PO 1069 8/1/2009 Aniversarios

Cincuenta años de la Revolución Cubana (VIII)

Triunfa la revolución

A comienzos de diciembre de 1959, Batista todavía mantenía Santiago, Bayamo y Holguín; fuera de estas ciudades, Castro estaba en total control de la provincia de Oriente. Habiendo dejado atrás Camaguey, Guevara y Cienfuegos avanzaban decididamente hacia Santa Clara, capital de la provincia de Las Villas.

Mientras el Ejército Rebelde avanzaba, el general Cantillo volvió a la Sierra Maestra pero esta vez no como invasor. Se entrevistó con Fidel, al que le prometió derrocar a Batista. Pero, al mismo tiempo, Cantillo -con el respaldo de la embajada y del propio jefe del Ejército- organizaba la huída de Batista y armaba "un gobierno de transición" para impedir que Fidel Castro llegara al poder. Fue una maniobra desesperada que precipitó la caída.

El avance de Castro hacia Santiago era imparable. También el de las columnas del Che y Cienfuegos. El 18 de diciembre Guevara capturó Fomento; el 21 atacó Cabaiguan, Guayos y Sancti Spiritu. El 22, Cienfuegos cercó Yaguajay, en el norte de la provincia. El mismo día, Guevara conquistaba Placetas, una ciudad de 30.000 habitantes que era un importante nudo de comunicaciónes entre Las Villas y La Habana.

El 28 de diciembre, Guevara comienza el combate por Santa Clara, que quedará en manos del MR26 después de tres días de combate. En la lucha, captura un tren blindado y una enorme cantidad de material militar.

El 1º de enero, Fidel Castro entra en Santiago de Cuba.

Inmediatamente después de la conquista de Santa Clara, Guevara y Cienfuegos marchan a paso redoblado a La Habana, donde llegan en la noche del 2 de enero de 1959. Batista ya había huído hacia Santo Domingo, en la madrugada del 1º de enero.

Guevara y Cienfuegos toman los cuarteles de Columbia y La Cabaña, los más importantes de la capital. Desde la huída de Batista, la ciudad estaba en manos de los militantes de la resistencia clandestina del MR26. Desde Santiago, Castro llamó a la huelga general. En medio de la huelga, otro intento de golpe, esta vez del general Barquin, fracasó en pocas horas.

En todo el país, los militantes del MR26 y amplias masas populares tomaban por asalto las comisarías y cuarteles, las dependencias estatales y los tribunales, los medios de comunicación y los nudos de transporte. Los funcionarios de Batista eran destituidos por las masas; los represores y torturadores eran detenidos; las cárceles abiertas y los presos políticos liberados.

Desde Santiago, Fidel Castro marchó por tierra hacia La Habana. El viaje duró siete días; en el trayecto, se detuvo en las principales ciudades, donde ser realizaron enorme mitines populares. Durante toda esa semana, el MR26 y las masas procedieron a una demolición sistemática del aparato estatal batistiano.

El 8 de enero de 1959, Fidel Castro entró en La Habana.

El carácter de la guerra

Apenas 25 meses después del desembarco del Granma, el MR26 dominaba Cuba. La guerra librada por el MR26 tuvo características muy peculiares: se trató de una guerra de pequeña escala, incluso para los parámetros de las guerras de guerrillas.

A mediados de 1958, el MR26 contaba con unos 500 hombres, no todos con el armamento adecuado. La columna de Guevara contaba con menos de 200 hombres; la de Cienfuegos con menos de 100. En momentos de lanzar la ofensiva final, a comienzos de diciembre, las fuerzas del MR26 no superaban los 1.500 hombres.

Con la excepción de los que se libraron en Santo Domingo y Santa Clara, los combates fueron relativamente pequeños. También, relativamente, las bajas que sufrió el MR26: 40 bajas durante la ofensiva de Batista contra la Sierra Maestra; seis en Santa Clara. El MR26 sufrió sus mayores bajas en las ciudades, no en la Sierra, como consecuencia de las desapariciones y asesinatos de la policía batistiana.

También las bajas del Ejército fueron insignificantes: 300 muertos y heridos en dos años de combates, concentrados en el extremo oriental de la isla. Desde el punto de vista de sus efectivos y su armamento, cuando cayó Batista, su ejército no había sufrido pérdidas significativas.

El derrumbe del Ejército de Batista no fue la consecuencia de una derrota militar sino de un colapso político. No era una fuerza de combate sino una guardia pretoriana de los negocios de la camarilla gubernamental; los puestos de comando eran monopolizados por los amigos de Batista, que se servían de ellos para su enriqueciento personal. La oficialidad media vivía en un estado de rebelión permanente contra la camarilla que monopolizaba los puestos de comando. "El final de Batista llegó tan repentinamente que el propio Castro se sintió sorprendido, pues fue más bien una capitulación ante un pueblo hostil que una derrota ante una fuerza enemiga superior (...)".(1)

El nuevo gobierno, el nuevo Estado

El nuevo régimen enfrentaba enormes contradicciones.

En el gabinete fueron designados figuras tradicionales, incluso representantes del gran capital. Lo presidía el juez Urrutía; Miró Cardona era el primer ministro. La mayoría de los ministros eran hombres como Agramonte (ex candidato presidencial ortodoxo) o López Fresquet (ex funcionario del Banco de Desarrollo en la presidencia de Prío Socarras), con participación en anteriores gobiernos "auténticos" u "ortodoxos". Los ministros del MR26 estaban en minoría absoluta. Este era una tentativa de compromiso entre el MR26 y el gran capital liberal y pro-yanqui.

El objetivo declarado del nuevo gobierno era restituir la Constitución de 1940 y llevar adelante reformas sociales limitadas. El nuevo gobierno anunció que respetaría los compromisos existentes con Estados Unidos.

La revolución tiró abajo al Estado batistiano, podrido hasta la médula. El empuje de le revolución liquidó al ejército. Treinta y seis de los cuarenta miembros de la Corte Suprema fueron destituidos; la justicia fue enteramente depurada; la justicia criminal fue disuelta. Los represores que no lograron huir fueron encarcelados y sometidos a juicio; muchos fueron fusilados.

Rápidamente, la revolución se esforzó en poner en pie un nuevo aparato estatal, a partir del Ejército Rebelde, el cual, sin embargo, no había alcanzado, durante la guerra de guerillas, la envergadura para semejante propósito.

Los mandos del Ejército Rebelde fueron transferidos al nuevo ejército. Desde la caída de Batista, las comisarías estaban en manos de los responsables del MR26 de cada barrio, que habían dirigido su ocupación y garantizaban el orden público. Luego de que Efigenio Ameijeiras, un comandante de la Sierra, tomara la dirección de la policía, la mayoría de los nuevos comisarios designados habían combatido en la Sierra.

El nuevo aparato estatal tenía como base el MR26; por esa razón era extremadamente débil. Apenas seis meses antes, el Ejército Rebelde contaba con apenas 500 hombres.

Para superar esta debilidad, la dirección del MR26 se recostó en el PSP. En particular, Castro estableció una fuerte alianza con el PSP en el movimiento sindical y hasta intervino personalmente para impedir que fuera desplazado.(2) Este copamiento del aparato del Estado por el stalinismo sería un factor ulterior de descontento popular y de graves crisis políticas.

Los representantes de la burguesía y los grandes patrones en el gabinete comenzaron rápidamente a conspirar -con el respaldo del imperialismo. Entre esto y la radicalización política, sacuedieron al MR26 hasta desintegrarlo por completo. La crisis del MR26 reforzó el llamado de Castro a los cuadros del stalinismo en el aparato del Estado.

Las tensiones que habían existido entre los dirigentes del ‘llano' -el ala derecha, burguesa y católica del MR26- y los de la ‘sierra' -su ala radical- crecieron y se convirtieron en lucha política abierta.

El imperialismo y sus aliados locales, ante algunas medidas tomadas por el nuevo gobierno, comenzaron a hostigarlo abiertamente: la rebaja de los alquileres, la intervención de algunas empresas de servicios públicos y la reforma agraria. No aceptaban que las indemnizaciones a los propietarios de tierras expropiadas se pagaran con bonos del Estado (que rendían, sin embargo, una tasa superior a la internacional), ni que los cañaverales fueran independientes de los ingenios (y de propiedad cubana).

En represalia a estas medidas, ninguna de las cuales era socialista, Estados Unidos cortó la cuota azucarera de Cuba y sus empresas en la isla se negaron a refinar el crudo importado de Rusia. Para enfrentar este complot, el gobierno se vio obligado a pedir la ayuda de la URSS, que logró superar el bloqueo petrolero con una operación de emergencia en 72 horas.

Notas

1. Draper, Theodore: "Castrismo. Teoría y práctica", Ediciones Marymar, Buenos Aires, 1965.

2. Draper, Theodore: op. cit.

Equipo Aniversarios