"...cuando en la egregia ciudad de Florencia, bellísima entre todas las de Italia, sobrevino una mortífera peste. La cual...fue en virtud de la justa ira de Dios, enviada a los mortales para corregirnos, tras haber comenzado algunos años atrás en las regiones orientales, en las que arrebató innumerable cantidad de vidas y desde donde, sin detenerse en lugar alguno, prosiguió, devastadora, hacia Occidente, extendiéndose de continuo. Y no valían contra ella previsión ni providencia humana alguna, como limpiar la ciudad operarios nombrados al efecto, y prohibirse que ningún enfermo entrase en la población, y darse muchos consejos para conservar la salud, y hacerse, no una, sino muchas veces, humildes rogativas a Dios, en procesiones ordenadas...
En todo caso, lo cierto fue que, al principiar la primavera del año anterior comenzaron a manifestarse, horrible y milagrosamente, los dolorosos efectos de la pestilencia.
Tanta aflicción y miseria de nuestra ciudad hicieron que la venerable autoridad de las leyes, así humanas como divinas, decayera y se disolviese, ya que los ministros ejecutores de ellas habían, como los demás hombres, muerto o enfermado, o encerrándose de tal modo con sus familias, que no podían cumplir oficio alguno, por lo que a cualquiera le resultaba lícito ejecutar lo que se le antojare. Entre estos dos extremos dichos, muchas otras gentes llevaban una vida intermedia, ni recluyéndose en sus viviendas, como los primeros, ni excediéndose en beber y otras disoluciones tanto como los segundos, sino usando, según su apetito, las cosas en cantidad suficiente y no encerrándose, mas andando con flores en las manos unos, con hierbas aromáticas otros y algunos con diversos estilos de especias. Llevábase a la nariz de vez en cuando estas cosas, CREYENDO OPTIMO CONFORTAR EL CEREBRO CON TALES AROMAS, para combatir el aire, fétido y cargado de los hedores de los cadáveres, de la enfermedad y de los medicamentos. Algunos, con más crueles sentimientos (como si fuese ello mas seguro) decían que no había contra el mal medicina mejor que escapar de él; y movidos por esta opinión, no pensando en nada sino en sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron su ciudad, sus casas, sus lugares, sus parientes y sus cosas y buscaron el campo ajeno o el propio, cual si la ira de Dios, al castigar con iniquidad de los hombres con aquella peste, no pudiera extenderse a cualquier parte, sino que sólo hubiera de oprimir a los que se hallasen dentro de los muros de la ciudad; o cual si ninguna persona debiera permanecer en ella, so pena de que llegara la última hora".
(Tomado de G. Bocaccio (1313-1375): Decamerón, Introducción a la Primera Jornada)






