El saldo de la huelga de Kraft impuso un retroceso al interior de la fábrica. No hay dudas de eso, porque el cuerpo de delegados de sección, la gran conquista organizativa del último año, fue desmantelado y despedido. Para Daer y la patronal, la elección de esos delegados fue el punto de inflexión que llevó a urdir este ataque de cesantías y persecución. Recordemos que ni uno ni otro reconoció nunca esta representación de secciones. Y tengamos en cuenta que, en una fábrica de 2.700 obreros, los once delegados aceptados y reconocidos son una representación completamente insuficiente.
Es muy claro que el despido de 123 activistas es un golpe fuerte, aunque se haya puesto el importante límite de las 70 reincorporaciones y la vuelta de los delegados represaliados.
Más allá de las cifras que se empezaron a tirar por parte de Recalde –amenazas futuras de 750 despidos, que parecen destinadas a justificar la aceptación de los 123–, lo que está en juego es la recuperación del control indisputado del proceso de trabajo por parte de la patronal. La reinstalación de la dictadura de las jefaturas, el cambio en los ritmos y condiciones de trabajo y la eventual vuelta al trabajo de agencia, que fue masivo por años en Terrabusi y que constituye el arma más formidable para la superexplotación y la neutralización del proceso de organización obrera.
En el haber queda el salto de conciencia y experiencia que fue para el conjunto de los trabajadores el haber protagonizado una huelga de 38 días –que con debilidades, conciliaciones y lock-out patronales en el medio– nunca pudo ser quebrada hasta el ingreso de la infantería.
Para el conjunto del movimiento obrero, en cambio, el saldo neto es un enorme avance.
Los límites al ataque patronal
Moyano, que se ubicó en el escenario nacional como el sindicalista fuerte que venía a revertir la CGT de los gordos de los ’90, ahora apareció ante todo el movimiento en frente único con Daer, el ex secretario de aquella CGT, contra los huelguistas a los que atacó por “ultraizquierdistas”. O sea que apareció tal cual es ante un proceso activo de los trabajadores.
La huelga colocó a Tomada y al gobierno kirchnerista en defensa de los intereses sociales que verdaderamente defienden, los de la multinacional Kraft, y como agente político de la Embajada norteamericana, por cuya cuenta y orden mandó la represión, ante el pedido de Vilma Martínez de una “salida duradera al conflicto”. Todo en línea con la “seguridad jurídica” que reclamó la Unión Industrial contra la “agitación fabril asamblearia”.
Precisamente, la huelga y sus piquetes fueron puestos en la agenda política como reacción de la clase obrera frente a la ofensiva de la crisis mundial, como respuesta a la política que todo el gran capital aplica a escala internacional para buscar una salida capitalista a la crisis capitalista. Esa salida se sustenta en fusiones y achiques que implican la reducción del número de trabajadores, más flexibilización laboral y de la seguridad social, reducción salarial y desmantelamiento de las organizaciones obreras de fábrica.
La acción de otros sectores de la clase obrera, de las organizaciones piqueteras y, en particular, del movimiento estudiantil fue una expresión anticipatoria del vuelco de nuevos sectores ante lo que se viene: los tarifazos, los impuestazos y los cierres y despidos en más fábricas, aún en las que llegaron a ciertas salidas transicionales como Paraná Metal.
Los límites puestos al brutal ataque patronal en Kraft son música en las conciencias de los trabajadores del resto del movimiento obrero: tandas de reincorporaciones, levantamiento judicial de interdicciones a los delegados y un gobierno obligado a fingir algún tipo de arbitraje cuando ya había mandado la infantería.
Todo esto abrió una vasta corriente de simpatía en la clase obrera y en otros sectores del movimiento popular. Abrió también una enorme deliberación sobre la emergencia de un nuevo sindicalismo y sobre el rol de las organizaciones políticas de la clase obrera que jugamos un enorme papel en esta huelga.
En suma, para el conjunto del movimiento obrero se ha reforzado el proceso político que viene expresándose en grandes luchas como el Casino, el Ingenio Tabacal, los petroleros de Las Heras, el subterráneo, las huelgas y ocupaciones gráficas como en Interpack o Indugraf, en los gremios docentes y en un sinnúmero de gremios y cuerpos de delegados.
Se ha puesto en el orden del día, más decididamente que nunca, la tarea de la expulsión de la burocracia sindical de los sindicatos y la lucha por una nueva dirección política de los trabajadores.






