato de compra de aviones que Marsans había cerrado con el fabricante europeo Airbus. Este consorcio de capitales franceses y alemanes, donde también participa el Estado español, le había vendido a Marsans unos sesenta aviones para sus compañías Air Comet y Aerolíneas. Ahora, y por la parte que le correspondía a ésta última, el Estado argentino tendrá que desembolsar unos 1.500 millones de dólares. Esto, por un contrato donde el precio de cada avión, las condiciones de pago y los plazos de entrega son un hecho consumado para el Estado argentino.
En 2006, el consorcio Airbus protagonizó un escándalo internacional: una parte de sus propietarios franceses vendieron en forma masiva sus acciones, antes de que tomara estado público el colapso productivo de la empresa (la entrega de sus nuevos aviones arrastraba dos años de demora).
Un año después, el contrato con Marsans contribuyó a la recuperación accionaria de Airbus. Con seguridad, el "gesto" de Cristina ayudará a ese apuntalamiento, aún cuando los funcionarios argentinos reconocen que el primer avión podría llegar... "dentro de tres años" (Clarín, 10/2). La ratificación de esta operación por parte de Argentina pone a salvo toda la operación Airbus- Marsans. Según los propios voceros del grupo, la inversión permitirá que Air Comet -la compañía que Marsans enriqueció a costa de vaciar Aerolíneas- se convierta en una "gran compañía de vuelos transoceánicos", o sea, en un competidor de Aerolíneas. El pacto que se aprestan a cerrar los Kirchner con Marsans contempla precisamente "mantener el régimen de código compartido con Aerolíneas Argentinas, poder volar a Argentina y desde allí a otros países latinoamericanos" (Crítica, 11/2)
Desde la compra de aviones hasta la política comercial, la "expropiada" Aerolíneas continuará subordinada a los intereses de aquellos que la quebraron.
El FMI y Cristina
En medio de todos estos compromisos, Cristina no perdió la oportunidad para despotricar contra la "globalización financiera". Pero las "promesas de viaje" atienden, precisamente, a la gran exigencia del capital financiero sobre la periferia: que ésta, con la expoliación de sus trabajadores, aporte al salvataje de los pulpos imperialistas en quiebra. Al continente de Repsol, Gas Ban, Marsans y Airbus, Cristina le llevó esa ofrenda: nuevos tarifazos, "supercontratos" millonarios, y -también- el compromiso de mantener a raya los salarios. Como garantía de ello, presentó a los Moyano y Viviani.
Cristina, no perdió la oportunidad de exigirle al Fondo un "cambio de rol". Pero con sus "señales", demostró la disposición de los Kirchner a ser, ellos mismos, los ejecutores de sus "nefastas políticas".





