La crisis capitalista mundial, que golpea violentamente a Europa, ha desatado una ola de manifestaciones, huelgas, movilizaciones y crisis políticas que se extienden por todo el continente. Sus motores son los despidos masivos (1,6 millones en 2008; una previsión de 3,5 millones en 2009), el brutal empeoramiento de las condiciones laborales y salariales y las medidas que adoptan los gobiernos -en beneficio de los bancos y los capitalistas, contra los trabajadores- para hacer frente a la crisis.
Desde el comienzo de la crisis ya han caído dos gobiernos.
El de Bélgica, cuando se hizo público que el primer ministro Leterme había presionado a los jueces para que no impidieran la venta del banco Fortis, el principal del país, al francés BNP; la maniobra perjudicó a los pequeños accionistas del Fortis.
El de Islandia, volteado por la movilización popular que comenzó luego de la nacionalización del sistema bancario colapsado. El enorme costo del salvataje bancario (varias veces superior al PBI islandés) hundió la economía; miles de trabajadores fueron despedidos. Un gobierno de centroizquierda reemplazó al de los conservadores.
En Grecia, la rebelión popular de diciembre -que movilizó a una juventud tercerizada, desempleada y reprimida- dejó al gobierno herido de muerte. En enero se levantaron los pequeños productores rurales, que bloquean las rutas por la caída de los precios de sus productos.
En Francia, una "jornada nacional de movilización" del 29 de enero reunió las mayores manifestaciones obreras desde el ascenso de Sarkozy.
En España, decenas de miles de trabajadores marcharon en Zaragoza al grito de "Si no hay solución, huelga, huelga, huelga". El crecimiento del desempleo en España es imparable; llegará al 18% antes de fin de año.
En Gran Bretaña -"el país más golpeado por la crisis", según El País (2/2)- el derrumbe del gobierno laborista es fulminante. A la violenta depreciación de la libra, que devalúa los salarios, y al aumento del desempleo, se agrega el rechazo popular al salvataje montado por el gobierno -por varios miles de millones de libras- en favor de los bancos y las automotrices. La burocracia sindical y la derecha buscan dirigir la bronca de los trabajadores contra los inmigrantes: desde hace más de una semana, decenas de refinerías, centrales energéticas y sitios de construcción están en huelga contra la contratación de obreros italianos para la construcción de una refinería para la subsidiaria británica de la Total.
En otros países occidentales, aunque aún no ha habido movilizaciones, la situación es extremadamente tensa. Alemania enfrenta la peor recesión desde el fin de la segunda guerra mundial; Irlanda está en bancarrota (su déficit supera el 13% del PBI); en Italia, una de cada seis familias no alcanza a cubrir sus gastos mínimos. Por eso, el FMI advierte que "la situación es preocupante y puede empeorar (...) la crisis amenaza con provocar protestas en todas partes" (El País, 2/2).
Europa Oriental
"En Europa Central y del Este, el peligro de revueltas es potencialmente mayor", dice un comentarista (El País, 2/2). En Letonia y en Lituania, grandes manifestaciones reclamaron la renuncia de los gobiernos. "En Letonia, la situación parece al límite" (ídem) por el masivo repudio popular al gobierno. En Hungría y en Bulgaria se han registrado manifestaciones contra el desempleo masivo.
"Rumania y Bulgaria están al borde del colapso", sostiene un corresponsal (ídem).
En Europa del Este, los golpes de la crisis son demoledores. En esos países, el crecimiento de los últimos años se basó en un fuerte endeudamiento externo y en la radicación de empresas de Europa occidental. La fuga de capitales demolió sus monedas. La crisis bancaria dejó a las empresas sin financiación, lo que llevó a muchas de ellas a la insolvencia. Las empresas extranjeras están cerrando sus filiales. El derrumbe productivo es enorme. También el de las condiciones laborales. Un trabajador rumano desocupado denuncia que las pocas ofertas laborales existentes ofrecen salarios de "la mitad de lo que ganaba antes" (ídem).
Con déficits públicos y deudas externas impagables, muchos países del este han recurrido al ‘salvataje' del FMI. Las draconianas medidas antipopulares impuestas por el Fondo (cierre de servicios sociales, reducción de los salarios, despidos de empleados públicos, aumentos de los servicios) atizan la rebelión popular.
En el este europeo, la rebelión se extiende bastante más allá de los confines de la Unión.
En Ucrania, ha habido masivas manifestaciones contra el desempleo.
En Rusia, el último fin de semana hubo masivas manifestaciones en Moscú, Vladivostok y San Petersburgo, reprimidas por orden del gobierno. Miles de personas marcharon contra el desempleo que sufren millones de rusos; la devaluación del rublo (en un tercio de su valor) liquidó los ingresos de los trabajadores ocupados y de los jubilados. La consigna política de estas movilizaciones era "¡fuera Putin!".
Una crisis continental
La envergadura de la bancarrota que enfrentan los países europeos -con deudas públicas enormes, presupuestos enderezados al salvataje de los bancos y desempleo en masa y en ascenso- plantea una posibilidad que hasta no hace mucho parecía impensable: "El riesgo creciente de que, empujados por una insostenible situación financiera, algunos de los 16 países de la eurozona tengan que abandonar la divisa (común) europea".
Semejante posibilidad -que implicaría la bancarrota política de la Unión Europea- no sólo se plantea en los débiles países de Europa del Este sino en países occidentales como Grecia, Portugal, España, Irlanda y hasta Italia. Con la creación del euro, los países europeos perdieron la capacidad de devaluar sus monedas para hacer frente a la crisis y a la competencia de sus rivales. Las normas presupuestarias de la Unión Europea, por otra parte, son un chaleco de fuerza a las posibilidaes de usar las finanzas públicas en beneficio de los capitalistas amenazados de sus países.
La crisis financiera se ha convertido en una enorme crisis política, en cada uno de los países y en la Unión Europea de conjunto. El temor de los gobiernos es que los trabajadores y los explotados, a través de las huelgas y manifestaciones, comiencen a intervenir en la crisis política.




