Apenas obtuvo su reelección en el pasado mes de abril, el primer ministro húngaro, el “socialista” Ferenc Gyurcsany, lanzó un ajustazo brutal. Aumentó el IVA a los productos de primera necesidad, aumentó el precio del gas y la electricidad y aranceló la Universidad, la salud pública y la distribución de medicamentos, hasta entonces gratuitos. Justificó este “ajuste de caballo” (El País, 21/9) en la necesidad de “sanear las finanzas públicas”.
A mediados de septiembre, la difusión pública de grabaciones en las que el primer ministro reconoce haber mentido sistemáticamente sobre el estado de las finanzas públicas para ganar la reelección desató una serie de manifestaciones exigiendo su renuncia.
Las manifestaciones frente al parlamento, que se iniciaron con un número relativamente bajo de participantes (15.000 en la más numerosa) fueron decayendo con el correr de los días. Los mayores contingentes fueron aportados por el partido de derecha Fidesz (que movilizó, incluso, a integrantes de las barras bravas de los clubes húngaros, reconocidos como de ultraderecha). La movilización derechista intentaba aprovechar demagógicamente la publicidad de las declaraciones de Gyurcsany para ganar las elecciones municipales que se realizarán el 1º de octubre. Viktor Organ, presidente del Fidesz, fue primer ministro entre 1998 y 2002 y como ahora Gyurcsany, su sucesor, aplicó sistemáticamente la política impuesta por la Unión Europea para aceptar el ingreso de Hungrìa a la UE en 2004.
Precisamente, el “ajustazo” de Gyurcsany fue reclamado de manera insistente por la Unión Europea. El déficit fiscal húngaro (del 10%) más que triplica el permitido por las normas de la UE. Hasta ahora, ese déficit había sido financiado con el ingreso de capital especulativo, atraído con altísimas tasas de interés. Pero la rebaja de calificación de la deuda pública húngara y la incipiente devaluación de la moneda anticipaban el retiro de los capitales especulativos y una crisis monetaria abierta.
Entre el ajustazo, los temores a un derrumbe monetario y las manifestaciones frente al parlamento, se hundió el mito del “éxito húngaro”, “que pasaba hasta hoy como uno de los grandes sucesos del pos-comunismo” (Le Monde, 22/9).
Europa central en la tormenta
La crisis política húngara ha puesto sobre el tapete las “turbulencias y perturbaciones” que golpean a los países de Europa central y que han creado, en toda la región, una “creciente inestabilidad política” (ídem).
En Polonia, la coalición derechista en el gobierno desde septiembre del año pasado —que incluía a los conservadores, a los populistas y a los nacionalistas de extrema derecha– entró en una crisis abierta con la expulsión del dirigente del partido populista. El gobierno ha quedado en minoría en el parlamento y, muy probablemente, caerá en las próximas semanas. El centro de la crisis es el empantanamiento de las “reformas”: en apenas un año, fueron cambiados cinco ministros de finanzas.
En Eslovaquia, las últimas elecciones fueron ganadas por un partido populista (en alianza con la extrema derecha) que amenazó con “volver atrás” las reformas.
En la República Checa, las elecciones han dado lugar a un impasse “similar al balance inestable dejado por las elecciones húngaras”.
En estos países, junto con el ascenso de la derecha nacionalista, han comenzado a resurgir reclamaciones territoriales contra sus vecinos.
Para completar el cuadro de tensiones, las negociaciones impulsadas por la UE, Estados Unidos y Rusia para que Serbia y Kosovo acuerden un estatus permanente para esta última han fracasado. La nueva constitución serbia, actualmente en debate, incluye a Kosovo como “parte integral” de su territorio; en las últimas semanas, la creciente tensión entre serbios y kosovares-albaneses se ha manifestado en una serie de atentados con bombas.
Hartazgo y fracaso
Esto es la consecuencia del hartazgo de la población tras quince años de “reformas de mercado” que no han llevado a ninguna parte.
“Para ingresar a la Unión Europea, reconoce Le Monde (22/9), se les exigieron esfuerzos enormes a las poblaciones de estos países (que) absorbieron las reformas impuestas por la economía de mercado”. Pero las esperadas “mejoras” no llegaron: el PBI por habitante de la República Checa es hoy, como hace quince años, el 60% del promedio europeo; el salario medio húngaro no llega a la mitad del español.
Con todo, lo que está provocando la tormenta política de Europa Central es que, después de quince años de “ajustes”, los gobiernos anuncian que el “verdadero ajuste” todavía no ha comenzado. No sólo se trata de Hungría: “las reformas estructurales sobre la salud, la educación y las jubilaciones –en Hungría, en la República Checa, en Eslovaquia–todavía no se han realizado” (ídem). Estos “ajustes dolorosos”, completa Le Monde, deberán realizarse en un cuadro “particularmente crítico de las finanzas públicas”.
Esto ocurre en los países que eran considerados como los “mejor preparados” para ingresar en la UE. En Rumania o Bulgaria, la situación es todavía peor.
La “rica” Unión Europea se ha demostrado incapaz de “absorber” a la “pobre” Europa Central. La crisis del capital condena a Europa Central al ajuste sin fin.






